Fragmento del Capítulo LV del Libro Segundo  

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LV


LA BATALLA EN LA TIERRA DE LOS MUERTOS


Ya vienen, ya vienen, gritaba Morkutio yendo al más correr contra los caballeros, sir Vaeladox delante dél.
En oyendo la voz del mago, sir Galahden, atenazado entre los brazos del mancebo, le dijo que lo soltara, y el otro le preguntó por qué habría de hacerlo, e respondióle que si no le dejaba sacar la espada de la vaina, que mucho le pesaría, ca Ellos ya se acercaban, y en esta sazón necesitarían de cuantas espadas pudieran empuñar. Estonces sir Arkivahl desasió la presa, e mucho plugo al cavallero de que lo ficiera, e volvióse e díjole:
—Heis hecho bien. Ellos no descansarán fasta probar nuesa sangre —desnudó la espada y calóse el yelmo—. Preparaos, mozo. La Morada de los Muertos temblará como nunca antes.
Al fin se juntaron los cuatro. Formaron un corro y con aceros en alto miraron en derredor. Aguardaron el encuentro. Miles de pisadas retumbaron la tierra. En este comedio el cielo se enturbió, y la luna ocultóse tras los bancos de nubes espesas. Se acercaban...
—¿Cómo podremos los derrotar? —preguntó el mago.
—Usando sus dominios en su contra —contestó Galahden.
—¿A qué os referís? —inquirió sir Arkivahl.
—Al fuego mágico de los pebeteros —respondió el de Landubar—. Con él podremos los matar fácilmente; mas habemos menester arco y flechas.
—Deso yo me encargo —aseguró el elfo—. Por de pronto me separaré de vosotros. Subiré a la cima de aquella colina que veis, la de los pebeteros, y ende prenderé mis saetas en el huego. Luego los cubriré desde suso, do tendré al enemigo a tiro.
—Contamos contigo —dijo Morkutio.
—No les fallaré —empuñó el arco—. Mis flechas habrán de soterrar a los muertos que caminan.
Y a escape se apartó de sus amigos, perdiéndose allá lejos por el sendero del noroeste.
El enemigo avanzaba a trancos: el tintineo de los huesos bajo las corazas trascendía en el camposanto. Ya estaban más cerca...
—¡A prisa, larguémonos de aquí! —instó sir Galahden—. El tiempo apremia.
El caballero de Landubar encabezó la marcha. Con presteza se derivaron hacia el camino del noreste, subieron por una pendiente escarpada y descendieron y tornaron a subir otra cuesta desque dejaron en zaga un campuroso páramo. Torcieron al norte y, remontando un pecho, alcanzaron la cumbre de la colina donde sir Vaeladox hacía guardia. Al verle apostado al pie de una línea de pebeteros, sir Galahden le preguntó:
—¿Alguna señal de Ellos?
—Ninguna —respondió Vaeladox—. Pero si andan a largas marchas como así lo creo, intuyo que estarán a una milla o milla y media de nuestra posición —alejándose de un pebetero, se llevó la diestra a la frente—. ¡Mirad! ¡Allá!
Y en la cresta del monte que señalaba el elfo, aparecieron las interminables falanges de caballeros no-muertos. En la diestra asían un sable pesado a tal punto que el mucho peso les hacía rastrar el filo por tierra, y embrazaban tarjas en menos pesadas que los sables, pero que aun así, humano ninguno podría cargar si no fuese maldecido. Vestían corazas de launas y haldas y botas de cuero. Los unos habían las calaveras descubiertas, las órbitas de los sus ojos vacías y oscuras y las quijadas colgantes; y los otros, que en estado de corrupción estaban, las haces desfiguradas y los ojos roídos por las crías de los gusanos, y so los capacetes astados asomaban los cabellos secos y caídos a los hombros o a las espaldas según fuese su longura. Los guardianes del camposanto esperaban una nueva lid después de cientos o miles de años.
Estonces hubo un silencio profundo. Las huestes de caballeros no-muertos, a pie quedo, disponíanse en líneas de a mil elementos. Ululó el viento, trayendo una ola gélida. Los ramajes de los árboles chirriaron. Las tropas alzaron los sables y al más ir descendieron por la colina.
—Corran —dijo sir Vaeladox flechando el arco—. Ya están a media milla de nosotros.
—¡Se aproximan a paso veloz! —vociferó Morkutio.
E todos salvo el elfo pronto bajaron al llano.
—Tendremos que separarnos —sugirió Galahden.
Morkutio echó un vistazo alderredor y dijo con gran pasmo:
—Me temo que eso será imposible. Nos han alcanzado...
Y a la sazón vieron que el enemigo los sitiaba.

