Curiosamente me sorprendí cuando ha días decidí abrir y hojear los primeros borradores que escribí sobre mi Dinastía Degaudart, muchos se preguntarán ¿por qué?
Pues bien, he de decirte, amigo lector, que lo que allí encontré fueron más de un millón de ínfimos caracteres; sí, digo que lo que derivó de un año de trabajo fue bazofia literaria.
Sin embargo, durante los dos años siguientes ocurrió algo inesperado; a base de lágrimas de sangre, estudio, dedicación, hercúleo esfuerzo y pasión por la literatura y el género fantástico, comencé a pulir lo que en un principio llegué a considerar como un tosco trozo de roca sedimentaria, y cuál fue mi sorpresa al ver que mi narrativa iba mudando de tal, a un fúlgido diamante del cual estoy muy orgulloso después de tres años de confinamiento literario donde aprendí finalmente a escribir, a comprender y ver más allá de lo que todos ven: el mundo que hay detrás de las palabras que uno escribe.
Creo en el esfuerzo, en el trabajo diario, creo en lo que escribo y en lo que puedo llegar a escribir. Y ahora he puesto la escalera hacia el cielo.
Pues les cuento que he terminado de crear el alfabeto de los elfos, cíclopes, centauros, sarracenos, arghorans y el de los enanos. Aunque me falta afinar algunos detalles en cuestiones estéticas y fonéticas, los resultados hasta ahora obtenidos han sido satisfactorios.
Por otra parte, la gramática de las diez lenguas que he inventado para cada raza aún está en proceso, diría que llevo entre un 25% ó 30%, de 100 a 300 palabras en cada vocabulario, si bien hay unos que apenas llegan a las 20, caso de la lengua rhankörian, hablada por los urdroks, trasgos, ogros y morgolks; mas es tan burda y atroz que no valdría terminarla, y dudo que lo haga, así que me enfocaré en las otras.
Ahora trabajo en el Padre Nuestro y en el Ave María en cada lengua.
Pues sí, amigos lectores, les traigo la buena nueva de que finalmente he terminado de escribir la primera parte de la longa saga de la Dinastía Degaudart (libros I, II, III y IV; 1850 páginas). Fue un deleite poder narrar tantas historias, tantas peripecias y, de igual manera, compartir el júbilo, los triunfos, el fracaso y la tristura de cada personaje de nuestro cuento.
A lo largo de estos 3 años de trabajo, la odisea que decidí arrostrar por el amor al género fantástico conllevó muchas penas además de esfuerzo, y tanto fue el abatimiento en que estuve abismado, que menguó mi salud durante un tiempo.
Sin embargo, al final, pude culminar la obra que por un momento nunca pensé que llegaría a completar, lo cual me llena de satisfacción.
Ahora encuéntrome buscando alguna editorial que se interese en publicarla.
Ya les daré noticias en cuanto sepa algo.
LA SALA DE LOS OLVIDADOS
En abriendo el portón, Bharamog convidó a los legionarios a un paseo por la sala do los enanos esgrimieran por última vez sus hachas y martillos. A casi veinte yardas de la entrada levantábanse los escalones que daban a la plataforma desde donde se podía abarcar todo el corredor. E fuéronse los tres para los peldaños, e cuando los subieron, el enano marchó hasta el balaustre ricamente ornado de columnillas serpeantes. Apoyó las manos en él, meditabundo. Luego, oteó la sala, silenciosa y aún viciada por los sentimientos de pesadumbre.
—Esta —dijo volviéndose hacia los caballeros—, es la Quinta Sala de Ramkork-velâr. Y aquí yacen mis hermanos.
A lo largo y ancho del pasaje había cientos de enanos con el aire bravo, tuviesen o no sus aceros en alto. Los más permanecían en pose de combate, adobados a quebrantar los enemigos que en aquel entonces les fueran al encuentro. Y otros, la rodilla doblada, la cabeza vuelta, como huyendo la mirada de la marea gris que hacia ellos se venía. Ya no respiraban ni rezumaban el fragor de la batalla, tampoco bullían pie ni mano. Nada. Cuantos allí estaban habían sido convertidos en estatuas de roca. Las faces, allende de desencajadas, presentaban un extraño rictus de sufrimiento. Dígoos que sentir cómo vuestra piel se endurece lentamente es un dolor profundo, más horrible que una muerte por un hachazo o un mandoble, y más frío que el acero. Los unos, a ojos cerrados, tenían las bocas abiertas, por ventura entonaban un grito de batalla; los otros, bien que tendidos, no dejaban de empuñar sus hachas y martillos de guerra.
