Capítulo LXXIII del Libro Segundo  

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LXXIII

LA BÚSQUEDA DEL REY

Durante gran pieza sir Galhentor, metido en sí, puso la mirada en los habitantes que andaban por las calles. E sir Joers, conociéndoselo en el semblante, arrebató su atención en los ojos de aquel que sufría sobeja cuita, pues desde que las tropas de Farandelot quedaron bajo su mando, jamás de los jamases el enemigo había batido en brecha ni mucho menos apresado al rey; mas siempre hay una primera vez, y cuando el hado está en contra no existe poder humano que pueda contrastarlo por más que se intente...
—Míralos, Joers —decía Galhentor apuntando hacia la muchedumbre—, desde aquí arriba podemos los ver sin que se den cuenta. Ya todos saben que el rey es prisionero de Balthor, y aun así no se han rendido y siguen laborando con ahínco. Ellos confían en nosotros, mi amigo —se volvió y apoyó la espalda contra el balaustre—; sin embargo, no puedo dejar de preguntarme muchas cosas. Y como cualquier gran reino, el nuestro no podrá mantenerse en pie sin un rey que gobierne. ¿Y qué si jamás encontramos a Su Majestad? ¿Cómo podremos saber si Balthor no le ha hecho daño? ¿Qué sucedería si eso llegara a pasar, Joers? ¿Lo has pensado?
—Cada día desque alborea y me paro del lecho —respondió sir Joers—. Pero mirad —señaló un grupo de críos que retozaban en torno a una fontana—, por ellos debemos seguir adelante; ese es el espíritu que Farandelot ha menester en momentos de incertidumbre y congoja. ¡Arrojo, mi capitán!, que pronto salvaremos al rey Lazarus.
—Que Yalé te oiga —dijo sir Galhentor—. Hemos servido durante años al rey y nunca me perdonaría que Farandelot se quedara sin él.
—Sé cómo te sientes, amigo mío —dijo sir Joers—. Te prometo que haré hasta lo imposible por llegar a Doomgor Mol.
—Y confío en vos —dijo el capitán—, mas debéis saber que en Doomgor Mol cualque caballero, como quiera que valeroso y sagaz fuere, peligra en tan malditas tierras. Lo cierto es, Joers, que os he elegido para esta empresa porque tenéis arresto de sobra, y eso mesmo, algo de lo que muchos carecen: un corazón de héroe. Es la hora de la verdad —le miró con fijeza—. ¿Estás listo?
Y el caballero respondió solemne:
—Más que nunca. Mi tropa aderezada está para partir.
—Bien —asintió Galhentor—. Siegfried no tarda en llegar. Con él a la cabeza de la Legión del Medallón tendremos mayores probabilidades de salvar a Su Majestad.
En esto los Degaudart salieron al balcón.
—Capitán —dijo Siegfried.
—Siegfried, me alegra veros —dijo Galhentor—. Estábamos hablando de vosotros y de la empresa que tenemos en puertas.
—Entonces hoy saldrán en busca del rey.
Sir Galhentor contestó:
—Así es. Sir Joers y su tropa están adobados para hacerlo.
—¿Irás con él? —inquirió el caballero legendario.
—No esta vez —replicó el capitán—. Me es imposible, pues como sabéis, yo cargo con la responsabilidad de salvaguardar nuesa fortaleza.
—¿Habéis doblado la vigilancia?
—Sí, por cierto. Día a día, noche a noche, los centinelas velan cada palmo de Farandelot, atalayan las llanuras y rondan con esmero.
E cuando sir Siegfried preguntó a sir Joers sobre cuál vía esleyerían para arribar a Doomgor Mol, el caballero le respondió:
—Navegaremos río abajo por el Mehnalu y encallaremos cerca del puente Vlaax.
—La de nosotros será por tierra —dijo el líder de la Legión del Medallón—; más longa y dificultosa que la vuestra. No dudaríamos en acompañaros, pero si bien vamos al mismo destino, nuestros caminos son diferentes. Por de pronto dependemos de vos, Joers.
