LXXIII
LA BÚSQUEDA DEL REY
Durante gran pieza sir Galhentor, metido en sí, puso la mirada en los habitantes que andaban por las calles. E sir Joers, conociéndoselo en el semblante, arrebató su atención en los ojos de aquel que sufría sobeja cuita, pues desde que las tropas de Farandelot quedaron bajo su mando, jamás de los jamases el enemigo había batido en brecha ni mucho menos apresado al rey; mas siempre hay una primera vez, y cuando el hado está en contra no existe poder humano que pueda contrastarlo por más que se intente...
—Míralos, Joers —decía Galhentor apuntando hacia la muchedumbre—, desde aquí arriba podemos los ver sin que se den cuenta. Ya todos saben que el rey es prisionero de Balthor, y aun así no se han rendido y siguen laborando con ahínco. Ellos confían en nosotros, mi amigo —se volvió y apoyó la espalda contra el balaustre—; sin embargo, no puedo dejar de preguntarme muchas cosas. Y como cualquier gran reino, el nuestro no podrá mantenerse en pie sin un rey que gobierne. ¿Y qué si jamás encontramos a Su Majestad? ¿Cómo podremos saber si Balthor no le ha hecho daño? ¿Qué sucedería si eso llegara a pasar, Joers? ¿Lo has pensado?
—Cada día desque alborea y me paro del lecho —respondió sir Joers—. Pero mirad —señaló un grupo de críos que retozaban en torno a una fontana—, por ellos debemos seguir adelante; ese es el espíritu que Farandelot ha menester en momentos de incertidumbre y congoja. ¡Arrojo, mi capitán!, que pronto salvaremos al rey Lazarus.
—Que Yalé te oiga —dijo sir Galhentor—. Hemos servido durante años al rey y nunca me perdonaría que Farandelot se quedara sin él.
—Sé cómo te sientes, amigo mío —dijo sir Joers—. Te prometo que haré hasta lo imposible por llegar a Doomgor Mol.
—Y confío en vos —dijo el capitán—, mas debéis saber que en Doomgor Mol cualque caballero, como quiera que valeroso y sagaz fuere, peligra en tan malditas tierras. Lo cierto es, Joers, que os he elegido para esta empresa porque tenéis arresto de sobra, y eso mesmo, algo de lo que muchos carecen: un corazón de héroe. Es la hora de la verdad —le miró con fijeza—. ¿Estás listo?
Y el caballero respondió solemne:
—Más que nunca. Mi tropa aderezada está para partir.
—Bien —asintió Galhentor—. Siegfried no tarda en llegar. Con él a la cabeza de la Legión del Medallón tendremos mayores probabilidades de salvar a Su Majestad.
En esto los Degaudart salieron al balcón.
—Capitán —dijo Siegfried.
—Siegfried, me alegra veros —dijo Galhentor—. Estábamos hablando de vosotros y de la empresa que tenemos en puertas.
—Entonces hoy saldrán en busca del rey.
Sir Galhentor contestó:
—Así es. Sir Joers y su tropa están adobados para hacerlo.
—¿Irás con él? —inquirió el caballero legendario.
—No esta vez —replicó el capitán—. Me es imposible, pues como sabéis, yo cargo con la responsabilidad de salvaguardar nuesa fortaleza.
—¿Habéis doblado la vigilancia?
—Sí, por cierto. Día a día, noche a noche, los centinelas velan cada palmo de Farandelot, atalayan las llanuras y rondan con esmero.
E cuando sir Siegfried preguntó a sir Joers sobre cuál vía esleyerían para arribar a Doomgor Mol, el caballero le respondió:
—Navegaremos río abajo por el Mehnalu y encallaremos cerca del puente Vlaax.
—La de nosotros será por tierra —dijo el líder de la Legión del Medallón—; más longa y dificultosa que la vuestra. No dudaríamos en acompañaros, pero si bien vamos al mismo destino, nuestros caminos son diferentes. Por de pronto dependemos de vos, Joers.
—Retornaré con el rey Lazarus —aseguró Joers—, o si no, que me trague la tierra.
Siguieron parlando durante una buena pieza y antes que se marcharan los Degaudart, sir Galhentor díjole al tío del zagal que se fuese sosegado, que él se encargaría de defender Farandelot de muy buen grado, a lo cual Siegfried hubo gran sosiego en cuanto esto oyó, porque tanto amaba su reino, que cosa ninguna sino el bienestar de sus gentes era lo que le tenía preocupado; y Galhentor convino en el sentir de su amigo y concluyó:
—No existe honor más grande para un caballero que luchar por su reino. Balthor ni los urdroks tornarán a traspasar las puertas de la Ciudadela de los Olivos. Nunca más.
Y dicho esto, el ayuntamiento diose por fenecido.
Pasaron las horas. Al caer la noche los legionarios durmieron apaciblemente. Mientras tanto, sir Joers y sus hombres, encabalgados, aguardaron a sir Galhentor en la entrada de la fortaleza. Al verle venir, Joers desmontó, y su corcel, que Valiente había nombre, cabeceó sacudiendo las crines. Le cogió de la brida y dándole una palmada en la cruz aguardó de pie cabe él. Estonces lo dejó apaciguado y fue al encuentro de su amigo.
Sir Joers era un hombre entrado en años. Traía un peto de buena hechura y encima de él un peto volante, y en los brazos mangas de malla muy argénteas y largas y una esclavina color vino sobre los hombros. Ceñidas a la cinta en dos vainas de piel de topo, llevaba dos espadas de hoja ni muy ancha ni muy pesada, engastada cada una con una gema en el pomo. Había la melena castaña vuelta hacia un cabo y la faz serena y sonrosada, y un mostacho luengo y poblado y barbas de chivo canos.
Galhentor posó la mano en el hombro de Joers y díjole:
—Amigo mío, en vilo me tendréis fasta vuestro retorno.
—No haya, mi buen Galhentor —replicó sir Joers—. Parto con la bendición de Yalé, así que desventura ninguna me abatirá.
—Entonces idos así de bienaventurado.
—Pardiez, que tornaré con el rey en mi haber —dijo Joers.
Y entrambos caballeros sonrieron a la vez.
Así pues, sir Joers se avino con su tropa y abandonó Farandelot. Los jinetes galoparon con presteza en una noche que hasta entonces era tranquila. Sin embargo, durante su vía, los diez hombres so el mando de sir Joers tomaron recaudo a instancias dél, en manera que cada quien fue escrutando su flanco, esto porque en vísperas habían escuchado rumores acerca de la movilización de las tropas enemigas por la vía do cabalgaban, y era común y sabido que a altas horas de la noche los urdroks patrullaban las llanuras y florestas.
Luego de un buen tramo, el valle de Ulnabel apareció ante ellos. Hicieron estanco de su cabalgata durante una pieza para coger aire. Los corceles resoplaron.
—Estamos cerca del río Mehnalu —dijo sir Joers—. Seguiremos por la vaguada del medio. Y si las condiciones nos favorecen como hasta ahora lo han hecho, llegaremos al río en menos de una hora. Mantengan los ojos abiertos.
Metieron piernas a los caballos y fuéronse adentrar en la estrechura de Ulnabel. Los montes verdes se alzaban a uno y otro lado como gigantes inmersos en un sueño profundo. La compaña avanzó media legua hasta que el camino descendió abruptamente frente a ellos. Yuso las corrientes naturales discurrían como luengas sierpes de brillo platinado que refulgían aun en la negrura de la noche. Alcanzaron el fondo y los cascos de las bestias chapotearon una y otra vez. Vadearon un riacho y subieron por una cuesta para franquear el val.
Prosiguieron a través de las llanuras. Salvaron una hondonada y después de remontar un altozano anduvieron en media milla fasta quedar delante del Mehnalu. Sir Joers desmontó sin tardanza y se llegó a la vera del río do les habían dejado tres barcas.
—Cuando el río háyase amansado, partiremos —dijo Joers—. Esto no habrá de suceder sino hasta el alba, por tanto, será menester que campemos en algún sitio —recorrió el perímetro con la mirada y al fin dijo—: ¡Allá! En aquel saucedal.
Dicho esto, los caballeros apearon de sus monturas y cogiéndolas por el freno las llevaron tras sí fasta se meter a la espesura. Ataron las correas a unos troncos y desembridaron las caballerías, que paciesen quietas. Después de prender una hoguera, todos formaron un corro bajo las copas de ramas colgantes y desanudaron los morrales en que llevaban sus vituallas. Se sosegaron al amor del fuego.
El viento sopló ligero. Se menearon los brazos de los sauces. El crepitar de la fogata y los susurros del río acompañaron la estadía de la tropa de Farandelot. Cenaron frugalmente; queso, pan de centeno, vino y tasajos de pescado. Sir Joers bebió de su bota. Estonce mandó a dos cavalleros que vigilaran el perímetro, e el uno terminó de yantar y gelo otorgó, y el otro dio un último sorbo a su bota e fue en pos de su compañero. Esto dicho, el capitán abandonó el campamento e fuese para la margen del Mehnalu. Contempló las estrellas que, rielándose en el río, semejaban millones de ojos dispuestos en el cielo raso. El caballero suspiró.
—Es una noche serena —pensó—; demasiado serena... Hasta ahora hemos corrido con suerte. Ni ogros ni urdroks; enemigo ninguno nos ha salido al paso, ¿por qué?, me pregunto —clavó la vista en el firmamento—. En fin, lo único que importa es arribar a las Tierras Prohibidas y salvar a Su Majestad.
Lejos de ahí, los dos centinelas, aguzando la mirada, zigzaguearon por entre la espesura de una pequeña floresta a la que llegaron tras subir un sendero empinado. Cual siluetas a hurto en la lobreguez, los guardas se desplazaban de árbol a árbol y si el uno le hacía señas al otro, el otro se detenía a echar un vistazo. En esta sazón la frigidez del véspero, en tan cargada de relente, hízoles tiritar a poco. Luego la gata discurrió por el desnivel del terrero de tal suerte que aína ocultó el suelo y las raíces de los robles y castaños.
—Nada por aquí —dijo el un soldado al otro en tono sibilante—. ¿Y por allá? —preguntó—. ¿Cómo está?
—Despejado —respondió el otro.
Y continuaron escudriñando los alrededores. Empero, al cabo de una pieza escucharon unas pisadas acercándose a ellos, y el caballero más corpulento desnudó la espada y advirtió al otro:
—Alguien viene. Regresa al campamento e infórmale a sir Joers de la situación. ¡Venga!
—Pero... no puedo dejaros solo —objetó su compañero—; ¿qué haréis si el enemigo os supera en número?
—Yo me las arreglaré —contestó el fortachón—. Idos.
El caballero asintió y corrió como una gacela. El otro se escudó tras un árbol, y ende aguardó a los acechadores. En este comedio una saeta hirió el aire de modo que el de Farandelot hubo mucho pasmo al verla pasar cabe él. La saeta desapareció entre un manto de bruma. Estonces un grito transcendió a lo más fondo de la floresta.
—¡Ay no! —lamentó el otro centinela parándose en seco a medio trecho—. Mi compañero ha caído. Tengo que regresar.
Diose la media vuelta y apenas rompió a correr, otra flecha rehiló se encajando en el árbol de que se despegara. Siguió andando a prisa fasta que sintió una punzada en la pierna y dio de manos: una saeta le había ferido.
—¡Maldita sea! —gruñó el soldado.
El hombre incorporóse como pudo. Renqueando, volteó la mirada de trecho en trecho para intentar atisbar el avance de aquel o aquellos que le picaban la espalda; mas al cabo una tercera flecha diole en la corva de la otra pierna, y como se no pudo tener en pie, fue a dar en tierra muy dolorido. Los pasos oyéronse más cerca; y más y más. El caballero, tendido de costa, distinguió una silueta recortándose en la neblina. Y una voz horrible le dijo:
—Ustedes nunca poder salvar a rey suyo. A él, urdroks.
Cuando esto oyó decir, el soldado mudó de semblante, pero más hizo la muda cuando a vista de ojos tuvo al cerco de urdroks. Y eso fue lo último que vio.
En aquel entonces el sueño le tomó a toda la tropa salvo a sir Joers, el cual, des que tornara al campamento, solo había conseguido lograr un duermevela; mas en esto estando, el grito desgarrador que oyó le fizo romper su grácil sueño.
—¡Qué...? —exclamó Joers sobresaltado. Miró en torno a él y en seguida hacia la vía que habían cogido los centinelas—. No...
Se talló los ojos y, levantándose de golpe, muy testo metióse en armas y voceó:
—¡Despertad, despertad cuantos me oís! El mal está en camino.
Los caballeros, espabilados al completo, se aprestaron a las armas y a voz de su capitán se formaron en tacto de codos. En esta sazón los urdroks salieron de la floresta y fueron al encuentro de sus contrarios. Y el orwkubar que los comandaba, que Grulor había nombre, bramó con harta ira:
—¡No dejar ningún humano vivo!