En última instancia, por más valor que hubiesen tomado para doblegar al invasor, la hechicería terminó prevaleciendo sobre la voluntad, el acero y el corazón.
Sir Miklos y sir Dante no podían dejar de catar los enanos cuyas ásperas corazas encerraban sus lamentos en un silencio infinito. Bharamog diole de los puños cerrados al balaustre, despojóse de so yelmo y los legionarios lo vieron por fin descubierto. Las arrugas surcaban la su faz, y había hinchados los carrillos y la nariz roma y a la vez grande que descollaba sobre las barbas espesas, y los ojos eran de un guerrero valeroso y negros como azabache bruñido. Suspiró. Estonces volvióse y mediante una seña díjole a sus acompañantes que le siguieran, y los tres descendieron por las escalinatas de la plataforma y luego por otras que serpeaban de junto. Miklos dijo:
—Buen enano, si vos pluguiere, nos contad qué acaeció aquí.
—Algo terrible —respondió él—. Fue hace años... Todavía lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer... Aquí en este lugar jugamos nuestras hachas y martillos e hicimos cuartos a los urdroks —decía caminando a paso lento al tiempo que soltaba tajos al aire, imaginándose la contienda—. Peleamos con arrojo y, como os dije ante, a punto estuvimos de vencer al enemigo; hubo una persecución que alargóse por una buena pieza, des la primera sala fasta aquesta, y hubo muchos duelos, que la sangre lamía los suelos que agora vosotros pisáis. El nigromante Shargandor, que todo veía desde allá —señaló un zócalo sustentado por un pilar— bajó y se entremetió en la pelea, utilizando sus poderes oscuros para petrificar a mis hermanos. Terminamos siendo apresados por culpa del material que nos dio la vida... ¿No es irónico eso?
Cuanto más se adentraba en su relato, tanto más invadía la nostalgia al enano, pero, con todo esto, continuaba pasando cabe las figuras de piedra. A la de veces agachaba la cabeza y veía los astiles de algunas flechas quebrados. Eso mesmo, de los urdroks, las cimitarras rotas y los escudos abollados.
Los restos yacían en el suelo, en los huesos y enmarañados de telaraña; sin embargo, eran muy pocos, pues los soplidos del viento y el paso de los años habían corroído las carnes corrompidas de la mayoría, convirtiéndolas en la ceniza posada sobre el suelo. Bharamog pasó a un lado de un cadáver de mandíbula colgante, lo miró con rencor y le dio tal puntapié, que le rompió la calavera.
—Polvo sois y en polvo os convertiréis —dijo el enano.
Nuestros héroes comprendían el dolor de Bharamog. En cuanto vio él una estatua que aferraba un tremebundo martillo de armas, fuésele fincar de hinojos delante y contemplóla detenidamente. A seguida meneó la cabeza, se levantó y fue a sentarse en los escalones de junto para holgar durante un espacio. Puso el hacha en el suelo y el yelmo en su regazo. Católo. Estaba sucio. Diose cuenta desto y, teniéndolo en sus manos, le sopló y le estregó el antebrazo para lo limpiar. Estonce relució de cabo. Luego, lo colocó en un peldaño a un lado de él. Recogió a Morterlaine.
—¡Ay Beohrtok, mi valiente hermano de sangre! —suspiró Bharamog afirmando el mango del hacha en el suelo—. ¿Cómo pudo convertirte en piedra ese maldito brujo? A ti también, mío padre... Y a nuestros prûzkvral...
Los caballeros de la Legión guardaron silencio. El enano, cariacontecido, posaba las manos sobre las hojas de Morterlaine. Estaba a punto de romper en llanto.
—Mi gente ahora descansa aquí —dijo—, cuatro niveles abajo de la Sala de Varlentor, uno de nuestros magnos líderes y el primer rey de Ramkork-velâr. Dolorosamente, él atestiguó, desde allá arriba, cómo las tropas de Baldarzek nos sometían en nuestra propia ciudadela.
