Fragmento del Capítulo CXVII del Libro Tercero  

Posted by V.R. Merox in

CXVII


CERCA DE ABISMO OSCURO


La hoguera ardía en medio de la espesura. Era una noche un tanto fría y brumosa. Un velo turbio habíase extendido de palmo a palmo sobre el suelo antes verde. Los chirridos de algunos insectos arrullaban a los compañeros, yacientes en sus lechos de hierba. De lueñe podía se escuchar el susurro de un riacho que serpeaba cabe una vereda solitaria donde crecían espinos y zarzas. Cerca de allí, un búho regordete ululaba desde lo alto de una vieja rama, y miraba a uno y otro lado, torciendo el pescuezo, siempre atento.
Al hilo de la medianoche, Morkutio despertó hiriendo el aire de un suspiro que soterraba espanto. E los insectos y el búho que oísteis arriba vinieron a callar por el lamento, y sir Arkivahl rompió so sueño que levantóse sobrecogido. Vio al mago seer en donde había fincado dormido y oyó que decía:
—¡Ay de mí!, que las pesadillas me persiguen adoquiera que voy —lamentó. Se cubrió, y, la cabeza gacha, contempló la fogata.
En esto el mancebo llegóse a él y dijo:
—Amigo, ¿qué hacéis levantado a estas horas de la noche?
A lo cual el mago, soalzando la cabeza, respondió:
—Arkivahl, lamento haberos despertado.
Se asentó el zagal cabe Morkutio y le dijo que le contase sus cuitas.
—Son las pesadillas de que te he platicado —continuó el de Zolhenval—; no sé por qué razón, pero aún me siguen hostigando sin importar en qué lugar me encuentre. Y percibo la sombra de Shargandor tras de mí.
—Sé lo que sientes —dijo el caballero Degaudart—; tú y yo habemos algo en común, y es que ambos deseamos hacer justicia y castigar a los culpables de la muerte de nuestros padres. Es difícil; cuanto más te acercas a lo que temes, tanto más empiezas a dudar de ti o de lo que haces, o por qué lo haces, y eso es solo el comienzo de la tempestad. Sin embargo, por más tremenda que fuere la tempestad, siempre llega el día en que termina por amainar. Y entonces es cuando debemos de continuar con nuestro camino, todavía hacia adelante. La justicia vendrá tarde que temprano.
El hechicero asintió con la cabeza.
—Vuestras palabras alientan mi espíritu, amigo mío —dijo Morkutio descubriéndose—. Os agradezco, y deseo de corazón que al igual que yo cumpláis vuestro destino.
—Ambos lo cumpliremos —aseguró sir Arkivahl.
Los susurros rompieron el sueño de sir Siegfried, quien dijo:
—Pero ¿cómo?, ¿se les ha ido el sueño?
Los preguntados miraron por cima de la lumbre y vieron al caballero legendario enhiesto.
—Siegfried —dijo el mago—, disculpadnos. Os hemos despertado.
—Descuiden —dijo él—. Los acompañaré un rato.
Afirmándose a un lado de su sobrino y del mago, sir Siegfried cogió una rama y atizó el huego.
—Y bien, ¿de qué fablaban vosotros dos?
Morkutio contestó:
—Solo estábamos...
De salto un siseo espeluznante acalló al mago. Siegfried irguióse de golpe y preguntó:
—¿Quién va allá?
Fueron los legionarios por sus aceros y mantuviéronse en torno a la hoguera.
—Hay algo en esos árboles —señaló el hechicero con el bastón. Volvió la mirada hacia Siegfried, y él, con una seña, le indicó que fuera a echar un vistazo.
—Cubridme —dijo Morkutio.
Se fue para una encina; apoyó la mano en la corteza y alargó la vara y metióla dentro de la obscuridad. A la sazón una liebre saltó a los pies del mago. En viéndola, los tres rompieron a reír.
—¡Una liebre! —dijo el mago—. ¡Es solo una liebre!
No obstante, las ramas de la encina se sacudieron. E unos gruñidos ahogaron la risa de los compañeros. Sir Arkivahl alzó la vista. Y estonces vio algo que lo estremeció.
—Siegfried... —le puso la mano sobre el hombro—. Hay algo allá arriba.
Una sombra encorvada, de ojos rojizos y brillantes, los acechaba desde la copa del árbol. Gruñendo, se precipitó sobre el hechicero.
—¡Urdrok! —gritó sir Siegfried.
Y él y su sobrino fueron acorrer al mago, que batallaba porque el urdrok, un orwkgra, no le fincase los colmillos en el pescuezo.
—¡Luz, Agernerom, dadme luz! —pronunció Morkutio.
A seguida el fulgor del cristal de Agernerom ofuscó al urdrok, quien desmontó del legionario y, amedrentado, vino a recular fasta se topar con los pechos del caballero legendario. Valheron silbó, y la cabeza del acechador rodó por el suelo brumoso.

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