Era Grulor un urdrok horrible, de belfos retornados y narices romas, ojos grandes y lengua de fuera muy larga ansí como de víbora. Había los pechos caídos y fuertes y las espaldas y los hombros y las piernas anchos, la barriga abultada y el pescuezo corto y grueso que no se le podía ver. Empuñaba una longa lanza con que matara muchos caballeros; humanos, centauros y elfos. Acompañábalo como segundo al mando un orwkronk la mar de membrudo e feo e muy espeso, que Bromok había nombre. E so cabeza era tan deforme y grande que el yelmo no gelo podía calar, así que traía uno hecho a su medida, con dos cuernos e dos cerdas de jabalí en la cimera. De armas llevaba consigo un hacha y una rodela.
Estonces la batalla inició. Los chasquidos de los aceros repercutieron allende el río. Si un caballero de Farandelot batía dos enemigos, los enemigos respondían matando al doble de los otros; la ventaja seguía acrecentándose en favor de los urdroks. Los cuerpos caían, ya degollados, ya flechados. Tales cabezas rularon por tierra, y hubo más de una que chapuzó en las aguas del Mehnalu y sobrenadó yendo río abajo hasta el confín. Sir Joers, que buen esgrimidor era además de valeroso, diose la coyuntura para acorrer a sus hombres luego de romper las carnes de muchos enemigos; a estas alturas de la lid era complicado saber a cuántos había salvado, y así mismo cuántos tajos había esquivado en cada intento heroico. En jamás de los jamases la rendición se le vino a las mientes; no agora ni por más desventajosa que fuese la contienda para sus tropas.
—¡Luchad con arrojo, mis valientes! —voceó sir Joers abriéndose paso con sus aceros.
Pero a veces el arrojo no es suficiente. Sir Joers no cejaba en su empeño de doblegar a los urdroks, y dando voces muy bravas les endiñó grandes golpes con que les separó las testas de los cuerpos. Sin que lo advirtiera, Grulor dirigióse a él con su longa lanza en mano. Y por la reguarda diole cabe el hombro tan honda lanzada, que le pasó fasta el diestro pecho, e su ronco grito de pelea fue acallado así como oís. Extrayendo su lanza, el orwkubar le largó un golpe por cima de la cabeza, mas el capitán huyó el cuerpo y tomado de la cólera y atenazando los dientes se fue sobre él y le cortó con la una espada una mano y con la otra una gran pieza del anca, en manera que no pudo tenerse y vino a tierra. E sir Joers olvidóse de que fuese malparado e como vio a Grulor tirado a sus pies, se ensalzó de tal guisa que lo amató dejándole ir el filo de amas espadas de travieso por las costas, de guisa que cada una le alcanzó a quebrar los pulmones fasta el corazón. Desí tornó a cometer los demás urdroks, dejando un baño de sangre aderredor de sí.
Curiosamente me sorprendí cuando ha días decidí abrir y hojear los primeros borradores que escribí sobre mi Dinastía Degaudart, muchos se preguntarán ¿por qué?
Pues bien, he de decirte, amigo lector, que lo que allí encontré fueron más de un millón de ínfimos caracteres; sí, digo que lo que derivó de un año de trabajo fue bazofia literaria.
Sin embargo, durante los dos años siguientes ocurrió algo inesperado; a base de lágrimas de sangre, estudio, dedicación, hercúleo esfuerzo y pasión por la literatura y el género fantástico, comencé a pulir lo que en un principio llegué a considerar como un tosco trozo de roca sedimentaria, y cuál fue mi sorpresa al ver que mi narrativa iba mudando de tal, a un fúlgido diamante del cual estoy muy orgulloso después de tres años de confinamiento literario donde aprendí finalmente a escribir, a comprender y ver más allá de lo que todos ven: el mundo que hay detrás de las palabras que uno escribe.
Creo en el esfuerzo, en el trabajo diario, creo en lo que escribo y en lo que puedo llegar a escribir. Y ahora he puesto la escalera hacia el cielo.
Pues les cuento que he terminado de crear el alfabeto de los elfos, cíclopes, centauros, sarracenos, arghorans y el de los enanos. Aunque me falta afinar algunos detalles en cuestiones estéticas y fonéticas, los resultados hasta ahora obtenidos han sido satisfactorios.
Por otra parte, la gramática de las diez lenguas que he inventado para cada raza aún está en proceso, diría que llevo entre un 25% ó 30%, de 100 a 300 palabras en cada vocabulario, si bien hay unos que apenas llegan a las 20, caso de la lengua rhankörian, hablada por los urdroks, trasgos, ogros y morgolks; mas es tan burda y atroz que no valdría terminarla, y dudo que lo haga, así que me enfocaré en las otras.
Ahora trabajo en el Padre Nuestro y en el Ave María en cada lengua.
Pues sí, amigos lectores, les traigo la buena nueva de que finalmente he terminado de escribir la primera parte de la longa saga de la Dinastía Degaudart (libros I, II, III y IV; 1850 páginas). Fue un deleite poder narrar tantas historias, tantas peripecias y, de igual manera, compartir el júbilo, los triunfos, el fracaso y la tristura de cada personaje de nuestro cuento.
A lo largo de estos 3 años de trabajo, la odisea que decidí arrostrar por el amor al género fantástico conllevó muchas penas además de esfuerzo, y tanto fue el abatimiento en que estuve abismado, que menguó mi salud durante un tiempo.
Sin embargo, al final, pude culminar la obra que por un momento nunca pensé que llegaría a completar, lo cual me llena de satisfacción.
Ahora encuéntrome buscando alguna editorial que se interese en publicarla.
Ya les daré noticias en cuanto sepa algo.
LA SALA DE LOS OLVIDADOS
En abriendo el portón, Bharamog convidó a los legionarios a un paseo por la sala do los enanos esgrimieran por última vez sus hachas y martillos. A casi veinte yardas de la entrada levantábanse los escalones que daban a la plataforma desde donde se podía abarcar todo el corredor. E fuéronse los tres para los peldaños, e cuando los subieron, el enano marchó hasta el balaustre ricamente ornado de columnillas serpeantes. Apoyó las manos en él, meditabundo. Luego, oteó la sala, silenciosa y aún viciada por los sentimientos de pesadumbre.
—Esta —dijo volviéndose hacia los caballeros—, es la Quinta Sala de Ramkork-velâr. Y aquí yacen mis hermanos.
A lo largo y ancho del pasaje había cientos de enanos con el aire bravo, tuviesen o no sus aceros en alto. Los más permanecían en pose de combate, adobados a quebrantar los enemigos que en aquel entonces les fueran al encuentro. Y otros, la rodilla doblada, la cabeza vuelta, como huyendo la mirada de la marea gris que hacia ellos se venía. Ya no respiraban ni rezumaban el fragor de la batalla, tampoco bullían pie ni mano. Nada. Cuantos allí estaban habían sido convertidos en estatuas de roca. Las faces, allende de desencajadas, presentaban un extraño rictus de sufrimiento. Dígoos que sentir cómo vuestra piel se endurece lentamente es un dolor profundo, más horrible que una muerte por un hachazo o un mandoble, y más frío que el acero. Los unos, a ojos cerrados, tenían las bocas abiertas, por ventura entonaban un grito de batalla; los otros, bien que tendidos, no dejaban de empuñar sus hachas y martillos de guerra.
En última instancia, por más valor que hubiesen tomado para doblegar al invasor, la hechicería terminó prevaleciendo sobre la voluntad, el acero y el corazón.
Sir Miklos y sir Dante no podían dejar de catar los enanos cuyas ásperas corazas encerraban sus lamentos en un silencio infinito. Bharamog diole de los puños cerrados al balaustre, despojóse de so yelmo y los legionarios lo vieron por fin descubierto. Las arrugas surcaban la su faz, y había hinchados los carrillos y la nariz roma y a la vez grande que descollaba sobre las barbas espesas, y los ojos eran de un guerrero valeroso y negros como azabache bruñido. Suspiró. Estonces volvióse y mediante una seña díjole a sus acompañantes que le siguieran, y los tres descendieron por las escalinatas de la plataforma y luego por otras que serpeaban de junto. Miklos dijo:
—Buen enano, si vos pluguiere, nos contad qué acaeció aquí.
—Algo terrible —respondió él—. Fue hace años... Todavía lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer... Aquí en este lugar jugamos nuestras hachas y martillos e hicimos cuartos a los urdroks —decía caminando a paso lento al tiempo que soltaba tajos al aire, imaginándose la contienda—. Peleamos con arrojo y, como os dije ante, a punto estuvimos de vencer al enemigo; hubo una persecución que alargóse por una buena pieza, des la primera sala fasta aquesta, y hubo muchos duelos, que la sangre lamía los suelos que agora vosotros pisáis. El nigromante Shargandor, que todo veía desde allá —señaló un zócalo sustentado por un pilar— bajó y se entremetió en la pelea, utilizando sus poderes oscuros para petrificar a mis hermanos. Terminamos siendo apresados por culpa del material que nos dio la vida... ¿No es irónico eso?
Cuanto más se adentraba en su relato, tanto más invadía la nostalgia al enano, pero, con todo esto, continuaba pasando cabe las figuras de piedra. A la de veces agachaba la cabeza y veía los astiles de algunas flechas quebrados. Eso mesmo, de los urdroks, las cimitarras rotas y los escudos abollados.
Los restos yacían en el suelo, en los huesos y enmarañados de telaraña; sin embargo, eran muy pocos, pues los soplidos del viento y el paso de los años habían corroído las carnes corrompidas de la mayoría, convirtiéndolas en la ceniza posada sobre el suelo. Bharamog pasó a un lado de un cadáver de mandíbula colgante, lo miró con rencor y le dio tal puntapié, que le rompió la calavera.
—Polvo sois y en polvo os convertiréis —dijo el enano.
Nuestros héroes comprendían el dolor de Bharamog. En cuanto vio él una estatua que aferraba un tremebundo martillo de armas, fuésele fincar de hinojos delante y contemplóla detenidamente. A seguida meneó la cabeza, se levantó y fue a sentarse en los escalones de junto para holgar durante un espacio. Puso el hacha en el suelo y el yelmo en su regazo. Católo. Estaba sucio. Diose cuenta desto y, teniéndolo en sus manos, le sopló y le estregó el antebrazo para lo limpiar. Estonce relució de cabo. Luego, lo colocó en un peldaño a un lado de él. Recogió a Morterlaine.
—¡Ay Beohrtok, mi valiente hermano de sangre! —suspiró Bharamog afirmando el mango del hacha en el suelo—. ¿Cómo pudo convertirte en piedra ese maldito brujo? A ti también, mío padre... Y a nuestros prûzkvral...
Los caballeros de la Legión guardaron silencio. El enano, cariacontecido, posaba las manos sobre las hojas de Morterlaine. Estaba a punto de romper en llanto.
—Mi gente ahora descansa aquí —dijo—, cuatro niveles abajo de la Sala de Varlentor, uno de nuestros magnos líderes y el primer rey de Ramkork-velâr. Dolorosamente, él atestiguó, desde allá arriba, cómo las tropas de Baldarzek nos sometían en nuestra propia ciudadela.
LIII
EL CABALLERO PERDIDO
Salieron de la floresta marchita y tomaron el paso de los pebeteros. El elfo y el mancebo cogieron la delantera, y Morkutio, habiéndose quedado en zaga dellos, se fue a la ladera de un monte en que estribaba una tumba. Algo, al parecer una inscripción, le había arrebatado la atención. Se inclinó para escudriñar la lápida, mas el harto limo que la cubría no le dejaba leer el grabado. Estonce como le pudo más la curiosidad, decidió calzar el un puño con la manga de su túnica y lo estregar contra la losa en más de una vegada.
El epitafio se fue haciendo más legible a medida que el mago le pasaba el puño. Detúvose durante una pieza y levantó la mirada al cielo. Las nubes se descorrieron con el soplo del viento y la luna, en cuarto creciente, fulgió sobre una lista purpúrea que arqueó en el cénit de la bóveda celeste. Cuando hubo bajado la vista, Morkutio descubrió algo que le erizó el pelo de miedo.
—No es posible... ¡Mi nombre está en la lápida!
Pasmado, dobló la rodilla y hundió la vara en tierra. En el momento en que se enderezó, una mano harto corrompida surgió del mantillo prendiéndolo por el un cuello del pie. E dio grandes voces porque sus amigos le acorrieran, e como no pudo tenerse en pie, cayó de sentón y tal caída le fizo soltar la vara, y cuando quiso la recuperar para dalle de palos a la mano que le prendía, otra salió a la superficie y tomóla y echóla lejos, que no la pudiese coger el mago; y cuando amagó con sacar la espada, una tercera mano le impidió que la sacase de la vaina, e mucho pasmo hubo Morkutio que creyó que los muertos le sumían bajo la tierra.