Cita del anteprólogo de la Dinastía Degaudart  

Posted by V.R. Merox

Esta cita define mi trabajo, así como la pasión con la que escribo y el amor que le tengo a la Literatura en todas sus ramas, pero sobre todo a la fantasía. Por tanto la incluiré en el anteprólogo de la novela.


"Mi imaginación no hace al mundo que describo, en realidad los personajes me cuentan sus historias, y yo les creo, porque sé que Eriongard existe".

V.R. Merox

Fragmento del capítulo XXXIX  

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XXXIX


LOS ESPEJOS DEL MÁS ALLÁ


El legionario, laso, dejóse llevar de la mano por la bella musa de la floresta. Estaba arrobado. Había caído rendido a los pies de tal hermosura. Durante el trecho, sentía que los árboles le miraban y que todo daba vueltas en torno a él.
Pero ¿quién era la musa y qué hacía sola en las entrañas del Bosque de la Perdición? Ya lo oiréis más adelante. Siguieron andando. De tiempo en tiempo ella le sonreía, y sus bezos carnosos enseñaban las perlas relucientes que ocultaban debajo. Parecía un sueño, un sueño del que sir Arkivahl no quería despertar. Luego, estancaron su caminata y él la contempló y le preguntó:
—¿A do me lleváis, buena doncella? ¿Quién sois?
—Soy Ylnengrel Eggënsil y me placería mucho que vinieses comigo —respondió ella—. Habéis de saber, caballero de cabellera dorada, que he estado esperándoos todo este tiempo.
—¿A mí? —inquirió sir Arkivahl—. ¿Y por qué?
—Chist —susurró la doncella pegando un dedo a sus labios—. No preguntes más, solo ven. Dime, ¿cuál es tu nombre?
—Arkivahl Degaudart —repondió él. Y la damisela sonrió.
Reanudaron, pues, la marcha.
Llegando al mausoleo, subieron por las escalinatas y la doncella abrió la verja enmarañada de hiedra. Entraron. Cató sir Arkivahl los alrededores. En los muros destacaban, dispuestos de alto a bajo y por entremedias de las columnas adosadas, lóbregos nichos que bien podrían albergar los restos de rancios soldados o reyes, o quizás de creaturas indómitas o seres de ultratumba.
En todo caso los huesos estaban cariados, y tras ellos, en la oscuridad, titilaban muchos puntos rojos; de par en par, moviéndose entre las sombras como luces trémulas. Eran los ojos de las ratas que, percibiendo los pasos de los visitantes, abandonaban sus escondrijos despavoridas, caían al suelo y por él se escurrían buscando algún recoveco en que ocultarse.
Había tumbas empolvadas, y asentadas sobre ellas las estatuas de unas bestias alígeras con las garras echadas hacia delante. En las rinconadas los esqueletos habían hecho mansión, envueltos en telarañas y aprisionados por grillos; en el cuello, en las muñecas y en las gargantas de los pies. Las antorchas crepitaban hincadas en las paredes de los pasillos. De cuando en cuando la silueta de la doncella, proyectada en los lienzos bañados de la luz tenue, demudaba horriblemente en una creatura encorvada y a la vez cuellierguida de largas manos uñadas, mas dende a poco tornaba a la grácil y lozana figura de antes. Tal vez solo era una fantasmagoría propia de tan siniestro lugar, o tal vez no...
—Daos priesa, caballero buen mozo —dijo Ylnengrel.
A sir Arkivahl se le quebraban los ojos.
—¿En dónde estamos? —preguntó él desconcertado.
—Guarda silencio —susurró Ylnengrel palpándole los labios.
Descendieron por unos escalones, franquearon una bóveda de cañón y tomaron el ala oeste para dar con un pasaje ancho. El suelo estaba cubierto de polvo. En cada muro una carrera de arcosolios se extendía hacia la puerta del fondo, flanqueada por dos columnas levantadas a base de un mampuesto de cráneos y huesos.
Cruzándola, entraron en la Bóveda de los Espejos. En redor de la planta había seis pilares sustentando la bóveda de crucería simple, y, empotrados entremedio de cada pilar, dos espejos cornucopia con dos brazos en que se afirmaban el mismo número de bujías. La luz reverberaba en el azogue de los cristales. En los marcos engastados con carbunclos, zafiros y diamantes, sobresalía la faz de la doncella que sir Arkivahl viera grabada en la losa al salvar la sima.
Ylnengrel, ya en cabellos, danzaba y hacía piruetas alrededor del legionario, quien, gozoso, giraba sobre sí mismo para no perderse sus movimientos. Cuando hubo cesado de danzar, la damisela se llegó a un espejo, rió dulcemente y pasóse la mano por la melena. Se volvió, echóle una caída de ojos al mancebo y cerneando el cuerpo se fue arrimar a él. Le tomó de las manos y lo llevó a un lecho de piedra. En esta sazón ella pidióle que se recostase.
—Contempla mi belleza, ¿acaso no soy hermosa?
—Sí que lo eres.
Ella yació de canto cabe él, y jugando su cabellera lo besó con vehemencia. En este comedio el fulgor de Vihu rompió el encantamiento que sometía a su portador, el cual, incorporándose, hizo a un lado a la doncella y miróse en un espejo de lueñe. Tornó en sí; sin embargo, Ylnengrel le acarició la mejilla y asiéndole la mano le dijo:
—Descansa, amado mío. No temas, ven, bésame.
Y sir Arkivahl cedió a la pasión. Tornaron a besarse e él la atenazó entre sus brazos mientras ella le sobaba el cuerpo. Tendido el uno e montada en él la otra, siguieron se besando. Estonces Ylnengrel despojóse de la su blusa y tomó las manos del caballero llevándolas a sus pechos, y él los manoseó con harto placer. Echándose la vedeja a la espalda y gimiendo, la doncella clavó la mirada en un espejo, el cual, de repente cubrióse de vaho.
El medallón continuó chispeando. Sir Arkivahl volvió en sí y asestó la mirada hacia donde Ylnengrel; mas como el vaho velaba el cristal, no alcanzó a veer nada, e aguardó que se disipara, e cuando así fue, vio en el espejo cosas propias de un sueño quimérico, y, por tanto, puso los ojos en la damisela, que ya no era damisela sino una figura espectral salida de ultratumba. Los luceros en ante aceitunados y asaz bellos, agora se tornaban albos y luego negros como las tinieblas. Se ajó ella tanto que sus bezos ya no hubieron la suculencia y dulzura de antes. Las llagas hirieron su piel blanca, la cual helóse como la de un cadáver. Tres colmillos afilados le nacieron en las encías del agujero que ahora tenía por boca. Su cuerpo tembleteó sin cesar. Los quejidos repercutieron en la bóveda. Las guedejas de la doncella, canas por lo mucho desvaídas, flamearon al aire. Y ella tornó a cubrirse el pecho y se agazapó en el del caballero para que no la viese.
—Ayúdame... —susurró ella, y desmontando de él abandonó el lecho y retrocedió con flema.