—Retornaré con el rey Lazarus —aseguró Joers—, o si no, que me trague la tierra.
Siguieron parlando durante una buena pieza y antes que se marcharan los Degaudart, sir Galhentor díjole al tío del zagal que se fuese sosegado, que él se encargaría de defender Farandelot de muy buen grado, a lo cual Siegfried hubo gran sosiego en cuanto esto oyó, porque tanto amaba su reino, que cosa ninguna sino el bienestar de sus gentes era lo que le tenía preocupado; y Galhentor convino en el sentir de su amigo y concluyó:
—No existe honor más grande para un caballero que luchar por su reino. Balthor ni los urdroks tornarán a traspasar las puertas de la Ciudadela de los Olivos. Nunca más.
Y dicho esto, el ayuntamiento diose por fenecido.
Pasaron las horas. Al caer la noche los legionarios durmieron apaciblemente. Mientras tanto, sir Joers y sus hombres, encabalgados, aguardaron a sir Galhentor en la entrada de la fortaleza. Al verle venir, Joers desmontó, y su corcel, que Valiente había nombre, cabeceó sacudiendo las crines. Le cogió de la brida y dándole una palmada en la cruz aguardó de pie cabe él. Estonces lo dejó apaciguado y fue al encuentro de su amigo.
Sir Joers era un hombre entrado en años. Traía un peto de buena hechura y encima de él un peto volante, y en los brazos mangas de malla muy argénteas y largas y una esclavina color vino sobre los hombros. Ceñidas a la cinta en dos vainas de piel de topo, llevaba dos espadas de hoja ni muy ancha ni muy pesada, engastada cada una con una gema en el pomo. Había la melena castaña vuelta hacia un cabo y la faz serena y sonrosada, y un mostacho luengo y poblado y barbas de chivo canos.
Galhentor posó la mano en el hombro de Joers y díjole:
—Amigo mío, en vilo me tendréis fasta vuestro retorno.
—No haya, mi buen Galhentor —replicó sir Joers—. Parto con la bendición de Yalé, así que desventura ninguna me abatirá.
—Entonces idos así de bienaventurado.
—Pardiez, que tornaré con el rey en mi haber —dijo Joers.
Y entrambos caballeros sonrieron a la vez.
Así pues, sir Joers se avino con su tropa y abandonó Farandelot. Los jinetes galoparon con presteza en una noche que hasta entonces era tranquila. Sin embargo, durante su vía, los diez hombres so el mando de sir Joers tomaron recaudo a instancias dél, en manera que cada quien fue escrutando su flanco, esto porque en vísperas habían escuchado rumores acerca de la movilización de las tropas enemigas por la vía do cabalgaban, y era común y sabido que a altas horas de la noche los urdroks patrullaban las llanuras y florestas.
Luego de un buen tramo, el valle de Ulnabel apareció ante ellos. Hicieron estanco de su cabalgata durante una pieza para coger aire. Los corceles resoplaron.
—Estamos cerca del río Mehnalu —dijo sir Joers—. Seguiremos por la vaguada del medio. Y si las condiciones nos favorecen como hasta ahora lo han hecho, llegaremos al río en menos de una hora. Mantengan los ojos abiertos.
Metieron piernas a los caballos y fuéronse adentrar en la estrechura de Ulnabel. Los montes verdes se alzaban a uno y otro lado como gigantes inmersos en un sueño profundo. La compaña avanzó media legua hasta que el camino descendió abruptamente frente a ellos. Yuso las corrientes naturales discurrían como luengas sierpes de brillo platinado que refulgían aun en la negrura de la noche. Alcanzaron el fondo y los cascos de las bestias chapotearon una y otra vez. Vadearon un riacho y subieron por una cuesta para franquear el val.
Prosiguieron a través de las llanuras. Salvaron una hondonada y después de remontar un altozano anduvieron en media milla fasta quedar delante del Mehnalu. Sir Joers desmontó sin tardanza y se llegó a la vera del río do les habían dejado tres barcas.