Kralkatos
Género: bestia marina
Origen: desconocido
Longitud: una ínsula en luengo
Tonelaje: 800 mil egroms
Aparición: libro segundo
Y de súbito emergió la más espantosa criatura de los mares. El Monstruo, así llamábanle los marineros al Kralkatos. Mas en esta sazón solo oiréis cómo era una cuarta parte de él, así que podréis imaginaros cuán tremebundo era al erguirse sobre las aguas. De la frente al cabo del lomo cargaba una coraza compuesta por escamas, conchas, percebes, espinas y membranas, y era tan recia que no se le podía ferir de un arpón o rejo. Había por cada costado ocho tentáculos gruesos dotados de ventosas y garfios con que ceñía sus presas, y cuatro más estrechos salían de su vientre fofo, y todos serpeaban horriblemente. Cerca de la cabeza resaltaba la grande órbita en que se alojaba su único ojo, que, entornándose, mostraba el iris cárdeno y la pupila bruna y rasgada. Intimidante. Las fauces semejaban un hondo túnel de colmillos con que trituraba cuanto pasara a través de él, fuesen peces, marineros o naos.
CLXV
EL ARROJO DEL REY LAZARUS
Y en los aljibes, Vrakok rondaba los prisioneros a las veces, que estuviesen quedos. E cuando se alongó dellos, la princesa se fue hacia la brecha del muro e pegando el ojo ende registró la trena del rey, e como violo holgando en el su camastro le fabló pasito, diciendo:
—Majestad, despertad ya.
Entonce él abrió los ojos y se incorporó en su camastro e preguntóse si era un sueño, que una voz de ángel le llamaba, mas en cabo echó de ver que aquesa voz era la de la princesa.
—¿Qué sucede?
—Ya vienen a por mí —contestó ella espantada.
Lazarus se quedó de un aire cuando esto oyó.
—¿Quién? —inquirió el monarca.
—Los urdroks. Oíd sus pisadas —volvió la mirada hacia los barrotes y el corazón le palpitó relampagueante—. ¡Ay, no, qué terrible! Se acercan.
En cuanto oyó los pasos, el rey se espabiló, abandonó el camastro y precipitóse hacia la grieta de la pared. E vido del otro cabo el ojo titilante de la doncella.
—Sed valiente, buena dama —dijo él—. Os prometo que mal ninguno os harán. No dejaré que os lleven.
Siwlana replicó:
—Es menester que no intervenga, don Enrikus.
—¿Pues?
—Ca todavía estamos vivos —respondió ella—. ¿No creeredes que, si ya lo hubiese querido Baldarzek, ya hubiera nos mandado a ejecutar?
Paró mientes el rey en lo dicho por Siwlana. Y dijo al fin:
—Sí, puede ser. Lo cierto es que mis días están contados. Si llegásemos a perder la guerra, tal como lo dijo Balthor, me cortarán la cabeza.
—Y temo que a mí me espera un destino más aciago —dijo la damisela mudando de semblante—. Presiento que Baldarzek quiere algo de mí, mas no sé qué.
—Dígote, princesa, que habemos menester fuir daquí antes con antes —sugirió Lazarus—. No sabemos si Siegfried y sus legionarios vendrán por nosotros. ¿Cómo saber si aún viven? ¿Cómo? —se llevó la mano a la frente e hincó la rodilla—. Esto no puede terminar así. Flaqueo, princesa; siento que pierdo la esperanza.
Lady Siwlana guardó la voz durante un espacio. A seguida ladeó la cabeza, llevóse la mano a la oreja y se desabrochó el zarcillo que le quedaba, pues recordaréis que el otro gelo había atado a so falcón en la una pata como prueba de vida.
—Tomad —dijo Siwlana metiendo la mano por la hendedura—. Con esto podréis abrir el candado de vuestra celda.
Abrió la palma y el zarcillo fulgió a maravilla.
—Ansí no perderéis la esperanza —aseguró la princesa.
Tomólo el rey. E con los ojos brillantes sintió que la fe le volvía. Entonces dijo a la doncella que cuando los urdroks la sacasen de su chirona, los distrajera, que él ge ocuparía del carcelero. Ella asintió con la cabeza. En este comedio una mala ventura acaeció a los cativos que Vrakok pasó cabe las jaulas e los pilló parlando por la brecha del lienzo. E harto enojo ovo él que abrió la reja de la doncella, e entró adentro e con el fumo saliéndole por las narices le gruñó; mas ante que le pusiera una mano encima, el rey comenzó de hacer gran zarabanda e se deshizo en insultos que el craso urdrok tuvo en menos a la doncella e fuese afuera para la celda del rey, e abrióla; Lazarus reculó fasta una rinconada, que fue muy espantado de veer la catadura del calabocero.
No obstante, en esto estando, los urdroks que enviara el tirano bajaron los peldaños y arribaron a las mazmorras.
—¡Vrakok! —dijo el uno.
Él se volvió, torciendo el gesto.
—¿Qué querer ustedes en mis lares?
Cuando le dijeron que el tirano los había enviado por la princesa, él se aquedó, y, conteniendo el enfado, otorgó que se la llevasen.
El rey se allegó a la verja, apretó los barrotes y demandó:
—¡Eh! No le hagan daño a la princesa.
—¡Silencio, humano! —exclamó Vrakok.
Y muy sañudo se dirigió a la mesa donde se asentaba y cogió su hacha para luego tornar con el rey.
—Si no quererte Balthor, ahora mismo cortaba cabeza tuya.
A 26 días de finalizar el proceso de edición de mi novela y terminarla por fin, he subido una encuesta para que voten en caso de que crean que alcanzaré las 2000 páginas, quedando el plazo ya mencionado y faltando 167 páginas. A las cinco o diez personas que consigan acertar les obsequiaré un ejemplar con dedicatoria especial en cuanto se publique mi novela.
CL
UNAS PUERTAS SE ABREN Y OTRAS SE CIERRAN
Entremedio de las montañas Nalbrask destacaba, labrada en la sobrefaz de la roca viva, la fortaleza de Gral’an Dhu. Terrible a la vista de cualquiera, aun para los moradores de Dwouk Tul y de Tol’an Davar. De las estribaciones del este y del oeste se empinaban, imponentes, dos torres desde donde podíase encatalejar Doomgor Mol y parte de las tierras del norte. El cuerpo del macizo, de piedra bruna, estaba compuesto por torrecillas enristradas cual lanzas al pecho, salvo que en vez de hierro tenían cúpulas de púas.
Cabo el cuerpo que oísteis alargábanse las naves laterales que enlazaban a las torres del norte y del sur, y destas torres corrían puentes hacia un destino que no quisierais saber. Mas dígote que lo más aterrador del fuerte era un bastión entallado en los picos ásperos que a espaldas y sobre el cuerpo se hacía. Aparentaba la testa de un diablo cuyos ojos y ventanas soltaban lumbre, y cuya boca servía para sangrar la escoria de los hornos a través de los conductos del fondo de suerte que, en vertiéndose la escoria miles de pies yuso, venía a formar un embalse en el que antaño fuera arrojado sir Bastelan Degaudart desque lo amatara el Gran Tirano.
Tembleteó la porta. Estonces el urdrok del corno, apostado en el mesmo balcón, vislumbró las huestes que rebullían en el patio, e dilatando los pechos llevóse el corno a la boca, e tornó a soplar recio. Abrióse Mephisbel Tor con flema. El tiro, gélido, atravesó los resquicios de las puertas.
La Legión del Medallón sintió tremer la tierra. Se arredraron tanto cuanto. Se fue colocar sir Siegfried a la vanguardia y mirando a sus hombres dijo:
—Legionarios, hoy, en este día diado, dejaremos más que nuestros corazones en el frente, y si a Yalé le pluguiera nos llevar a tierras etéreas, que así fuere. Sé que a mi lado seredes muy ardidos, y que mal ninguno les nucirá, ca el hado es generoso con quienes van por derecho. Defenderemos Eriongard hasta el postrer aliento. Habemos un privilegio que otros caballeros cualesquier no son dinos de haber: ser puros de alma y salvaguardar la paz luchando por nuestros ideales. Y agora, sea cual fuere la resulta deste encuentro, deciros he que pondremos el pecho a la adversidad y sin volver la espalda tendremos las fojas en alto fasta que arriben los refuerzos. Por jamás os amilanéis, que sois legionarios, y como tales, pelearéis con denuedo. Estamos tan cerca, amigos míos —caminó de un lado a otro, la capa flameando al aire—. ¿Recordáis el juramento que ficimos? —les preguntó, y ellos asintieron con la cabeza—. Pues cumplámoslo. ¡Seguidme al final de los tiempos y vayamos por la princesa Siwlana y el rey Lazarus! ¿Estáis conmigo?
—¡Hasta el final! —gritaron los demás.
La arenga enalteció el espíritu de los compañeros. En los albores de una batalla decisiva o aun en la postrimera guerra, pocos son los discursos que renuevan la fe de los hombres, sea cual fuere su raza, y en este caso, sir Siegfried había conseguido pegar su arrebato a los suyos, aun cuando algunos, como Vaeladox, oscilasen horas antes de las hazañas en las que antaño habían sido parcioneros. Sabed que a los nuestros poco les importaba fenecer, siempre y cuando dieran todo de sí, tal como gelo prometieran a su líder.
A lo lueñe, otra hueste de urdroks cruzó el umbral de Gral’an Dhu; Baldarzek la había mandado para reforzar a la primera. No mandó al frente los caballeros, las bestias nen los terrankors, que no creyó que fuera menester.
Mantuvieron el temple los legionarios, mas no podían refrenar el batir de los sus corazones. Poco faltaba para que héroes y villanos se enzarzaran en una batalla a muerte, y, sin embargo, era complicado prever cuánto tardarían en llegar los destacamentos de Eriongard. Mientras tanto, a la Legión del Medallón no le quedaba de otra más que hacer de tripas corazón.
La hueste de urdroks formó en sucesión a la voz de su capitán, un orwkubar armado con dos hachas; la una de hoja doble y la otra de una sola. Apartando la mano, volvió la vista a ellos, alzó el un hacha y gritó:
—¡Atacar!
Lanzaron gruñidos los soldados e fuéronse a todo correr contra los legionarios. Sir Siegfried ensanchó el pecho. Echó una bocanada. Desenfundó a Valheron, encumbróla por cima de su cabeza y hendió el aire de un tajo veloz.
—¡Adelante! —profirió el caballero en voz tonante.
E los ocho héroes se fueron para la gran hueste.
Edad: más de mil años
Ocupación: mago, sabio y líder del Alto Concilio de Hechiceros de Zolhenval
Aparición: capítulo CXXXII del Libro Cuarto
El líder, cuellierguido, gradeció los buenos deseos de su concilio e golpeteando la vara en tierra diose la vuelta e fue su vía adonde ya sabéis. Era Xeilandor el anciano más usado en encantamentos que pudiese haber en Zolhenval, y muchos decían que con la su mirada y su vara podía quebrar la más espesa de las montañas. Había las barbas canas y largas que le colgaban al pecho hechas maraña, y las cejas caídas y los ojos profundos y zarcos. El cuerpo era ligero a pesar de su robustez, y el su continente gallardo y las manos y la faz arrugados. Cubría so calva de una placa argentina engastada con diminutos carbunclos y repujados ondulantes. Llevaba una coraza acolchada, blanca como la pureza, decorada con listas azules e filos de plata. De medio cuerpo abajo le pendía una jalda entreabierta y encima della un taparrabo a las canillas. En la diestra asía el báculo sacro Xalandell, labrado en fino mármol y con piedras preciosas encajadas.
Gran noticia que me da aliento para seguir adelante con la edición del Libro Cuarto, el último de esta primera entrega. Ahora encuéntrome laborando a marcha forzada y será hasta principios de noviembre que llegaré al final del camino por que tanto afán me ha costado andar.
Antes que nada, me place informarles que actualmente me encuentro a punto de terminar el proceso de edición del Libro Tercero, el cual estará listo en un par de semanas a lo más, y posteriormente principiaré la edición del Cuarto y último libro de la primera mitad de mi Dinastía Degaudart.
Como se habrán dado cuenta al leer algunos fragmentos en su blog, he decidido narrar la novela en castellano antiguo para darle el tono épico, arcaizante y poético que tanto había buscado; para ello me di a la tarea de comenzar a estudiarlo desde que empecé a trazar el hilo del argumento, y afortunadamente, después de mucho esfuerzo y dedicación, puedo decir que he alcanzado este objetivo, que seguiré puliendo a medida que mejore mi narrativa.
