LXXIV
ACAMPANDO EN EL BOSQUE FELLIGARO
Al rayar el alba, el cielo tronó angustioso; los destellos de algunos relámpagos advirtieron a Farandelot de la malograda misión. Desí sobrevino la lluvia. Por ventura Yalé, los ángeles o los hermanos de armas, sollozaban a causa de tal desdicha.
Y en lo alto de una atalaya, sir Galhentor oteaba el nubloso horizonte. Cuando agachó la mirada, atisbó un corcel que corría desbocado contra las puertas de Farandelot. Por su gran alzada cuidó que era Valiente. E pasmóse al ver el jinete que iba tumbado en el fuste.
—No... —pensó Galhentor sin despegar la vista de aquel jinete—. Por piedad, no quiero creerlo...
Y volviéndose, el capitán dio voces a los guardas que noticiaran a los legionarios de la llegada de sir Joers. Ellos se lo otorgaron. Así que él bajó de la atalaya y corrió cuanto más pudo para llegar a las puertas del reino. Allí dio con la montura que, enarmonándose, batallaba porque los pajes no le domeñasen. Ellos tiraban de las riendas, pero no lograban amansar a la bestia que por momentos parecía indomable.
En este comedio sir Joers abrió los ojos y pegando los pechos al cuello grueso de su bestia, le susurró y le acarició de modo que Valiente cesó de caracolear. Los criados apearon al jinete con recaudo. Lo sentaron en tierra. Sir Galhentor se le fue hincar de hinojos por un cabo y díjole con la faz desencajada:
—Joers, amigo mío, calma, que nada os pasará.
—Galhentor... He errado...
—Ya, no hables más.
—Mi señor —dijo un criado—, ¿qué hacemos?
El capitán volvió la mirada y parándose de golpe respondió:
—Apriesa, llevadlo a un buen lecho y decidle a los cirujanos que le caten. ¡Ya!
Y dicho esto, los pajes tomaron en brazos al caballero y partieron con diligencia. Galhentor llegóse a Valiente, diole una palmada en las grupas y vio las dos saetas de pardo empenachado que en ellas tenía clavadas.
—¡Ay no, qué desdicha! —lamentó el capitán—. El buen Joers finará si un milagro no le ampara. ¿Y ahora qué puedo hacer si acaso aguardar? —cogió las correas y el caballo se apaciguó—. Llévenlo a las caballerizas y cúrenlo —ordenó a los otros pajes.
En esto los legionarios hicieron acto de presencia. Y cuando Siegfried le preguntó a sir Galhentor qué era lo que había pasado, el capitán le refirió todo lo que había menester saber. El caballero legendario dijo:
—Es terrible lo que me decís. Oraré a la hora de nona porque sir Joers salve la vida.
Sir Galhentor abajó la vista. Siegfried se allegó a él y púsole la mano sobre el hombro.
—Que Yalé le guarde —dijo Galhentor—. Siegfried, ahora dependemos de vosotros. Salvad al rey Lazarus.
—No te preocupes —dijo Siegfried—. Llegaremos a Doomgor Mol y retornaremos junto con Su Majestad. Tienes mi palabra.
Sobre la hora sir Galhentor mandó llamar a un soldado y díjole que en el acto atropara a tales hombres y fuesen al río Mehnalu para recuperar los cuerpos de los caídos, y entonces el soldado le preguntó que cómo le placería que les dieran el postrer adiós; a lo cual Galhentor respondió que no les soterrasen ni disparasen flechas en llamas, sino que les trajesen a Farandelot, pues aquí les despedirían al paso que era debido; y en lo tocante a los despojos enemigos, le dijo que sí los incendiaran. Y convenido esto, las tropas marcharon a su destino escoltando una fila de carretas en que trasladarían los cuerpos.
En esta coyuntura los carpinteros montaron, en el patio de la ciudadela, un tablado sobre el cual dispusieron una pira tremebunda con que quemarían los cadáveres. A la sazón la tormenta había parado de descargar. El sol tornaba a brillar tras las montañas.
A la tornada de las tropas la guardia de Farandelot, los legionarios y el vulgo, recudieron a la solemnidad y admiraron en silencio la pira cuyo grand fuego alzábase como un resplandor señero en una tarde clareada, que ahora se convertía en un crepúsculo frío y triste.
En feneciendo la ceremonia mortuoria, los legionarios decidieron guardar duelo y posponer hasta cras en la alta mañana su viaje a la pradera Amisdantar. Mas en ante que todos durmieran, los cirujanos diéronle a sir Galhentor la buena nueva de que sir Joers había sido catado de sus heridas; y el capitán quedó muy ledo de oír esto, que en continente díjole a Siegfried que Yalé hubo mucha complacencia por sus rezos en hora de nona y en merced dello envió el milagro que Joers había menester, y cuantos allí estaban se alegraron a maravilla y la tristura y la congoja fueron menguadas si bien por una corta pieza. Con esto los caballeros se recogieron a sus cámaras para holgar muy sosegados. Así que en cuanto río el alba, nuestros héroes fuéronse muy ataviados de armas y pertrechados al longo viaje que en puertas tenían.
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on sábado, 3 de enero de 2009
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¿Crees que, faltando 26 capítulos por editar, alcanzaré las 2000 páginas para el 7 de noviembre cuando me faltan solo 167?
El Autor
- V.R. Merox
- Mis pasiones: Filología, pintura, filosofía, ciencia, biología, arquitectura, política, pulp, spaghetti western, literatura, cine, arte, música, mitología griega, celta, escandinava, persa, romana, lectura y poesía.