—Cuando el río háyase amansado, partiremos —dijo Joers—. Esto no habrá de suceder sino hasta el alba, por tanto, será menester que campemos en algún sitio —recorrió el perímetro con la mirada y al fin dijo—: ¡Allá! En aquel saucedal.
Dicho esto, los caballeros apearon de sus monturas y cogiéndolas por el freno las llevaron tras sí fasta se meter a la espesura. Ataron las correas a unos troncos y desembridaron las caballerías, que paciesen quietas. Después de prender una hoguera, todos formaron un corro bajo las copas de ramas colgantes y desanudaron los morrales en que llevaban sus vituallas. Se sosegaron al amor del fuego.
El viento sopló ligero. Se menearon los brazos de los sauces. El crepitar de la fogata y los susurros del río acompañaron la estadía de la tropa de Farandelot. Cenaron frugalmente; queso, pan de centeno, vino y tasajos de pescado. Sir Joers bebió de su bota. Estonce mandó a dos cavalleros que vigilaran el perímetro, e el uno terminó de yantar y gelo otorgó, y el otro dio un último sorbo a su bota e fue en pos de su compañero. Esto dicho, el capitán abandonó el campamento e fuese para la margen del Mehnalu. Contempló las estrellas que, rielándose en el río, semejaban millones de ojos dispuestos en el cielo raso. El caballero suspiró.
—Es una noche serena —pensó—; demasiado serena... Hasta ahora hemos corrido con suerte. Ni ogros ni urdroks; enemigo ninguno nos ha salido al paso, ¿por qué?, me pregunto —clavó la vista en el firmamento—. En fin, lo único que importa es arribar a las Tierras Prohibidas y salvar a Su Majestad.
Lejos de ahí, los dos centinelas, aguzando la mirada, zigzaguearon por entre la espesura de una pequeña floresta a la que llegaron tras subir un sendero empinado. Cual siluetas a hurto en la lobreguez, los guardas se desplazaban de árbol a árbol y si el uno le hacía señas al otro, el otro se detenía a echar un vistazo. En esta sazón la frigidez del véspero, en tan cargada de relente, hízoles tiritar a poco. Luego la gata discurrió por el desnivel del terrero de tal suerte que aína ocultó el suelo y las raíces de los robles y castaños.
—Nada por aquí —dijo el un soldado al otro en tono sibilante—. ¿Y por allá? —preguntó—. ¿Cómo está?
—Despejado —respondió el otro.
Y continuaron escudriñando los alrededores. Empero, al cabo de una pieza escucharon unas pisadas acercándose a ellos, y el caballero más corpulento desnudó la espada y advirtió al otro:
—Alguien viene. Regresa al campamento e infórmale a sir Joers de la situación. ¡Venga!
—Pero... no puedo dejaros solo —objetó su compañero—; ¿qué haréis si el enemigo os supera en número?
—Yo me las arreglaré —contestó el fortachón—. Idos.
El caballero asintió y corrió como una gacela. El otro se escudó tras un árbol, y ende aguardó a los acechadores. En este comedio una saeta hirió el aire de modo que el de Farandelot hubo mucho pasmo al verla pasar cabe él. La saeta desapareció entre un manto de bruma. Estonces un grito transcendió a lo más fondo de la floresta.
—¡Ay no! —lamentó el otro centinela parándose en seco a medio trecho—. Mi compañero ha caído. Tengo que regresar.
Diose la media vuelta y apenas rompió a correr, otra flecha rehiló se encajando en el árbol de que se despegara. Siguió andando a prisa fasta que sintió una punzada en la pierna y dio de manos: una saeta le había ferido.
—¡Maldita sea! —gruñó el soldado.
El hombre incorporóse como pudo. Renqueando, volteó la mirada de trecho en trecho para intentar atisbar el avance de aquel o aquellos que le picaban la espalda; mas al cabo una tercera flecha diole en la corva de la otra pierna, y como se no pudo tener en pie, fue a dar en tierra muy dolorido. Los pasos oyéronse más cerca; y más y más. El caballero, tendido de costa, distinguió una silueta recortándose en la neblina. Y una voz horrible le dijo:
—Ustedes nunca poder salvar a rey suyo. A él, urdroks.