Mi intención es, como amante de los libros de caballerías, hacer que este género, por medio de mi novela, se levante del lecho y vuelva a ser recordado porque no siga en el olvido, si bien sé que los verdaderos amantes de él siguen leyéndolo; además, he derrochado pasión al escribir cada una de sus hojas, pues quiero demostrarle al mundo que la literatura fantástica puede llegar a ser tan profunda como para competir con las más grandes obras sin ser denostada en absoluto por prejuicios.
El camino ha sido largo, y he pasado por mucho stress, depresiones mínimas, conflictos internos, sentimentales, familiares y existenciales debido a la complejidad de mi mente, incluso he bajado cerca de 15 kilos en los años que llevo laborando en la novela; mas creo con fervor en el sacrificio, y a pesar de los pesares puedo asegurarles que ha valido la pena, y no me rendiré hasta ver cristalizadas mis metas y llegar al culmen de mi genio, y, a la vez, convertirme, si no en el mejor escritor del género, en uno de los mejores.
CXII
LA MALDICIÓN DEL ANILLO
Hubo hace mucho tiempo un cavallero de Landubar que vivía felice cabe su muger, mas cuando ella cayó en cama insultada de la fiebre, él hubo gran duelo que sofrió la cuita que en jamás de los jamases pensó sofrir. Pasó la dueña los días en su lecho mientras su esposo le velaba, empero, cumplido el plazo de un mes, ella vino a menos y exhaló el alma. Y el caballero, al esto veer, se fue tirar sobre ella en el lecho, y muchos lloros derramó de su duelo, que gele arrancó el alma como no os lo imagináis.
En cabo diole a la su mujer un rico túmulo do yació en paz. A medida que pasaban los días el caballero, que Balian había nombre, empezó a perder su fe, y, queriendo desvanecer las penas que le aquejaban, decidió abandonar su hogar y aventurarse por el mundo en busca de una nueva vida. Mas antes fue menester que de sus padres se despidiese, y ellos, que no eran padres sino tutores, le confesaron la verdad por no ocultársela más, dado que ya no le verían otra vez. Y ansí él enteróse que era adoptado, y cuando le preguntó a sus tutores cúyo era fijo, ellos, con las lágrimas de sus ojos, le respondieron:
—Balian, maguer fijo nueso no seáis, os hemos amparado como tal, y siempre seremos vuestros padres y tendréis de nos cuanto amor anheléis. En vuestra sangre no ha más que la nobleza de un rey, un rey que hallaréis en Farandelot...
Luego que esto escuchó, sir Balian fincó muy asombrado y dijo que a Farandelot iría. Así que gradeció a sus tutores por lo cuidar como un hijo y les fue a besar las manos y partióse dellos.
Al cabo de un año arraigóse en Farandelot. Allí principió su nueva vida después de se incorporar a las tropas del reino. Con el tiempo fue ganándose el respeto de propios y extraños, pues gran destreza había en jugar la espada y liderar hombres. Escaló posiciones; se convirtió en capitán y luego en general. El arrojo residía en su corazón, y tan ardiente era que todos comenzaron a apellidarle sir Balian Corazón de Fuego. Comandó un sinfín de campañas en contra de los enemigos; urdroks, trols, morgolks y tal.
Fue, asimismo, parcionero de muchos fechos que aína llegó a convertirse en uno de los mejores caballeros de Eriongard, atrayendo la atención de uno dellos, un hombre cuya reciedumbre y fervor hacia Yalé le valieron para ser legendario entre los hombres de armas. Tal caballero, quien a la vez era admirado por Balian, le acució a que siguiese aprendiendo el arte de la andante caballería, y él gelo otorgó e sabiendo cómo era devoto, pidióle que le ayudase a cobrar la su fe, esto porque la había perdido al perder su muger; a lo cual el otro le dijo que de buen grado lo faría.
Así entonces sir Balian le tomó cariño a tal punto que llegó a considerarlo como un padre, un padre que le imbuyó ante todo la importancia del código de honor entre hermanos de armas, y especialmente la devoción para con su reino y el Señor.
Con el pasar de los meses el apego que el un cavallero le tenía al otro fue haciéndose más grande. A pesar de ser maestro y discípulo, el paladín lo acogió como su tercer vástago, pues en aquel entonces ya tenía dos; el uno llamábase Mathias y el otro Siegfried, de quince y cinco años, respectivamente. Agora os habréis dado cuenta quién era su mentor.
Una cálida mañana del año 1405, el rey Lazarus IV mandó llamar a sir Angus y a sir Balian para fablar acerca de un asunto relacionado con Dwouk Tul, la fortaleza urdrok.
XCVII
LA RUTA HACIA LAS MINAS KUL'BAL
El sol estaba a punto de ponerse; los postreros rayos se encogían temerosos ante la noche venidera. Las montañas comenzaron a pardear y los picos escarchados a relucir como coronas de plata. Las sombras, flemáticas, se expandían por las llanuras engullendo la lozanía de los Bosques Perdidos allende los terrenos anfractuosos de Karalgan Tor.
Hacia el este, la vieja montaña Barghentaj se alzaba imponente, y un arroyuelo discurría sosegado por la vertiente norte de la cordillera. A unas diez o quince leguas de allí, las teas de un campamento urdrok centelleaban bajo el crepúsculo repentino; la oscuridad ya envolvía las barracas.
Sir Dante y sir Miklos llevaban cuatro horas cabalgando. Para entonces el cielo habíase convertido en un manto de azabache.
—Nos queda mucho camino de aquí a las estribaciones de la montaña Barghentaj —dijo sir Miklos.
—Miklos —dijo sir Dante—, habrá que tener cuidado cuando lleguemos allá —le miró—; ya sabéis a qué me refiero.
—Ciertamente —asintió el centauro—. La noche ha caído, y en las sombras andan los urdroks.
No dijeron más. Con celeridad se adentraron en un valle lúgubre, pasáronlo y volvieron a las llanuras. Por ellas cabalgaron durante una pieza. Desí tomaron la ruta del norte, atravesando un grand círculo de encinas. Vadearon un riacho, encumbraron una colina y torcieron al este para llegar a las estribaciones de la vieja señora. El centauro dijo:
—Estamos en la vertiente sur de la cordillera. Ascenderemos hasta aquella arbolada —señaló un abetal—, y allí holgaremos por el resto de la noche.
—Sabias son vuestras palabras, amigo mío —dijo el cíclope—. Hemos cabalgado por horas y mi barriga gruñe; una merecida cena nos espera. ¡Y vino, por supuesto!
—Bueno —replicó Miklos—, pues calmad vuestra sed y hambre, que aún nos espera una larga subida.
—Y que lo digas —dijo Dante.
Así entonces, fuéronse al trote por un sendero de la ladera, dieron una larga vuelta y en seguida doblaron a la diestra fasta que el suelo descendió abruptamente ante ellos. Al cabo el terreno se alteó en un repecho escarpado.
Tras la pesada cuesta, los abetos se recortaron contra la piel estriada de la montiña. Ya estaban cerca del sitio do se estancarían para pasar la noche. Luego que salvaron un buen trecho, cogieron un rellano. Los brezos crecían en los recodos y en la linde del precipicio. El viento racheaba, y tan cortante era, que los jinetes se arrebujaron con las sus capas.
El pico de Barghentaj descollaba sobre un velo gris marengo, a unos seiscientos pies de los jinetes. Al fin llegaron al señero abetar. Apeóse el cíclope, ató su caballo a un tronco y lo desembridó, que paciera. Luego, sir Dante cogió su morral y echólo al suelo, y el centauro, que llevara el suyo en la barda, dijo al cíclope que lo pusiese cabe el de él, e él así lo fizo. Estonce convinieron en prender una hoguera, que la noche era muy escura e fría. Fueron, pues, a recoger algunos reviejos de abeto, para prendella. Esto hecho, se quitaron las cotas y las arrimaron al pie de un árbol. E muy fatigados echáronse sobre la yerba y metieron mano a los sus fardos; sir Dante apañó una pierna de cordero e su bota de vino, e sir Miklos un puñado de salchichas, unos trozos de queso y vino otrosí. El centauro sacó la lanza de la cuja y espetó con ella las viandas, y púsolas al fuego y repartiólas cuando estuvieron en su punto.
—Esto es a lo que yo llamo una sabrosa cena —dijo el cíclope dándole una mordedura a la pierna de cordero.
—Mañana continuaremos hacia el norte —dijo Miklos mordisqueando una salchicha—. Aún falta mucho para que lleguemos a las montañas Gröhlber —se limpió la boca con el antebrazo. Bebió un profuso trago de vino y continuó—: Dante, dime, ¿crees que existe la vida después de la muerte?
Él bebió de su bota y respondió:
—Pues no lo sé, mi buen Miklos, creo que eso tendremos que averiguarlo cuando partamos de este mundo. Aunque, por otro lado, sé que existe un paraíso do las batallas y la comida y la bebida abundan: ¡el Vakhalazdâr! ¿Acaso no creéis que sería un privilegio estar en el logar que os he dicho?
—Privilegio sería no finar —contestó el de Centuria, adusto el semblante—. ¿Sabéis?, debo confesaros que a las vegadas me es difícil olvidarme de mis cuitas.
Ante la mención, Dante paró de beber, y, desconcertado, preguntó:
—Cuitado estáis, buen amigo. ¿Por qué?
—Por el solo hecho de pensar que habemos un destino ya escrito —respondió sir Miklos. Calló por una pieza. Luego agregó—: Y más cuando eso significa que debes morir...
XCIII
LA ACRÓPOLIS DEL MONTE GALGROS
Al hilo del despeñadero sobresalía una plataforma de adoquín, y, erguidas en cada flanco, cinco estatuas de caballeros arghoran dispuestas en carrera, la espada y el escudo al frente, la vista al cielo y un halcón afirmado en el un hombro. El capitán Ikaarun fue el primero en descender a la plataforma que oísteis.
Las tropas arribaron a seguida dél. Subiendo por unas escalinatas alcanzaron el pórtico de la cibdad. Las colunas acanaladas levantábanse al par hasta topar con el entablamento sustentado por los capiteles de volutas. Bellas esculturas de arghorans, talladas en altorrelieve, engalanaban el friso.
Y frontero del pórtico quedóse sir Varekain mientra los demás andaban, y echando un vistazo al arquitrabe leyó en él, sin saber en qué lengua estaba, una inscripción que decía:
Kalem banu nex deneb eninu ur lexnev nex galnem vinu: nex Liveivua Minasgholan.
El legionario paró mientes en la leyenda que os dije, imaginándose su vero significado, y sir Ikaarun, que volvióse a la sazón, se fue a él y quitándose el yelmo díjole:
—Cautivado estáis por lo que vuestros ojos ven. Esa leyenda representa el estoicismo de nueso pueblo.
—¿Y qué dice? —preguntó sir Varekain.
Le dijo lo que vosotros ya sabéis, y fue muy ledo desto saber, que sintió que estaba en un fortín do los héroes nacían adunia.
—Agora que lo sé —dijo el de Levantus—, mostradnos, mi buen Ikaarun, vuestra Heroica Minasgholan.
Cruzaron el umbral. Sir Ikaarun miró a sus hombres.
—Los heridos vayan con los cirujanos —les dijo—, y los que no hayan menester curación ninguna, vayan a sus aposentos y huelguen cuanto les plazca. Cuando su presencia sea requerida, los llamaré.
En oyéndole, la tropa se despartió de su capitán.
Sir Ikaarun y los legionarios echaron por el norte, siguieron una larga senda flanqueada de árboles y subieron los escalones de un templo monóptero. En medio de dicho templo, levantado en mármor blanco, había un zócalo, y sobre él un gran pilón en que ondulaban las aguas límpidas. Sir Ikaarun paróse delante de la pila, cargó el cuerpo hacia adelante e fundió las manos en las aguas, e gelas enjuagó, e la cara otrosí.
—Remojad aquí vuestras manos y rostros —dijo el capitán—. Y con estos paños podréis secaros —apuntó hacia la basa que se encontraba a un lado del pilón.
Ellos se lo concedieron.
—Siento que me vuelven las fuerzas —dijo sir Varekain.
Vaeladox dijo:
—El agua fluye de pureza. Me recuerda a la de Narduk.
—Aquesta agua —dijo Ikaarun—, al igual que la de Narduk, es sagrada, mas no milagrosa, ni mucho menos puede volver a la vida, sino que purifica nuestras almas y cuerpos, bendiciéndonos cuando marchamos a la guerra. Es una de nuestras costumbres lavarnos aquí en este templo; bien que nada más los caballeros, la nobleza y los oráculos de Minasgholan pueden hacerlo. Síganme —se frotó las manos con los pañuelos de seda—, los llevaré ante nuestro rey.
Al cabo se internaron en un templo períptero. Transitaron por los pasillos. Después de un buen tramo, dos soldados salieron al encuentro de su líder. El uno le dijo en etursian:
—Vatixanax Ikaarun, genxem ur exu lunalux Minasgholan bau invua.