LIII
EL CABALLERO PERDIDO
Salieron de la floresta marchita y tomaron el paso de los pebeteros. El elfo y el mancebo cogieron la delantera, y Morkutio, habiéndose quedado en zaga dellos, se fue a la ladera de un monte en que estribaba una tumba. Algo, al parecer una inscripción, le había arrebatado la atención. Se inclinó para escudriñar la lápida, mas el harto limo que la cubría no le dejaba leer el grabado. Estonce como le pudo más la curiosidad, decidió calzar el un puño con la manga de su túnica y lo estregar contra la losa en más de una vegada.
El epitafio se fue haciendo más legible a medida que el mago le pasaba el puño. Detúvose durante una pieza y levantó la mirada al cielo. Las nubes se descorrieron con el soplo del viento y la luna, en cuarto creciente, fulgió sobre una lista purpúrea que arqueó en el cénit de la bóveda celeste. Cuando hubo bajado la vista, Morkutio descubrió algo que le erizó el pelo de miedo.
—No es posible... ¡Mi nombre está en la lápida!
Pasmado, dobló la rodilla y hundió la vara en tierra. En el momento en que se enderezó, una mano harto corrompida surgió del mantillo prendiéndolo por el un cuello del pie. E dio grandes voces porque sus amigos le acorrieran, e como no pudo tenerse en pie, cayó de sentón y tal caída le fizo soltar la vara, y cuando quiso la recuperar para dalle de palos a la mano que le prendía, otra salió a la superficie y tomóla y echóla lejos, que no la pudiese coger el mago; y cuando amagó con sacar la espada, una tercera mano le impidió que la sacase de la vaina, e mucho pasmo hubo Morkutio que creyó que los muertos le sumían bajo la tierra.

Kralkatos
Género: bestia marina
Origen: desconocido
Longitud: una ínsula en luengo
Tonelaje: 800 mil egroms
Aparición: libro segundo
Y de súbito emergió la más espantosa criatura de los mares. El Monstruo, así llamábanle los marineros al Kralkatos. Mas en esta sazón solo oiréis cómo era una cuarta parte de él, así que podréis imaginaros cuán tremebundo era al erguirse sobre las aguas. De la frente al cabo del lomo cargaba una coraza compuesta por escamas, conchas, percebes, espinas y membranas, y era tan recia que no se le podía ferir de un arpón o rejo. Había por cada costado ocho tentáculos gruesos dotados de ventosas y garfios con que ceñía sus presas, y cuatro más estrechos salían de su vientre fofo, y todos serpeaban horriblemente. Cerca de la cabeza resaltaba la grande órbita en que se alojaba su único ojo, que, entornándose, mostraba el iris cárdeno y la pupila bruna y rasgada. Intimidante. Las fauces semejaban un hondo túnel de colmillos con que trituraba cuanto pasara a través de él, fuesen peces, marineros o naos.
CLXV
EL ARROJO DEL REY LAZARUS
Y en los aljibes, Vrakok rondaba los prisioneros a las veces, que estuviesen quedos. E cuando se alongó dellos, la princesa se fue hacia la brecha del muro e pegando el ojo ende registró la trena del rey, e como violo holgando en el su camastro le fabló pasito, diciendo:
—Majestad, despertad ya.
Entonce él abrió los ojos y se incorporó en su camastro e preguntóse si era un sueño, que una voz de ángel le llamaba, mas en cabo echó de ver que aquesa voz era la de la princesa.
—¿Qué sucede?
—Ya vienen a por mí —contestó ella espantada.
Lazarus se quedó de un aire cuando esto oyó.
—¿Quién? —inquirió el monarca.
—Los urdroks. Oíd sus pisadas —volvió la mirada hacia los barrotes y el corazón le palpitó relampagueante—. ¡Ay, no, qué terrible! Se acercan.
En cuanto oyó los pasos, el rey se espabiló, abandonó el camastro y precipitóse hacia la grieta de la pared. E vido del otro cabo el ojo titilante de la doncella.
—Sed valiente, buena dama —dijo él—. Os prometo que mal ninguno os harán. No dejaré que os lleven.
