Fragmento del Capítulo XXXV del Libro Primero  

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XXXV


UN ATAQUE INESPERADO


Nuestros héroes despertáronse con los albores. Salieron de Farandelot después de tomar un desayuno frugal. La princesa, que vestía su cota de plata, fue escoltada de la siguiente manera: sir Vaeladox, el centauro y el zagal gobernaron la vanguardia; sir Varekain, sir Dante y Morkutio la retaguardia y Siwlana hubo quedado en el medio. Atravesaron las praderas del noreste y subiendo por una cuesta se internaron en el collado de la sierra que, circuyendo las regiones meridionales, perdíase lueñe en la estribación escarpada en cuyas faldas asentábase el monasterio de Kuron-bel. Bajaron al llano y tornaron a subir a la cima de una peña do el viento ultramontano dioles fresco, e al más ir de los caballos descendieron e vinieron se encontrar un riacho de aguas opalinas cuyo largor semejaba una sierpe de plata a la luz del sol; y pronto vadearon el riacho bordeado por hierbas puntisecas. Doblaron hacia el sureste y quedaron ante el puente Drankorlak, erigido a base de losa, madera y especialmente huesos, o mejor dicho, los restos de un dragón giganteo. Desde tiempos inmemorables yacía allí, sirviendo de paso a los viajeros. Había sido uno de los tantos reptiles caídos durante las Guerras Dragonianas. En la cabecera oeste del puente disponíase la enorme osamenta astada de quijadas abiertas y colmillos afilados, a la cual le seguían las fauces compuestas por las ijadas y la longa esquena suso del entablado que fuera estribado sobre machones. Se adentraron los jinetes en las fauces del dragón. Ayuso de la puente las frías aguas del Vernixar rumoreaban y batían los guijarros que encontraran durante el curso. En llegando a la techumbre de vértebras corvas, un cardume de salmones, yendo río abajo, viose por las juntas del tablado que golpeteaban los cascos de las bestias. Los más nadaban con diligencia y los menos emergían y tornaban a zabullirse.
Franquearon el Drankorlak y siguieron hacia el sureste. El cielo era despejado. El viento soplaba calmo. A unas cien leguas de los caballeros se vislumbró el Monte Caristhaldan cuyos cristales, más relucientes a la luz del día, titilaban como estrellas y esmeraldas formando un pabellón de luces verdes y pálidas que ascendía miles de pies bajo el firmamento. Tras veinte leguas a medio galope, levantáronse del suelo las monumentales cordilleras que se extendían hasta los confines de Eriongard y Sahralabar, de las praderas al desierto propio de lueñas y apartadas tierras en que moraban los hombres del noreste. Al cabo de tres horas el terreno se abajó abruptamente y llevó a los jinetes a una planicie que, alteándose en una pendiente enriscada, daba al puente Rozorh. Este paso se alongaba por cima de un abismo separado por tajados donde crecían brezos y lentiscos, y más al fondo las aguas templadas del río Mowhili viajaban hacia el este. Cuando hubieron salvado la puente, los compañeros picaron los corceles y después de casi ocho leguas vislumbraron la extensa floresta. Pero sir Vaeladox sofrenó su montura, llevóse la diestra a la frente y aguzó su vista de águila.
En esta sazón sir Arkivahl preguntó al elfo:
—¿Por qué nos detenemos?
—Tengo un presentimiento.
—Hay algo en el ambiente que no me gusta —dijo la princesa.
—Ni a mí... —coincidió su hermano escrutando la zona.
Los legionarios miraron al derredor. En este comedio sir Vaeladox se apeó de su caballería, y, suspicaz, dobló la rodilla y pegó una oreja al suelo. Lo que oyó le pasmó.
—Tenemos problemas, y muchos.
—¿A qué os referís? —le preguntó sir Varekain.
—Pasos. Una gran hueste se aproxima a la boca de la floresta.
Y el elfo no estaba equivocado: una sección de urdroks se desplazaba hacia el Bosque de la Perdición. Los caballos, barruntando el peligro, relincharon con estrépito. Ni con tirar de las correas pudieron apaciguar las bestias, que, medrosas, comenzaron de golpear el suelo con los cascos e los relinchos fueron más fuertes. Estonces el enemigo detúvose a lo lejos, y el que comandaba la hueste, un temible orwkubar, dijo a sus hombres:
—Ser caballos. Alguien estar cerca.
Un soldado añadió:
—Huelo carne de humano, de elfo, de cíclope y de centauro.
—Marchad a paso veloz, ¡ya! —gruñó el líder.
Y se aviaron hacia nuestros héroes. Al tiempo, Miklos dijo:
—Será mejor que entremos en la floresta, porque si no...
Un bramido le interrumpió.
—¡Urdroks! —advirtió el elfo atisbando al enemigo—. Miklos, protege a mi hermana.
—Con mi vida, Vaeladox —dijo el centauro terciando la lanza.
—¡Varekain, Morkutio, vosotros con Arkivahl! —gritó el príncipe—. No le dejen solo. Tened cuidado con el orwkubar.
Ellos le atendieron. Y todos, en formación cerrada, espolearon los caballos y fueron al encuentro del enemigo. Sir Dante traspasó el tropel con tal denuedo que con la una mano gobernaba las riendas y con la otra asestaba martillazos en las cabezas de sus contrarios.
Sir Vaeladox, que buen jinete era, corrió a rienda suelta y tensó el arco. Las flechas zumbaron a uno y otro cabo, envasando los pechos de muchos orwkgra. Sofrenó el su corcel y desmontó de un salto. Desnudó los cuchillos. Dos enemigos le salieron al encuentro con hachas en alto, mas el elfo agachóse para esquivar los golpes y de sendos sablazos le partió al uno un brazo e al otro la barriga, e al uno que no muriera, le cortó la cabeza. Mirando los cuerpos tendidos a sus pies, el legionario, solemne, blandió los largos cuchillos.
Por otro lado, sir Miklos, que guardaba la doncella con brío, calaba su lanza y a fuerza de punzadas y coces hacía recular al cerco de urdroks que por todos los medios intentaba llegar a su protegida. Ella, mañosamente, tiró de la espada y soltó tajos a diestro y siniestro desde la silla de su unicornio. Y en cuanto podía asestaba el arco, lanzando dardos al enemigo. En esta sazón descabalgaron los demás compañeros. Morkutio encajó la vara en tierra y despidió un impulso de energía que reventó los vientres de una línea de orwkronk. Los más, vomitando sangre, viniéronse abajo.

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