Él sonrió, asintió con la cabeza y dijo:
—Nevua vilux ur Minasgholan.
Luego, reanudaron la marcha y llegaron a una galería espaciosa en donde los artistas exhibían sus obras. Las estatuas de rasgos finos abundaban, tan hermosas y bien labradas que a otras personas cualesquier les hubiese llevado toda una vida poder terminarlas, pero no a los escultores de Minasgholan, virtuosos del cincel y del escoplo. Ellos ensalzaban la belleza de la figura humana.
Había entre las obras, cuerpos de damas y mancebos, enhiestos sobre basamentos o acodados en columnas. Fasta el más mínimo detalle había sido representado fielmente; ojos, nariz, boca, hebras, músculos, caderas pronunciadas, pechos lozanos. La vida mesma. Son figuras de carne y hueso guarecidas bajo una piel de roca, pensaron algunos sabios que contemplaban las obras de arte, en otro pasillo.
Aquesta era la primera sección de la galería, y en la segunda, no había escultura ninguna sino murales, amplios y fermosos, que, cincelados a maravilla, parecían se salir de su mundo pétreo.
En pasando los murales se hacía una pinacoteca; y a esta se llegaron los compañeros que, arrobados, cataban, quier los frescos, quier los temples. Por ventura cada pintura tenía una historia detrás. Y si ansí fuera el caso, muy pocos lo sabrían.
A la sazón sir Varekain se membró que las creaciones de los pintores y escultores de Levantus no semejaban siquiera en estética a las que tenía a vista de ojos.
Para informarles que finalmente la primera mitad del libro está completa y editada. Por el momento me encuentro trabajando en la segunda mitad, compuesta por el Libro Tercero y Cuarto, y estimo que para fines de Noviembre estará terminada la saga, si bien, por mejor decir, la mitad de la mitad, pues si las cosas siguen así, es probable que haya una continuación, que será donde le daré fin a la saga y también, donde se llevará a cabo la última batalla por la paz.
LXXXVIII
LA RUTA HACIA LAS MONTAÑAS DESOLADAS
El elfo se partió de su compañero. Tomó el sendero del oeste y franqueó un pasaje penumbroso. Luego, fuese al fondo del pasaje que oísteis y escudriñó los rincones. Las colonias de setas de sombreretes purpúreos y gránulos amarillos abundaban allí. Aquestas parecen ser las que busco, pensó. Se acuclilló y cuidó que las setas no fueran venenosas. Et cuando vio que no lo eran, cogió dos por el pedicelo, arrancándolas de la tierra. Estonces guardólas en una bolsita de cuero y se fue al cabo opuesto del túnel. Bajando por una pendiente, quedó ante un muro verde donde crecían muchas plantas. Contempló las diversas especies, y el dulce olor de los frutos y las flores llenó sus pulmones de vida: olía a bosque y a néctar melífero. Entornó los ojos y disfrutó de las fragancias que tanto le recordaban a su hogar. Desarraigó un llantén, un matico y una caléndula.
—Con todo esto prepararé un remedio para sanar las heridas de Varekain —dijo el príncipe metiendo las plantas a la bolsa.
Descorrió el camino andado hasta llegar a sir Varekain, el cual, des que partiera el elfo, habíase adormido. Sacó las plantas y las setas y púsolas sobre un lecho de hojas y rizomas. Cogió una roca y con ella majó los ingredientes fasta obtener un emplasto de color verdegay. El suave aroma despertó a sir Varekain.
—Volvisteis, mi buen elfo —dijo Varekain—. Agora he menester extraer la saeta del mi hombro.
—Hazlo —dijo el elfo—. El ungüento está casi listo.
El caballero cogió el astil de la flecha y atenazando los dientes tiró muy fuerte della para se la desencajar. En seguida el príncipe le ungió el bálsamo.
—En unas horas estarás como nuevo.
Discurrió una pieza. El herido mejoró al caer la noche. E como se fue sintiendo más lozano dijo al elfo que la melecina le había aprovechado hartamente, tanto que ya podía mover el hombro; el príncipe díjole que como quiera que así se sintiese, no ficiera un sobreesfuerzo, si no, la llaga gele abriría et no sería sano. Él se lo otorgó. Entonces cenaron y bebieron, y luego durmieron.
Apenas rompió el día, los legionarios despertáronse. El viaje tenía que continuar. Tomaron un parvo y frugal desayuno mientras parlaban sobre la ruta a seguir. Pasó una hora. Guardaron sus víveres y echándose las mochilas a la espalda salieron de la cueva. Reanudaron la marcha yendo hacia el oeste, para coger el río Kodonhu.
Era una mañana fría. La luz de la alborada se explayaba con flema sobre los valles y las llanuras; pero a medida que andaba el tiempo, el limbo del sol refulgía y los rayos se tornaban más vivos, como hilos tenues atravesados por parches de luz. El cielo se encelajó al cabo de una hora. Los legionarios anduvieron entre los herbazales y después por un trecho que culebreaba a un altozano, y des la cumbre abarcaron los bellos parajes. Las montañas levantábanse a lo lejos, y los cinturones de bosques corrían hacia el norte y daban vuelta al noreste hasta se perder en una hondonada do nacían los matojos y las carrascas. Descendieron del altozano e hicieron camino a través de la llanura, y salvando media milla a paso largo, subieron una cuesta coronada por un roble señero ansí muy espeso e que daba buena sombra. Y allí holgaron so la techumbre de ramas y bellotas, pues ya habían corrido por cuatro horas.
—Estamos acerca de la linde del río Kodonhu —dijo sir Varekain tomando agua de su bota—. Allí podremos nos acantonar.
—Sí —dijo el elfo bebiendo de su odre—. Nos vendrá bien dormir en comarca de las márgenes del río.
—¿Por qué? —inquirió sir Varekain.
—Ca, si bien no lo creáis, el canto de las aguas aquietará nuestros espíritus y nos dará fuerzas para continuar. La natura es dadivosa con quienes deciden hacerle compañía.
—Si es vero, me placerá acetar tal merced —dijo Varekain sacando una manzana de su morral.
—Lo es.
En mordiendo la manzana, Varekain dijo.
—Vaeladox, os quiero gradecer por haberme curado mi herida.
—No es nada —dijo el príncipe—. Recuerda que debemos permanecer unidos. Eso es lo que nos indicó Siegfried.
—Así es —asintió sir Varekain, dándole otra mordida a su manzana—. Por cierto, ¿cómo estarán nuestros amigos?
Sir Vaeladox sacó un bainayal de su morral, lo troceó y respondió:
—Espero que bien —agachó la vista y miró el pan sobre su palma. Se lo llevó a la boca, lo masticó tranquilamente y continuó—: Fiaré en Galambatu porque así sea.
No dijeron más. Desí de cobrar los bríos, los caballeros guardaron sus vituallas y ge deslizaron por la bajada. Salvaron las primeras millas a paso lento y las posteriores a paso veloz. Al cabo de dos horas el cielo se arreboló. En ante de que el sol se pusiera, torcieron a la diestra y fuéronse adentrar en un desfiladero do ficieron estanco de su marcha, para coger aire. A unas dos leguas al suroeste, un riacho se partía a la meitad de su curso en otro de menor caudal que corría por el desfiladero en el que andaban los legionarios. Vadearon la crin de agua, chapoteando y remojando los herbazales de las orillas. Sobre las cinco millas alcanzaron su destino. A la sazón el cielo tornóse purpúreo y la luna coronó la bóveda de estrellas. Apareció luego frente a ellos un río de plata que, enfilado al sur, relucía en la oscuridad imperante.
LXXXIV
LA FORJA DE LAS ESPADAS MÁGICAS
Todo comenzó a fines del año 1000 en el palacio de Enare Alöen. En aquel entonces el mundo de Eriongard y sus razas primigenias seguían recuperándose de los daños que causara la postrera guerra con el Gran Tirano. Cada civilización tornaba a se levantar para continuar con su vivienda; centauros, elfos, arghorans, enanos, cíclopes y humanos habían aprendido de los yerros en que los más habían caído, fuese por conflictos entre las propias razas o por el arrasamiento que conllevó la guerra que oís. Pero todos salieron adelante y, estando en una era de bonanza, pensaron que maldad ninguna los amenazaría nuevamente.
No embargante, los Altos Felihons tenían conocencia de que algún día el fijo del Gran Tirano se levantaría del sur, proclamándose rey de cada comarca y llevando caos adonde hubiera paz.
Parando mientes en cómo apercibirse para enfrentar dicho infortunio, los felihons decidieron buscar la manera de forjar dos espadas mágicas que, cuando llegase la sazón, serían empuñadas por las manos heroicas del águila bicéfala y del león rampante de las estrellas. La una representaría la valentía del ave y la otra la virtud de la fiera, y cuando los que las asiesen lograsen estar el uno cerca del otro, Eriongard podría ser salvado del malino tirano; mas dellos dependería un triunfo o un fracaso.
El concilio de Enare Alöen, que urdía esto que oís, estaba compuesto por tres sabios; el uno un longevo, el otro un mancebo y la tercera una dueña, tal como os lo dije atrás en nuesa historia. La dueña Ahmeljaa había nombre, el longevo Merluran y el más joven Bhelefor. En ellos recaería la creación de los aceros porque en un futuro los héroes pudieran libertar a Eriongard de la escuridad.
Tal día, en el palacio de Enare Alöen y como ansí lo amañaban, los sabios entraron en consejo.
—Para fraguar las espadas, habemos menester la destreza de una persona en especial —decía Ahmeljaa—. Porque han de saber, compañeros míos, que pocos son los herreros que pueden manejar nuestros metales.
—¿Y quiénes creéis que sí pueden? —preguntó Bhelefor.
—Complicado es, hallar un artesano que pueda siquiera fundir el helvalha —contestó la doña—; mas ahora acuérdome de uno.
—¿Os referís al hombre que habita en la señera cumbre que está al noroeste de nueso reino? —inquirió Merluran.
—Ciertamente —respondió ella.
Ante la mención, Bhelefor replicó:
—Pero es imposible, el Forjador del Pico de la Aflicción es un hermitaño, y nadie por jamás le ha visto o encontrado. ¿Por qué no acudimos a los enanos o a los cíclopes?
—Grandes forjadores de armas son los que mencionas —dijo el longevo—, mas temo deciros que ninguno de ellos posee los conocimientos para manejar nuestro hierro sagrado.
Y Ahmeljaa dijo otrosí:
—Viajar al Pico de la Aflicción, incluso llegar hasta la cima y adentrarse en lo hondo de la roca viva, será un trance para la persona sobre la que recaiga esta responsabilidad.
—¿Quién será el elegido? —preguntó el mancebo—. ¿Hago llamar a sir Náruhn y a su hermano?
Merluran miróle con fijeza, y, metiendo mientes en la cuestión, le contestó:
—No.
El preguntador se desconcertó.
—¿Por qué no?
La dueña dijo:
—Esta encomienda no es para Náruhn o su hermano, sino para alguien más.
Al oír esto, el corazón le dijo al mozo que él sería el elegido.
Y luego que metióse en su mente, Merluran díjole:
—No errasteis en vuestro juicio. Esta encomienda será vuestra prueba de fuego para que demostréis qué tan digno sois de pertenecer a nuestra congregación.
—Maguer el camino sea escabroso, yo cumpliré de buena guisa —dijo Bhelefor—. Tornaré con las espadas forjadas.
Un día después, el encomendado partió hacia el Pico de la Aflicción. La tremebunda montaña habíase convertido en la ruina de muchos caballeros, o bien héroes, o bien tontos. ¿Qué podrían hacer ellos cuando, a osadas, intentaban cruzar de cabo a rabo la vieja montiña? En efeto, calamidad de tantos y fortuna de pocos. ¡Insensatos aquellos al no retornar y perderse en sus entrañas! Era sabido que la entrada hallábase en la cresta y que en el interior, muy pero muy en las profundidades, habitaba el artesano de las armas.
El recorrido de Bhelefor duró un mes y seis días. Subiendo por el sendero sinuoso cuanto más estrecho de las jaldas, diole la vuelta al macizo de roca fasta alcanzar la cumbre. Allá suso el ambiente cargado y frígido afogaría a cualque incauto que hubiese salvado el ascenso; mas el felihon, que gran corazón tenía, arrostró tal lance y siguió andando, y luego dio con la boca del pico, y, tiritando por el harto viento cortante, se embozó aún más y se arrebujó en la su capa y entró ante de quedar envarado.
Al cabo de una longa vía se fue por un bajero y arribó a un puente de roca que extendíase por cima de un abismo tenebroso. El viento soplaba a ratos, y Bhelefor sentía mucha desolación al veer que dentro no había señal de vida ninguna que no fuese la piedra. A la sazón el felihon había perdido la cuenta de los días. Aquí la monotonía se adueña del alma, pensó. Pues cruzando la puente continuó aventurándose por los lúgubres pasajes de muros estriados. Descendió durante una buena pieza y entonces oyóse el estrépito de un metal hiriendo otro metal. ¡Clang! ¡Clang!
