Fragmento del Capítulo LIII del Libro Segundo  

Posted by V.R. Merox in

LIII


EL CABALLERO PERDIDO


Salieron de la floresta marchita y tomaron el paso de los pebeteros. El elfo y el mancebo cogieron la delantera, y Morkutio, habiéndose quedado en zaga dellos, se fue a la ladera de un monte en que estribaba una tumba. Algo, al parecer una inscripción, le había arrebatado la atención. Se inclinó para escudriñar la lápida, mas el harto limo que la cubría no le dejaba leer el grabado. Estonce como le pudo más la curiosidad, decidió calzar el un puño con la manga de su túnica y lo estregar contra la losa en más de una vegada.
El epitafio se fue haciendo más legible a medida que el mago le pasaba el puño. Detúvose durante una pieza y levantó la mirada al cielo. Las nubes se descorrieron con el soplo del viento y la luna, en cuarto creciente, fulgió sobre una lista purpúrea que arqueó en el cénit de la bóveda celeste. Cuando hubo bajado la vista, Morkutio descubrió algo que le erizó el pelo de miedo.
—No es posible... ¡Mi nombre está en la lápida!
Pasmado, dobló la rodilla y hundió la vara en tierra. En el momento en que se enderezó, una mano harto corrompida surgió del mantillo prendiéndolo por el un cuello del pie. E dio grandes voces porque sus amigos le acorrieran, e como no pudo tenerse en pie, cayó de sentón y tal caída le fizo soltar la vara, y cuando quiso la recuperar para dalle de palos a la mano que le prendía, otra salió a la superficie y tomóla y echóla lejos, que no la pudiese coger el mago; y cuando amagó con sacar la espada, una tercera mano le impidió que la sacase de la vaina, e mucho pasmo hubo Morkutio que creyó que los muertos le sumían bajo la tierra.

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