A mis profesores de Literatura  

Posted by V.R. Merox

Hoy, a pesar de haberme tomado el día libre tras tanto esfuerzo, quiero dedicar una entrada a los grandes profesores de Literatura que tuve a lo largo de mi carrera escolar. Había estado pensando durante toda la tarde en escribir acerca del tema, y curiosamente, mientras platicaba con un amigo que estimo mucho, el nombre de uno de mis antiguos profesores salió a la luz. Fue un plácido momento rememorar a aquel ser humano que despertó en mí la pasión por las letras: Carlos Domingo González, el director y también profesor de la secundaria en la que estuve.
Gracias a sus clases aprendí a adentrarme en lo sublime del mundo metafórico y en la belleza literaria que, hasta hoy en día, sigo puliendo para alcanzar una narrativa que haga soñar y vivir a los lectores dentro de la tinta del papel; además, fue en ese tiempo que me enamoré del Romanticismo de Byron y Bécquer, de la fuerza poética de Nervo y de los sublimes versos de Neruda, que me sirvieron para convertirme en uno más de los olvidados poetas de este mundo material, belicoso e injusto.
Le estaré eternamente agradecido a Carlos, así como también a la profesora Gaby Clemente, una mujer maravillosa que con su saber dejó en mí una base sólida de expresión oral, redacción y metodología de la investigación. Asimismo, a la maestra Gloria Xoca y a Patricia Rodríguez, entre muchos otros.
Debo decirles que, aun cuando siempre fui un alumno ejemplar y un tanto brillante, fue muy difícil encontrar mi camino en esta vida, y también que hubo momentos de dudas y de cuitas; empero, al tiempo que mi pasión por la Literatura volvió, logré salir adelante y a partir de ese día todo cambió. Ahora, a mis 29 años me siento realmente pleno y con la capacidad y madurez de llevar mi genio hasta el límite, y sé que lo haré, porque estoy más fuerte que nunca.
Hace un par de años, y después que me decidí a seguir los pasos de mi tío Mauricio González de la Garza (QEPD), tomé la rotunda decisión de luchar por mis sueños, de soñar viviendo mientras escribo y de conquistar en un futuro la máxima presea que un escritor puede anhelar, creo que todos saben a cuál me refiero.
Me falta mucho por aprender y un largo camino por andar; sin embargo, jamás dejo de pensar en mis objetivos, y sé que mientras siga esforzándome y trabajando duro como hasta ahora lo he hecho, algún día me diré a mí mismo: no lo hubiera logrado sin las enseñanzas de mis maestros.