—¡Oh, cuán dichoso soy de oír siquiera un ruido después de tanto tiempo! —dijo Bhelefor para sí.
Veyendo de do provenía aquel sonido, el felihon alargó el paso hacia allá. Metióse a dentro de un túnel hecho a modo de escalera de caracol que bajaba fasta lo hondo de la montiña. A medida que fue salvando los peldaños, un viento ardiente le dio de pleno en la faz, por tanto, como no pudo sufrir tal ardor, se desembozó, que no le faltase el aliento. E al cabo llegó a las profundidades. Ende o seía, los estancos de magma rebullían iluminando las paredes de un rojo tan vivo que a las vegadas fería la vista.
En saliendo de un túnel y yendo por otro, divisó al fondo deste la silueta de un hombretón. Hacia ella dirigióse para coger una cámara en que la piedra había sido entallada con arte a comparación de la aspereza del pasaje anterior. Y, trasponiéndose en un pilar, Bhelefor vigiló al hombre de piel colorada, perlada en sudor y cubierta de tizne. Había la calva luciente y el pescuezo grueso y las barbas longas y rubicundas y los pechos y los brazos fuertes y pelosos y las manos grandes y encallecidas. La anchurosa cinta traía enfajada de cuero en una jalda revestida de malla que le pendía a los muslos, y coraza ninguna le guardaba más que dos cinchos claveteados y dispuestos al sesgo sobre los pechos. Asía un macho con el que forjaba tal espada.
Otro fragmento del Libro Segundo: la ninfa de Haenodoru
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LA NINFA DE HAENODORU
El fondo ojo borbolló incesante; una luz esmeralda rieló en las aguas, que, envueltas en nublos, hicieron emerger a la ninfa de Haenodoru. Era fermosa sin igual. Había los luceros verde esmeralda y los bezos carnosos, los pechos y muslos lozanos y la vedeja luenga y ardiente caída a la espalda. Traía una cota de malla argéntea escotada de tal modo que los sus pechos resaltaban a primera vista. No iba en cabellos sino que llevaba una cofia de oro de rica hechura. Una halda de malla corta pronunciaba sus caderas, y ajorcas de oro repujado ceñían sus antebrazos y gargantas de los pies. Quedóse queda por una pieza. Luego, andando sobre las aguas límpidas, se allegó a las márgenes del manantial y presentó la espada Virthandar, cuya hoja reposaba tendida en sus delicadas manos.
—Tolnhae, calonha beleuha —dijo ella mirando al zagal.
Sir Arkivahl alargó la mano y cogió por el puño la mágica espada entre luces platinadas y polvo de estrellas. Hermosa como su similar Valheron; al igual que con aquesta, todo aquel que asiera a Virthandar cargaría en la responsabilidad de utilizarla en nombre del bien y no del mal. El agua perlaba la hoja de acero, helada cual glaciar. Si uno estocaba con ella, sentiría que acero ninguno llevaba en mano sino un golpe de viento; y si un mandoble diera, sería tal el golpe, que un cataclismo podría sentir la mano que la jugase. Vegetales entallados en el oro de los gavilanes y los zafiros que en ellos había engarzados, resaltaban la finura del puño de la espada.
XXXV
UN ATAQUE INESPERADO
Nuestros héroes despertáronse con los albores. Salieron de Farandelot después de tomar un desayuno frugal.
La princesa, que vestía su cota de plata, fue escoltada de la siguiente manera: sir Vaeladox, el centauro y el zagal gobernaron la vanguardia; sir Varekain, sir Dante y Morkutio la retaguardia y Siwlana hubo quedado en el medio.
Atravesaron las praderas del noreste y subiendo por una cuesta se internaron en el collado de la sierra que, circuyendo las regiones meridionales, perdíase lueñe en la estribación escarpada en cuyas faldas asentábase el monasterio de Kuron-bel. Bajaron al llano y tornaron a subir a la cima de una peña do el viento ultramontano dioles fresco, e al más ir de los caballos descendieron e vinieron se encontrar un riacho de aguas opalinas cuyo largor semejaba una sierpe de plata a la luz del sol; y pronto vadearon el riacho bordeado por hierbas puntisecas. Doblaron hacia el sureste y quedaron ante el puente Drankorlak, erigido a base de losa, madera y especialmente huesos, o mejor dicho, los restos de un dragón giganteo. Desde tiempos inmemorables yacía allí, sirviendo de paso a los viajeros. Había sido uno de los tantos reptiles caídos durante las Guerras Dragonianas.
En la cabecera oeste del puente disponíase la enorme osamenta astada de quijadas abiertas y colmillos afilados, a la cual le seguían las fauces compuestas por las ijadas y la longa esquena suso del entablado que fuera estribado sobre machones. Se adentraron los jinetes en las fauces del dragón. Ayuso de la puente las frías aguas del Vernixar rumoreaban y batían los guijarros que encontraran durante el curso. En llegando a la techumbre de vértebras corvas, un cardume de salmones, yendo río abajo, viose por las juntas del tablado que golpeteaban los cascos de las bestias. Los más nadaban con diligencia y los menos emergían y tornaban a zabullirse.
Franquearon el Drankorlak y siguieron hacia el sureste. El cielo era despejado. El viento soplaba calmo. A unas cien leguas de los caballeros, se vislumbró el Monte Caristhaldan cuyos cristales, más relucientes a la luz del día, titilaban como estrellas y esmeraldas formando un pabellón de luces verdes y pálidas que ascendía miles de pies bajo el firmamento.
Tras veinte leguas a medio galope, levantáronse del suelo las monumentales cordilleras que se extendían hasta los confines de Eriongard y Sajalabar, de las praderas al desierto propio de lueñas y apartadas tierras en que moraban los hombres del noreste. Al cabo de tres horas el terreno se abajó abruptamente y llevó a los jinetes a una planicie que, alteándose en una pendiente enriscada, daba al puente Rozorh. Este paso se alongaba por cima de un abismo separado por tajados donde crecían brezos y lentiscos, y más al fondo las aguas templadas del río Mowali viajaban hacia el este.
Cuando hubieron salvado la puente, los compañeros picaron los corceles y después de casi ocho leguas vislumbraron la extensa floresta. Pero sir Vaeladox sofrenó su montura, llevóse la diestra a la frente y aguzó su vista de águila.
En esta sazón sir Arkivahl preguntó al elfo:
—¿Por qué nos detenemos?
—Tengo un presentimiento.
—Hay algo en el ambiente que no me gusta —dijo la princesa.
—Ni a mí... —coincidió su hermano escrutando la zona.
Los legionarios miraron al derredor. En este comedio sir Vaeladox se apeó de su caballería, y, suspicaz, dobló la rodilla y pegó una oreja al suelo. Lo que oyó le pasmó.
—Tenemos problemas, y muchos.
—¿A qué os referís? —le preguntó sir Varekain.
—Pasos. Una gran hueste se aproxima a la boca de la floresta.
Y el elfo no estaba equivocado: una sección de urdroks se desplazaba hacia el Bosque de la Perdición. Los caballos, barruntando el peligro, relincharon con estrépito. Ni con tirar de las correas pudieron apaciguar las bestias, que, medrosas, comenzaron de golpear el suelo con los cascos e los relinchos fueron más fuertes. Estonces el enemigo detúvose a lo lejos, y el que comandaba la hueste, un temible orwkubar, dijo a sus hombres:
—Ser caballos. Alguien estar cerca.
Un soldado añadió:
—Huelo carne de humano, de elfo, de cíclope y de centauro.
—Marchad a paso veloz, ¡ya! —gruñó el líder.
Y se aviaron hacia nuestros héroes. Al tiempo, Miklos dijo:
—Será mejor que entremos en la floresta, porque si no...
Un bramido le interrumpió.
—¡Urdroks! —advirtió el elfo atisbando al enemigo—. Miklos, protege a mi hermana.
—Con mi vida, Vaeladox —dijo el centauro terciando la lanza.
—¡Varekain, Morkutio, vosotros con Arkivahl! —gritó el príncipe—. No le dejen solo. Tened cuidado con el orwkubar.
Ellos le atendieron. Y todos, en formación cerrada, espolearon los caballos y fueron al encuentro del enemigo. Sir Dante traspasó el tropel con tal denuedo que con la una mano gobernaba las riendas y con la otra asestaba martillazos en las cabezas de sus contrarios.
Sir Vaeladox, que buen jinete era, corrió a rienda suelta y tensó el arco. Las flechas zumbaron a uno y otro cabo, envasando los pechos de muchos orwkgra. Sofrenó el su corcel y desmontó de un salto. Desnudó los cuchillos. Dos enemigos le salieron al encuentro con hachas en alto, mas el elfo agachóse para esquivar los golpes y de sendos sablazos le partió al uno un brazo e al otro la barriga, e al uno que no muriera, le cortó la cabeza. Mirando los cuerpos tendidos a sus pies, el legionario, solemne, blandió los largos cuchillos.
Por otro lado, sir Miklos, que guardaba la doncella con brío, calaba su lanza y a fuerza de punzadas y coces hacía recular al cerco de urdroks que por todos los medios intentaba llegar a su protegida. Ella, mañosamente, tiró de la espada y soltó tajos a diestro y siniestro desde la silla de su unicornio. Y en cuanto podía asestaba el arco, lanzando dardos al enemigo. En esta sazón descabalgaron los demás compañeros. Morkutio encajó la vara en tierra y despidió un impulso de energía que reventó los vientres de una línea de orwkronk. Los más, vomitando sangre, viniéronse abajo.
XXX
LA HISTORIA DETRÁS DEL EMBRUJO
Descubriéndose, el mago se fue para los recién llegados, el centauro en pos dél. Ambos miraron con extrañeza al caballero de la cota escarchada.
—Abrid bien los ojos, Morkutio —dijo sir Arkivahl.
—Amigos míos —dijo el elfo—, he aquí a Varekain.
—Es verdad; es el mismo rostro y los mismos ojos —notó sir Miklos—. Aunque, hay algo diferente en él...
—Y no os equivocáis, mi buen Miklos —dijo sir Varekain—. Todo tiene una razón de ser. Vime forzado a finar en vida, olvidándome de las cosas bellas y del amor cortesano, pues jamás sentí congoja ninguna que fuese capaz de hundirme en un profundo foso de lobreguez del cual emergí fasta que fui despertado de mi letargo. Esto se los referiré con más calma en un momento. Por de pronto, ¿a qué esperan para darme un abrazo de bienvenida?
Ellos lo fueron abrazar sin reparo.
—Pero cuéntanos, ¿qué te pasó? —preguntó Miklos.
—Sentémonos para atender su relato —instó Vaeladox.
Antes, el joven Degaudart llamó un sirviente y le ordenó que trajera vino y fruta. Así pues, cuando la mesa estuvo puesta, los compañeros bebieron y comieron. Afirmóse Varekain en su silla e meneando su copa fizo arremolinar las aguas tintas. En viéndolas dijo:
—Bueno, amigos míos, la historia de cómo el hado me despojó de mi vida y de la doncella que jamás pensé perder acaeció así...
Cuando se hubo desunido la Legión del Medallón, sir Varekain tornó a Levantus donde el rey Theiobal púsole al mando de sus tropas después de sir Gaelrow, un buen amigo suyo. Un día llególe una misiva de Morkutio convidándole a pasar unos días en Zolhenval, el mágico reino de los hechiceros, las brujas y los prestidigitadores. Pidió en esta sazón la venia a su rey para que le dejase partir por unos días. Otorgado el asenso, se montó en su corcel y galopó hacia su destino sin imaginarse la grande felicidad que allí encontraría por vez primera.
El día en que arribó a Zolhenval a los Altos Hechiceros les plugo mucho su visita, pues tanta prez había el ex integrante de la Legion del Medallón, que era de esperarse su buen acogimiento. Y así, él y Morkutio dieron un paseo por la ciudadela. Durante el trayecto detuviéronse a media calle para admirar una multitud de magos cuyos trucos, ilusiones, fuegos artificiales y hechizos pomposos entretenían a niños y niñas cualesquiera que pasaran por allí; siendo los menos, los ancianos y las damiselas. La bulla era tremebunda. Al centro del corro formado por los chiquillos y los mirones, entre ellos sir Varekian y Morkutio, un mago de barbas canas hurgaba dentro de su sombrero de ala ancha y copa puntiaguda y en un parpadeo sacaba la mano y un conejo prendido por las largas orejas, y cada vez que esto hacía, los niños retozaban. Otro mago, menos provecto, levantaba los brazos y trazando pinceladas con los dedos creaba dragones de chispas doradas y escarlatas. Todos palmoteaban en el acto.
