Fragmento del Capítulo LXXX del Libro Segundo  

Posted by V.R. Merox in

LXXX


LA NINFA DE HAENODORU


En cuanto llegaron a la cámara real, sir Vaeladox, que llevaba la delantera a los compañeros, apartóse dellos cuanto más y de continente fue ante los sabios y fabló por todos diciendo:
—Majestades —les dijo—, vengo con buenas nuevas. El agua milagrosa de Narduk ha desapoderado a la parca del ánima de Arkivahl. Agora encuéntrase reposando en un rico lecho. Sir Siegfried le acompaña.
Y esto oyendo, ellos hubieron harto placer y el anciano dijo:
—Buena es, por cierto, esta nueva que nos habéis comunicado. Habíamos mucha aflicción por lo acaecido con sir Arkivahl, que por una pieza nos cayó en mientes lo nefasta que hubiese sido su muerte; porque habéis de saber, valeroso príncipe, que el zagal sustento es para su tío, y habemos menester que él no pase por cuita ninguna si tanto anhelamos que os comande de su vía por la cual podrá los llevar a conquerir al enemigo.
—Y ansí será —afirmó Vaeladox—. Estos hombres que veis —señaló a sus amigos—, más que nunca están adobados a lidiar con el arresto necesario porque el bien levántese sobre el mal. Y cada uno de nosotros daremos la vida caso que sea menester.
—Pláceme escuchar eso —dijo el longevo.
El mancebo habló.
—Entonces supongo que partirán hasta que el mozo mejore.
—Dadas las circunstancias, sí —dijo el príncipe—. Quiero pedirles, si a ustedes pluguiere, que nos den refugio y pábulo mientras él y los demás compañeros se recobran de salud.
—¡No faltaba más! —expresó el mancebo—. Denlo por hecho.
—Podéis quedaros el tiempo que deseéis —añadió la dueña.
El anciano dijo:
—Siempre seréis bienvenido, fijo de Owbeluan, y también todo aquel que os acompañe. Nueso palacio es el vuestro.
Vaeladox agachó la cabeza y dijo:
—Agradecido estoy.
—Ahora bien —dijo el más joven de los sabios—, ¿por qué no colocan sus armas en aquella mesa? Nuestros guardias las trasladarán en seguida a un lugar especial.
—¿A cuál? —inquirió el mago.
—Ya lo verán —contestó el anciano.
Caminaron a la tabla que oísteis y posaron en ella las espadas, el arco, el carcaj con flechas y el martillo.
—Ahora acompáñennos —dijo la dama.
En sazón los gobernantes llamaron un guarda y el longevo díjole que atropara a cinco elementos para que llevasen las armas de nuestros héroes a do ellos estaban por ir; y el soldado aprestóse a sus menesteres y luego con sus hombres fuéronse a la mesa y cogieron las armas; mas tan pesado era el martillo de Dante, que fue mester que no uno sino tres lo acarreasen en volandas.
Entonces los sabios levantáronse de sus sitiales, descendieron por las escalinatas y se cargaron a la salida del palacio, los compañeros y los centinelas en pos de ellos. Dieron una vuelta por la rotonda del parterre y echaron por el sendero que corría hacia el este, bordeado por dos filas de colunas de chapiteles corintios; las enredaderas abrazaban los fustes hasta los plintos.
Al cabo de un buen tramo un puente de losa se alongó delante de los andantes. Los lirios arraigaban a la vera del estanco que había debajo de la puente, y, entremedio, los somormujos nadaban dejando una estela ondeante tras sí. Cruzando la pasada, continuaron hacia el sur por un camino costeado de añosas encinas y robles.
En los prados de junto, do los árboles eran la mar de viciosos, las bellotas caían de las copas y rulaban contra la vía por la que pasaban los compañeros. A ratos los pies dellos se encontraban de los frutos de tal modo que así los apartaban de su paso. Doblaron al oeste, pasando por en medio de dos zócalos coronados con bellas estatuas de unicornios. Dende en adelante el suelo se abajó ante ellos en unos escalones que daban a una verja de plata. Cuando a ella se dirigieron, los centinelas que hacían guardia apartaron sus lanzas, y en abriendo la reja dijeron:
—Bienvenidos sean.
Quienquiera que fuese venturoso de pisar la reserva que los felihons salvaguardaban, quedaría arrobado de ver cuánta verdura nacía por do quiera, e muy espesa e lozana era que no había mundo más fermoso labrado por la natura. Los silbos de uno que otro animalito oíanse tras las matas. Un sine fine de especies de flora y fauna podían se hallar aquí. Levantábanse del suelo muchos salces y robles, cenceños los unos, corpulentos los otros, la corteza tallada por el paso de los años, que en este caso pudieran ser miles. Los jilgueros trinaban en lo alto de las copas de los árboles. Así mesmo la olorosa cáscara de los sándalos rojos y amarillos trascendía en la reserva. Danzaban los herbazales con el frescor del viento. Todo era muy bello. Tales pelargonios y espliegos asomaban entre la hojarasca. Cerca de un arroyo una camada de unicornios abrevaba mientras las largas y sedosas crines les caían por un lado del cuello.
Los felihons y sus acompañantes se enfilaron por una senda empedrada que, corriendo hasta la falda de una loma, íbase empinando a medida que el terreno se alteaba en un camino escalonado cubierto de yerba y brizna. Remontaron la loma y atravesando un jardín de geranios llegaron a un hontanar. E fuéronse para una fuente cristalina cuyo fondo despedía una serie de colunas de luces trémulas, e dichas luces semejaban el brillo de las esmeraldas, los diamantes y los topacios cuya viveza era propia de tierras etéreas en que la escuridad no tiene cabida. Los sabios, dispuestos en la linde de la fuente, se inclinaron y fundieron las manos en las aguas. Estonces el lecho del ojo resplandeció cual si un arca de oro obrizo hubiese en lo hondo. Et la compaña hubo gran pasmo cuando vio que un brazo emergía de las aguas.

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