XX
RÉQUIEM
Sir Arkivahl y sir Vaeladox recorrían las calles que a la sazón habían sido desembarazadas. Las carretas, colmadas de cadáveres enemigos, circulaban por la mesma vía que el elfo y el mancebo. A espaldas de ellos, fuera de puertas, veíanse las colunas de humo desvaneciéndose por cima de las murallas, dado que en la llanura, no muy lueñe de la fortaleza, era en donde las carretas descargaban los despojos para que los saeteros, desde las almenas, dispararan flechas encendidas a las montañas de cuerpos compuestas en su mayoría por urdroks; pues tanto humanos como centauros eran apartados y soterrados en fosos o túmulos dependiendo de qué tanta prez tuviese el difunto. Al saber de do provenía aquel humazo, el príncipe dijo a sir Arkivahl:
—Es el mejor castigo que pueden tener esos monstruos, mas ni muriendo quemados lograran purificar sus almas. Un corazón negro jamás tórnase puro.
El zagal atendía al elfo, pero no hablaba palabra ninguna, y, así, manteniendo la cabeza gacha, anduvo por el resto del trecho.
—¿Qué os aqueja, sir Arkivahl? —preguntó Vaeladox—. Es la desventura que atraviesa vuestra familia, ¿verdad?
Arkivahl se desencajó aún más, y, volviendo ligeramente la cabeza, asintió. Sentía que el mundo se derrumbaba sobre él. La injuria cometida por Balthor y la venganza que llevaría a cabo contra él no dejaban de pasársele por las mientes. La ira le comenzaba a enceguecer, y a causa dello no podía se dar cuenta del peligro que implicaba batirse en duelo con el general, mas al parecer eso le importaba poco. Luego, levantó la mirada y respondió:
—Es por eso, sin duda. Y no sé si pueda vencer el furor que se ha gestado en mi corazón.
—No dejéis que os dominen vuestras pasiones, ni que se desborden a tal punto que no puedas las controlar. A fe de caballero, mi joven amigo, que comparto vuestra pena, puesto que vuestro padre y vuestro tío, allende de ser amigos míos, eran legionarios, y cuando integrábamos la Legión, habíamos como principal mandato defendernos los unos a los otros. Y si cualque cayese en batalla o batido por enemigo alguno, era nueso deber vindicarle. Y ahora, el culpable de esta afrenta que nos hiere pagará con su cabeza.
—Vuestras palabras sosiegan mi arrebato —dijo Arkivahl.
No hablaron más. Se acogieron por mientras en una vivienda derruida tanto cuanto, e subiendo unos escalones llegaron a los altos, más desnudos que la planta baja, pues no había muro ni techado. Estuvieron quedos, contemplando con asombro los vestigios del asalto. Sir Arkivahl fabló.
—Todavía no sé en dónde enterrar a mi padre. Recuerdo que alguna vez me contó de un lugar en que mi abuelo Angus solía lo entrenar a él y a mi tío cuando pequeños. Era una zona sagrada...
A lo cual, el príncipe infirió:
—Debe ser el antiguo santuario de Bhaneruk.
—Sí, ese —afirmó el zagal.
—Antaño, y aun hoy en día, Bhaneruk fue y seguirá siendo un baluarte para los humanos —dijo el elfo—. Cuenta la historia de Eriongard que el Gran Tirano, en su intento por erradicar las creencias religiosas de humanos y no humanos, dioles guerra a todos aquellos que se opusieran a su mandato, y dicha guerra conllevó, a la larga, la destrucción de los templos más representativos de cada raza. Y Bhaneruk no fue la excepción, pues ahora yace en ruinas.
—Qué triste... —dijo sir Arkivahl.
—Sí... Nuestro mundo ha pasado por grandes congojas. La sangre de muchos héroes se derramó para que Eriongard volviera a ser libre.
—Pero ahora ese sacrificio solo trajo pesares —replicó Arkivahl clavando la vista en el cielo—. El mal nos arrebató a mi padre y a mi tío, dos leyendas de la Legión del Medallón.
Sir Vaeladox entrecerró los ojos. Llegóse al joven Degaudart y diole una palmada en la espalda.
—El enemigo se arrepentirá —aseguró el elfo.
Al cabo el jinete y sus tropas de jurrkos y warrbek arribaron a la Ciudadela de los Olivos. El ruido de los cascos pronto fue advertido por el caballero elfo.
—Miklos ha llegado —señaló a lo lejos.
Y ambos bajaron por las escaleras. Atisbó sir Miklos a sus amigos, se apartó de sus tropas y dirigióse a ellos.
—Aquí estamos —dijo el centauro—. Mis hombres trasladarán los sobrevivientes a Centuria en cuanto se tranquilicen. En este comedio nos ocuparemos del enterramiento de tu padre. ¿Ya has elegido el lugar donde se llevará a cabo?
—Sí, Miklos —respondió sir Arkivahl—. En las ruinas de Bhaneruk. Es lo que él hubiese placido: un lugar especial para irse.
—Has de saber que Bhaneruk fue un templo importante para el linaje Degaudart —dijo el caballero centauro.
—¿Por qué? —preguntó el zagal.
—Ya lo veréis cuando estemos allí.
Una vez decidido esto, el zagal pidió a un criado que le ensillara dos caballos, el uno para él e el otro para el elfo, que el centauro no necesitaba en qué se montar. Así lo hizo el criado e al rato trajo los caballos, y los caballeros montaron en las sillas y partieron a su destino con el elfo a la vanguardia y los jurrkos detrás.
El cielo se arreboló sobre la hora. Las nubes viajaron al este con el soplo del viento. Estonces el sol se entintó de sangre, rindiendo honor a los caballeros de Farandelot caídos en la batalla horas antes.
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on miércoles, 22 de octubre de 2008
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¿Crees que, faltando 26 capítulos por editar, alcanzaré las 2000 páginas para el 7 de noviembre cuando me faltan solo 167?
El Autor
- V.R. Merox
- Mis pasiones: Filología, pintura, filosofía, ciencia, biología, arquitectura, política, pulp, spaghetti western, literatura, cine, arte, música, mitología griega, celta, escandinava, persa, romana, lectura y poesía.