A esta sazón Varekain se escabulló de Morkutio, y, volviendo la mirada, sonrió al verlo embelesado por la maravilla de contiendas entre los dragones de ensueño que agora aleteaban y expelían fuego. Tomó, pues, un sendero que se alongaba hacia un jardín de flores olorosas y perfumadas. Estonces ella apareció al pie de un castaño. Era fermosa como ninguna otra doncella de Zolhenval. Vestía ropajes de fino brocado. Había los cabellos brillantes como el oro, longos y sedosos y caídos sobre los delicados hombros. Caminaba con tanto primor que parecía que un lecho de rosas ardientes caía del cielo a sus pies. Los sus ojos eran grandes y seductores, y zarcos como la esfera. Era la pura bondad andando. El caballero estaba cautivado. Ella mirábale con verecundia, sonriendo de tanto en tanto, y él sentía que el corazón se le salía del pecho. El amor.
¬—Saludos, buena doncella —dijo Varekain acercándosele.
—Mi señor —expresó ella—, os habéis acercado a mí sin el menor disimulo cuando a mi madrastra no le place ver cabe mi lado hombre ninguno. ¿Sois vos tan valiente como os veis? Debéis iros, que ella se enfadará comigo. Por favor, buen caballero de ojos bellos.
—No puedo irme sin saber más de vos. ¿Tenéis un nombre?
—Vaelkina soy —respondió ella—. Venid, pronto.
Y ella, asiéndole de la mano, le llevó fasta un arco donde se guardaron.
—¿De quién os escondéis? —preguntó él.
—De mi madrastra. Ella es mala y me cela sobremanera —asomó la cabeza y tornó a mirar al caballero.
—No me ha visto —dijo la doncella.
—Conversemos entonces —pidió Varekain.
—Es que no puedo —replicó Vaelkina.
El legionario la miró con ternura, apartóle el pelo de los ojos y díjole:
—No temáis, que yo contentaré a vuestra madrastra en caso de que nos descubra.
—Gracias. Yo te he dicho mi nombre, ahora dime el tuyo.
—Mi nombre es Varekain Colwyn de Levantus —dijo él—. Es para mí un placer conocerte.
—Igualmente.
En esto se oyó una voz lúgubre que decía:
—¡Vaelkina, Vaelkina! ¿Do estáis que no os veo?
Y la damisela se sobresaltó.
—¡Es ella! —exclamó posando las manos sobre los hombros del caballero—. Debo irme, Varekain Colwyn. Jamás olvidaré tu rostro ni tus ojos ni tu boca.
—Pero dime, ¿te volveré a ver?
Vaelkina alejóse de él, y, volviéndose, asintió con la cabeza.
—¡Ay, amor mío, me habéis flechado cuando menos lo esperaba! —suspiró él apoyándose de espaldas al arco.

Sir Miklos Shartan de Centuria*
Este bravo centauro, uno de los siete ex integrantes de la antigua Legión del Medallón, es un caballero en quien siempre se podrá confiar y que, una vez ganando su amistad, puede llegar a convertirse en un compañero leal que siempre velará por el bienestar de aquél que luche a su lado. Personaje importante en la Dinastía Degaudart, pues cuando la desventura se abate sobre un aliado suyo y también ex legionario, éste le pedirá que se convierta en el bienhechor de su hijo, quien se verá obligado a tomar su lugar y a cumplir su postrer deseo que le llevará a una grande aventura llena de lances y enemigos terribles.
*Sir Miklos Corazón Leal de Centuria. En la lengua vlanderhan de los centauros de Eriongard, shartan proviene de las raíces sharug, corazón, y tanoga, leal.
XLVII
SIEGFRIED Y SIWLANA
Los días se sucedían soleados. Todo era paz a la sazón. Partió Siegfried a buen temprano encabalgado en so caballo; en la víspera él y la princesa elfo habían acordado cabalgar juntos a la hora de tercia. Encontróse con su amada en la cabecera de la puente Prinweldu. A Siwlana mucho le plugo lo ver, e montada en su unicornio le dijo:
—Amor mío, ¿sabéis a do iremos?
Él picó espuelas y se legó a ella.
—Dígote, mi princesa, que iremos adonde el hado nos lieve.
Estonces metieron piernas a las bestias e galoparon por la llaneza. Al cabo se internaron en un pinatar. Apeóse Siegfried e luego la doncella, ataron las monturas a unos pinos e quitáronles los frenos, que paciesen de la yerba verde. Entonces el caballero alargó la mano y dijo:
—Venid, amada mía.
Ella le tomó de la mano. E comenzaron de andar entre la espesura. Cataron los altos pinos que figuraban las vergas de un navío surcando la mar verde; el viento, calmo, impulsaba las pinochas cual si fuesen las velas. El olor a trementina trascendía en el ambiente. Correa. Bella era la frondosidad de la floresta. Veeron alueñe una fuente de la que nacía un arroyuelo que, rumoroso, serpeaba hacia una hondonada herbosa y ende adelante empinábase fasta se perder en un declive.
—¿Adónde me lleváis, querido? —inquirió la doncella.
—Ya lo veréis —respondió él.
Dieron con la fontana. A la vera de las aguas se tendieron, e ella gele arrimó e católe los labros, e el su corazón batió tanto que pensó que se le saldría del pecho. E Siegfried estuvo quedo, admirando la beldad de la muger elfo. E como tanto ardor había en ellos, besáronse, y él le ciñó la cintura pronunciada, e levantándole la halda tocó sus muslos. Lo despojó Siwlana de su cota y le tentó los fuertes pechos, e comiólos a besos, e luego ambos fincaron desnudos y siguieron se amando a tal punto que deste vicio no os contaré ál; mas dígoos que Siwlana dejó de ser doncella para ser dueña.
Al poco tomaron una siesta. Despertaron luego. Se vistieron y el caballero echóse de bruces al hilo de la fuente e bebió del agua; la princesa se acicalaba los cabellos. Estonce sir Siegfried se fue a ella y le besó la frente. Alejáronse de la fontana, doblaron a la siniestra y remontaron una pendiente. Hubo un trecho en que el verdor del suelo mudó a tierra fresca. Franquearon la derrota y verdeció nuevamente. Llegaron a un claro. Los rayos del sol caían de travieso sobre los enamorados. Y allí, Siegfried tomó de las manos a Siwlana.
—Eres el amor de mi vida —dijo el legionario.
—Siegfried... Te amo —dijo ella.
Y se besaron. Luego, salieron de la floresta y se detuvieron en un campo de flores. Revoloteaban las mariposas. El viento soplaba calmo. Algunas veces, cuando racheaba, las melenas del caballero y la princesa flameaban al aire. Ellos, asidos de las manos, daban vueltas y danzaban sin dejar de mirarse ni de sonreír. Eran felices. Los herbazales se sacudían al viento. E como dieron tantas vueltas, sintieron que se les iban los pies, e sir Siegfried trujo contra sí a la dueña de tal guisa que ambos dieron en tierra, ella encima dél. Con un gesto sereno, sir Siegfried preguntó a su amada:
—Siwlana, ¿cuánto me amas?
Ella miróle con ternura.
—Te amo más que a mi propia vida. ¿Y tú? —inquirió—. ¿Cuánto me amas?
Aprendí la belleza interna de la metáfora y la poesía en mis primeros años; luego, tuve el honor de leer la prosa de grandes autores de la literatura universal, de los cuales aprendí mucho; Goethe, Cervantes, Víctor Hugo, Dumas, Robert E. Howard, Chetrién De Troyes, Sir Thomas Malory, Homero, ¡uf! larga es la lista. La más monumental influencia que tuve y que jamás me cansaré de agradecer fue la de mi tío, el literato-compositor-periodista-hombre brillante Mauricio González de la Garza (QEPD).
Me considero un escritor visual y creo que después de tres años de arduo esfuerzo finalmente he hallado mi estilo narrativo, rimbombante, estético, épico, lleno de naturaleza, de vida, de pasión. Así soy yo, apasionado, y la fantasía heroica guarda un lugar especial en mi corazón. Soy pues, tan sólo un novel con hambre de triunfo, un novel en espera de publicar su ópera prima...
LOS CUERNOS DE LA ESPERANZA
Turbáronse los enemigos al escuchar los ángeles diciendo sus cantos más arpados, como bajando del cielo a las montañas; melodía asaz hermosa para las oídos de los héroes y sin embargo horrísona para los de los bellacos. Eran, pues, coplas harmoniosas que ensalzan la fe y la esperanza. Dignas sol de los Cuernos de Eriongard. E tal maravilla fizo sentir a los compañeros que unos brazos diáfanos, cuyo candor desprendía lucecitas chispeantes, les guarecían no ya de las mesnadas de Baldarzek sino de lo malino de las tierras yermas que pisaban.
Pese a que sus cuerpos fueran llagados e sus cotas estropeadas un poco, tomaron braveza para ser en pie de guerra una vez más. Compartieron miradas, los ojos abrillantados e las faces algún tanto tiznadas. Y el enemigo, pávido, comenzó a recular.
Sir Siegfried dijo a sus hombres:
—Es tiempo. Demostremos que somos verdaderos héroes.
Anunció la aurora el arribo de los refuerzos. Fue entonces que, en la cima de las colinas del poniente, extendiéronse las líneas de jinetes impávidos. Los corceles relincharon, e los que gobernaban los reyes e los capitanes, piafaron en mientra sacudían las negras e blancas crines. Otearon los aliados el horizonte, que clareaba tanto cuanto. Por vez primera el sol verecundo despertó de su letargo; unos hilos de oro, aunque gráciles, rompieron la lobreguez del cielo.
Las huestes enemigas se abrieron despavoridas de modo que, alongándose unas cuarenta yardas de los legionarios, vinieron a dejarlos en medio del cuerpo de la batalla.
Y en lo alto de los promontorios, esplendían las lorigas de los aliados. Los pendones, enarbolados, ondeaban con el viento matinal, no tan frío como la víspera. El sol se recortó en los nublos, y el rojo dorado demudó a un rojo sangre, como el color que mancharía las Tierras Prohibidas.
Veendo el sol sangriento e las colunas de jinetes e caballos, las falanges de Baldarzek arrugaron los afeados rostros. Gruñeron. Dijeron mal. Esputaron.
En la eminencia del este aguardaban las tropas de Sajalabar, Levantus y Minasgholan. En la del sureste, las de Farandelot y Eneranul con sir Aneldaen, Brohlka y Zoldak, quienes habían dado con ellas en la una cabecera de las Puentes del Devenir. Por último, en la del noreste, las de Centuria y Umanbakol.
El viento racheaba. Los pendones seguían tabaleándose. Caballos y uroloms se apaciguaron. Estonce reyes y capitanes dispusiéronse delante de cada destacamento y miraron con fijeza a sus hombres. Pero antes que hablara ninguno, sir Ikaarun mandólos ayuntar e díjoles que habían menester fablar para concertar cómo atacarían al enemigo, e así mesmo que él, después de fablar con el su rey, había tomado una decisión; a lo cual los otros le solicitaron que les dijese cuál era, e el arghoran respondió:
—Majestades, capitanes, si a vosotros placiere, iredes a meteros primero en el cuerpo de la batalla, y, cuando sea la sazón, indicaré a mis arghorans que emprendan el vuelo para nos unir a la contienda y abatir al enemigo por aire y por tierra.
—¿Y qué haréis mientras tanto? —inquirió Theiobal.
—Seremos quedos, aquí, en la cima.
—Bien —asintió el monarca—. Así, si un mal nos viniera, habremos tropas de refresco.
—¿Sabréisme decir, amigo Ikaarun, cuándo será la sazón en que saldréis para apoyarnos? —preguntó sir Gaelrow.
Él, desliando un corno de marfil de su cinto, respondió:
—Cuando oigamos el toque deste corno.
Diógelo a sir Gaelrow, e él tomólo e miró so rica hechura.
—Lo tocaré en cuanto seamos flacos —finalizó el caballero.
UNIDOS RESISTIREMOS
En esta coyuntura en que el huego se expandía por el campo de batalla, los urdroks e los caballeros tenebrosos e las bestias fuían espantadizos de la lumbre, que no les prendiese. E desto que oís se valían los legionarios para los matar a mano salva. Mas en cabo el fuego extinguióse, e la niebla espesa, resulta de la pólvora e la metralla descargada de las municiones quebradas, había formado un cerco alderredor de ambos frentes. En cuanto se disipó el fumo, la lid tornó a reanudarse.