Cuando esto oyó decir, el soldado mudó de semblante, pero más hizo la muda cuando a vista de ojos tuvo al cerco de urdroks. Y eso fue lo último que vio.
En aquel entonces el sueño le tomó a toda la tropa salvo a sir Joers, el cual, des que tornara al campamento, solo había conseguido lograr un duermevela; mas en esto estando, el grito desgarrador que oyó le fizo romper su grácil sueño.
—¡Qué...? —exclamó Joers sobresaltado. Miró en torno a él y en seguida hacia la vía que habían cogido los centinelas—. No...
Se talló los ojos y, levantándose de golpe, muy testo metióse en armas y voceó:
—¡Despertad, despertad cuantos me oís! El mal está en camino.
Los caballeros, espabilados al completo, se aprestaron a las armas y a voz de su capitán se formaron en tacto de codos. En esta sazón los urdroks salieron de la floresta y fueron al encuentro de sus contrarios. Y el orwkubar que los comandaba, que Grulor había nombre, bramó con harta ira:
—¡No dejar ningún humano vivo!
Era Grulor un urdrok horrible, de belfos retornados y narices romas, ojos grandes y lengua de fuera muy larga ansí como de víbora. Había los pechos caídos y fuertes y las espaldas y los hombros y las piernas anchos, la barriga abultada y el pescuezo corto y grueso que no se le podía ver. Empuñaba una longa lanza con que matara muchos caballeros; humanos, centauros y elfos. Acompañábalo como segundo al mando un orwkronk la mar de membrudo e feo e muy espeso, que Bromok había nombre. E so cabeza era tan deforme y grande que el yelmo no gelo podía calar, así que traía uno hecho a su medida, con dos cuernos e dos cerdas de jabalí en la cimera. De armas llevaba consigo un hacha y una rodela.
Estonces la batalla inició. Los chasquidos de los aceros repercutieron allende el río. Si un caballero de Farandelot batía dos enemigos, los enemigos respondían matando al doble de los otros; la ventaja seguía acrecentándose en favor de los urdroks. Los cuerpos caían, ya degollados, ya flechados. Tales cabezas rularon por tierra, y hubo más de una que chapuzó en las aguas del Mehnalu y sobrenadó yendo río abajo hasta el confín. Sir Joers, que buen esgrimidor era además de valeroso, diose la coyuntura para acorrer a sus hombres luego de romper las carnes de muchos enemigos; a estas alturas de la lid era complicado saber a cuántos había salvado, y así mismo cuántos tajos había esquivado en cada intento heroico. En jamás de los jamases la rendición se le vino a las mientes; no agora ni por más desventajosa que fuese la contienda para sus tropas.
—¡Luchad con arrojo, mis valientes! —voceó sir Joers abriéndose paso con sus aceros.
Pero a veces el arrojo no es suficiente. Sir Joers no cejaba en su empeño de doblegar a los urdroks, y dando voces muy bravas les endiñó grandes golpes con que les separó las testas de los cuerpos. Sin que lo advirtiera, Grulor dirigióse a él con su longa lanza en mano. Y por la reguarda diole cabe el hombro tan honda lanzada, que le pasó fasta el diestro pecho, e su ronco grito de pelea fue acallado así como oís. Extrayendo su lanza, el orwkubar le largó un golpe por cima de la cabeza, mas el capitán huyó el cuerpo y tomado de la cólera y atenazando los dientes se fue sobre él y le cortó con la una espada una mano y con la otra una gran pieza del anca, en manera que no pudo tenerse y vino a tierra. E sir Joers olvidóse de que fuese malparado e como vio a Grulor tirado a sus pies, se ensalzó de tal guisa que lo amató dejándole ir el filo de amas espadas de travieso por las costas, de guisa que cada una le alcanzó a quebrar los pulmones fasta el corazón. Desí tornó a cometer los demás urdroks, dejando un baño de sangre aderredor de sí.