Sir Miklos, sir Dante y sir Vaeladox vieron venir una hueste de terrankors que, reptando, olisqueaba el suelo cubierto de ascuas. La vaharada a carne abrasada y hierro fundido aún trascendía en el ambiente. Se alzaron los hombres topo y al más ir pegaron un grande salto que pasaron sobre el elfo y el cíclope de guisa que cayeron encima del centauro, y prendiéronlo por las manos, los pies y el lomo, y la lanza otrosí que tiraron della muy recio porque se viniera abajo cabe el hombre caballo. Porfió sir Miklos en romper la presa fasta que sacó el un brazo entre dos soldados, e armado del facha diole del mango al uno en la cabeza que se le salieron los ojos de las cuencas, e al otro le tajó un anca que fue a tierra. Pero como quiera que se esforzara tanto, los enemigos le subyugaron a tal punto que vino asentar las grupas por el mucho ahogo; mas seyendo bajo la montiña de cuerpos, cobró fuerzas merced a Lamhu e haciendo un corcovo echó los enemigos lueñe de sí, y coceó en el aire a unos cuantos. Cuando se puso de pie, veinte terrankors gele tiraron, montándolo nuevamente.
—¡Malditas ratas, dejadme en paz! —profirió Miklos encabritándose.
Pronto los veinte soldados comenzaron de domeñar al centauro, e de la cruz fasta las ancas le montaron, e luego le atenazaron con los brazos el arca, el pescuezo y las manos, que no le dejaron tomar un respiro. E descargaron en él los cuchillos de suerte que falsaron la su barda e lo deslomaron ya cuanto. Aunque fuera tan cruel el castigo, el legionario lo sufría y continuaba en pino.
Y sir Vaeladox, que vio cómo era apresado sir Miklos, abrióse paso entre la turba y lanzando veloces tajos empezó a batir los contrarios que caían en tierra soltando la sangre de sus cortaduras. Estando cerca de su amigo, envainó las hojas.
—Aguanta, Miklos —susurró el príncipe, metiendo mano al arco y a una flecha de su carcaj.
Tensó el arco. Cayeron los soldados menos el postrero, que clavó la su daga en el hombro de sir Miklos, y sintiendo él la ferida, maquinalmente cogiólo del brazo, arrojólo al aire y puso enhiesta la lanza en manera que al caer el artillero, fue empalado, y mucha sangre echó por la boca que los estertores le vinieron y fue muerto. Bajando el asta, el de Centuria despegó el cadáver con el un casco.
Se llegó Vaeladox a Miklos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, dándole una palmada en la barda.
Sir Miklos llevóse la mano a la herida y contestó:
—Es solo un pequeño corte en el hombro. Gracias por quitármelos de encima.
Otorgó de cabeza el elfo y dijo:
—Vayamos por Dante.
—Adelantaos —dijo el centauro afirmándose en las grupas. Ensanchó el pecho y sacudió la lanza, para limpiarla; una tripa cayó al suelo—. Aguardaré a Siegfried y a los demás.
—Bien —asintió Vaeladox.
Y, dándose la vuelta, se alongó una buena pieza.
Por su parte, sir Dante esgrimía el martillo y aplastaba los enemigos que se interponían en su camino. Su arrebato era feroz. Lüngerthon hacía temblar la tierra. Así como oís continuó contrastando los embates de las huestes del tirano.
—El enemigo no se da por vencido —se dijo a sí mismo Dante—. Miklos, Vaeladox, necesito de vosotros. ¿En dónde estáis?
En tanto, sir Siegfried y los que le seguían apuraron la marcha para se juntar con los demás. Cada quien luchaba por su lado.
—¡Compañeros! ¡Seguidme! —voceó Siegfried después que derribó a tres caballeros de las tinieblas.
Oyeron ellos la voz imperante de su líder, mas las huestes los hostigaban que no les permitían ir adelante. Por ende, antes de nada fue menester que se ocupasen de sus contendientes.
Sir Varekain y Bharamog dieron muerte a los urdroks y terrankors que los cercaban. Luego, se toparon espalda con espalda.
—Estos terrankors me repugnan —gruñó el enano asiendo el hacha a dos manos.
—Es tiempo de que prueben nuestros aceros —dijo Varekain calando la espada—. ¿Estás conmigo, Bharamog?
—Desatemos el infierno, amigo mío.
INGLATERRA ANTE LOS OJOS DE LA MALDAD
En salvando el pasaje, Shargandor subió la grada que al pie del púlpito se hacía, e así quedó delante del espejo cuadrilongo. Escudriñólo. El azogue que recubría el cristal ondulaba como si una piedra se hundiese de repente en las turbias aguas de un pantano, un pantano del cual se desprendían vapores y rostros macabros, que lanzaban quejidos y siseos pavorosos.
Había a los flancos del brujo dos estatuas de demonios agazapados, doblados los lomos e encogidas las alas tras sí, salientes las cuernas, abiertas las bocas; e el fumo salía por las narices e las fauces, serpeando, e en las cuencas de sus ojos centellaba una luz rojiza. Os digo que eran horripilantes, mas no tanto como lo que el brujo estaba por ver.
—Despertad, Gorzaël, despertad —pronunció Shargandor.
E el cristal del espejo comenzó de vibrar; algo estaba despertando de so profundo sueño. Estonces entre los rostros de niebla se formó uno tan espeluznante que hizo retroceder al invocador. ¿Cuán horrorosa no sería aquesa faz? Era una muger de carnes lívidas, labios resecos, mejillas sumidas y profundos ojos negros en los cuales anidaba una vorágine de odio, como una tempestad que diezma cuanto a su paso encuentra. Las longas guedejas canas le flameaban al aire, saliéndose del espejo ya cuanto. Un ópalo relucía en medio de la tiara de plata que ceñía su frente. El marco de oro, ricamente repujado y con rubíes incrustados, encandecía a medida que la mujer siseaba tenebrosamente.
¿Quién era ella?
Según las leyendas de Eriongard, hubo una vez una doncella llamada Gorzaël, la cual, cierta noche, despareció sin dejar rastro. Se sucedieron los días sin que se supiese cosa ninguna della, e su padre, el rey Dürgenheist de Farandelot, mandó las tropas que la buscasen, e cuando tornaron con las manos vacías e noticiaron al rey, él desplomóse porque no vería más a su fija. E al cabo descubrieron en el reino que los sirvientes del Gran Tirano la habían raptado e llevado a su fortaleza, donde terminó cediendo ante la tentación de malinos placeres que por jamás imaginó veer ni sentir, sin saber que su lozano cuerpo e ánima serían esclavizados de por vida.
¿Qué sucedió después? Agora no os contaré nada más, que el autor dice que la cuestión se desvelará en un futuro.
—¿Quién osa despertarme de mi letargo? —inquirió Gorzaël.
—Soy Shargandor —respondió él, apoyándose en la vara—, heraldo de Baldarzek, rey de Gral’an Dhu.
—Mi fijo... —susurró la cara del espejo—. ¡Ay, mi fijo! ¿Adónde está él?
Al esto oír, el brujo se azoró. Agachó la cabeza y contestó:
—No os preocupéis, que yo le guardo a conciencia, mas dígoos que él ha menester algo de vos.
—¿Qué? —preguntó ella—. Lo que quieras saber, yo lo sé —enfatizó—. Dime, pues.
—Quiero que me digas cuanto sabes del país de Inglaterra —pidió Shargandor.
—Mirad dentro de mí —instó Gorzaël—, mirad y descubriréis lo que demandáis.
Salieron del espejo los cabellos de la mujer y haciendo culebras rodearon la cerviz del nigromante, y luego alargó los brazos escuálidos y tomólo del pescuezo y trájolo hacia el espejo de manera que hundióse en el azogue la caperuza fasta los hombros. Estonce Inglaterra apareció ante los ojos de Shargandor.
—Pero ¿qué país es aqueste? —se preguntó el brujo viendo los edificios, los árboles y la gente paseando, y los coches que iban y venían por las calles—. Es un mundo nuevo el que veo, y ¿qué son esos monstruos mecánicos que chirrían? Qué interesante...
A la sazón la espantosa faz de Gorzäel veló lo que el hechicero cataba, e ella riendo, llamóle para que entrase al espejo, e él, pasmado, sintió un ahoguío que las aguas del azogue le tragaban. Entonces aferróse al marco por no irse, e echando el cuerpo atrás muy recio, sacó la cabeza del espejo. Jadeó.
—¡Bruja! —increpó Shargandor calando la vara—. Que me querías robar el aliento.
Ella río.
—Tan solo quería daros un beso —dijo contorsionando el pescuezo.
—Calla, y dime qué veeron mis ojos, si no quebraré vuestro espejo porque ya no salgáis dél.
Ante la mención, Gorzäel se acongojó y dijo:
—No lo hagas, que ahora te diré todo. Inglaterra es un país lejano, tan lejano que sobrepasa las estrellas. Allá viven los humanos, y usan artefactos extraños con que laboran o se trasladan.
—Será, pues, una gran conquista para mi señor —dijo Shargandor.
Gorzaël replicó:
—Pero debes saber algo...
La mitología de Eriongard crece a medida que pasan los días. A veces siento que la saga se me va de entre las manos: es un gigante que está cobrando vida. Una obra monstruosa que, hasta hoy en día, abarca más de 1500 páginas sin haber finalizado la edición. Si bien se supone que estoy editando solamente, las páginas siguen incrementándose maquinalmente como hacía referencia a priori.
Espero contarles los sucesos más relevantes, y eso implicará años de trabajo, pues siendo la dinastía en cuestión un vasto semillero de héroes y leyendas, también lo son las historias y tramas que darán pie a muchas novelas en el futuro. ¡Y qué decir de las lenguas de Eriongard, su gramática y sus alfabetos que aún necesitan trabajarse sobremanera!
¿Habrá una editorial que se envalentone a publicar la saga de un novel apasionado en lo que mejor sabe hacer y sin embargo desconocido pero con un gran potencial imaginativo e intelectual?
Eso, sólo el tiempo lo dirá. Pero lo cierto es que de una cosa estoy seguro: tengo hambre de triunfo y sigo esforzándome al máximo para llegar a ser el nuevo genio de la literatura fantástica.
CXXXIII
LA PETICIÓN DE ANELDAEN
Apenas despuntó el día, sir Aneldan partió de Eneranul encabalgado en su corcel Aguablanca. Yendo su vía al norte, torció hacia el este y siguió la mesma ruta una vez que cruzó el puente Drankorlak. En las más lueñas y apartadas regiones del septentrión, que otro jinete ninguno salvo el elfo podría admirar con los sus ojos de águila, la bruma pálida costeaba las faldas del Monte Caristhaldan, y los picos cristalinos descollaban por cima del vaho que demoraba en las márgenes del río Vernixar.
La mañana no era tan fría como la víspera, mas el viento, aunque manso, traspasaba las carnes hasta los huesos. Los pedernales, ahondados en las estrías de Caristhaldan, brillaban algún tanto maguer fuesen empañados del fresco. El elfo corría a rienda suelta que no podía admirar las planicies verdes cubiertas, de trecho en trecho, por una gran esterilla caliginosa. En cabo de una pieza el viento descorrió la niebla como un suspiro que escapa súpito. El suelo tornó a verdecer. El sol remontó majestuoso; los bancos de nubes alejáronse con la tramontana. Dejando arredro el puente Rozorh y cargando sobre el sureste, el jinete arribó a su destino.
Pura y resplandeciente era la arquitectura del palacio de los hechiceros, las brujas y los prestidigitadores. Las torres blancas, con cúpulas gallonadas por coronas, alzábanse del suelo de guisa que circuían la fermosa cibdad cimentada en un mármor nunca antes visto por los demás arquitectos fuesen hombres o elfos, que aqueste material semejante al que oísteis en su fechura, era atán brillante que Zolhenval podía ser abarcado des los cubos de otros reinos cualesquier aun durante el véspero. La magia estaba en él.
Zolhenval, pues, era como un diamante brillante y monumental en el cual se reflectaban los rayos del Sol y de la Luna, haciendo visos malvas, indios y verdes. Cada nave lateral se apuntalaba en un arbotante guarnecido en el arranque con vides.
En el corazón de la ciudadela destacaba una obra asaz ostentosa: el Paso de los Hechiceros. Labrada a maravilla, esta tremenda arcada, de más de cien pies de altura, componíase de tres colunas recias cada una rematada por ricos chapiteles en que se erguían, cual pináculos solitarios, las estatuas de unos hombres vestidos con túnicas barnizadas de polvo estelar. E los arcos que ge unían a los pilares eran ornados vegetalmente e arrancaban con flores y volutas fasta la meitad de cada uno. Toda la ciudadela asentábase so una cúpula límpida que, sustentada por una crucería de hilos de oro y plata, había como labor salvaguardar de los enemigos la preciada doña enclavada bajo ella.
¿Crees que, faltando 26 capítulos por editar, alcanzaré las 2000 páginas para el 7 de noviembre cuando me faltan solo 167?
El Autor
- V.R. Merox
- Mis pasiones: Filología, pintura, filosofía, ciencia, biología, arquitectura, política, pulp, spaghetti western, literatura, cine, arte, música, mitología griega, celta, escandinava, persa, romana, lectura y poesía.