Siwlana replicó:
—Es menester que no intervenga, don Enrikus.
—¿Pues?
—Ca todavía estamos vivos —respondió ella—. ¿No creeredes que, si ya lo hubiese querido Baldarzek, ya hubiera nos mandado a ejecutar?
Paró mientes el rey en lo dicho por Siwlana. Y dijo al fin:
—Sí, puede ser. Lo cierto es que mis días están contados. Si llegásemos a perder la guerra, tal como lo dijo Balthor, me cortarán la cabeza.
—Y temo que a mí me espera un destino más aciago —dijo la damisela mudando de semblante—. Presiento que Baldarzek quiere algo de mí, mas no sé qué.
—Dígote, princesa, que habemos menester fuir daquí antes con antes —sugirió Lazarus—. No sabemos si Siegfried y sus legionarios vendrán por nosotros. ¿Cómo saber si aún viven? ¿Cómo? —se llevó la mano a la frente e hincó la rodilla—. Esto no puede terminar así. Flaqueo, princesa; siento que pierdo la esperanza.
Lady Siwlana guardó la voz durante un espacio. A seguida ladeó la cabeza, llevóse la mano a la oreja y se desabrochó el zarcillo que le quedaba, pues recordaréis que el otro gelo había atado a so falcón en la una pata como prueba de vida.
—Tomad —dijo Siwlana metiendo la mano por la hendedura—. Con esto podréis abrir el candado de vuestra celda.
Abrió la palma y el zarcillo fulgió a maravilla.
—Ansí no perderéis la esperanza —aseguró la princesa.
Tomólo el rey. E con los ojos brillantes sintió que la fe le volvía. Entonces dijo a la doncella que cuando los urdroks la sacasen de su chirona, los distrajera, que él ge ocuparía del carcelero. Ella asintió con la cabeza. En este comedio una mala ventura acaeció a los cativos que Vrakok pasó cabe las jaulas e los pilló parlando por la brecha del lienzo. E harto enojo ovo él que abrió la reja de la doncella, e entró adentro e con el fumo saliéndole por las narices le gruñó; mas ante que le pusiera una mano encima, el rey comenzó de hacer gran zarabanda e se deshizo en insultos que el craso urdrok tuvo en menos a la doncella e fuese afuera para la celda del rey, e abrióla; Lazarus reculó fasta una rinconada, que fue muy espantado de veer la catadura del calabocero.
No obstante, en esto estando, los urdroks que enviara el tirano bajaron los peldaños y arribaron a las mazmorras.
—¡Vrakok! —dijo el uno.
Él se volvió, torciendo el gesto.
—¿Qué querer ustedes en mis lares?
Cuando le dijeron que el tirano los había enviado por la princesa, él se aquedó, y, conteniendo el enfado, otorgó que se la llevasen.
El rey se allegó a la verja, apretó los barrotes y demandó:
—¡Eh! No le hagan daño a la princesa.
—¡Silencio, humano! —exclamó Vrakok.
Y muy sañudo se dirigió a la mesa donde se asentaba y cogió su hacha para luego tornar con el rey.
—Si no quererte Balthor, ahora mismo cortaba cabeza tuya.
A 26 días de finalizar el proceso de edición de mi novela y terminarla por fin, he subido una encuesta para que voten en caso de que crean que alcanzaré las 2000 páginas, quedando el plazo ya mencionado y faltando 167 páginas. A las cinco o diez personas que consigan acertar les obsequiaré un ejemplar con dedicatoria especial en cuanto se publique mi novela.
CL
UNAS PUERTAS SE ABREN Y OTRAS SE CIERRAN
Entremedio de las montañas Nalbrask destacaba, labrada en la sobrefaz de la roca viva, la fortaleza de Gral’an Dhu. Terrible a la vista de cualquiera, aun para los moradores de Dwouk Tul y de Tol’an Davar. De las estribaciones del este y del oeste se empinaban, imponentes, dos torres desde donde podíase encatalejar Doomgor Mol y parte de las tierras del norte. El cuerpo del macizo, de piedra bruna, estaba compuesto por torrecillas enristradas cual lanzas al pecho, salvo que en vez de hierro tenían cúpulas de púas.
Cabo el cuerpo que oísteis alargábanse las naves laterales que enlazaban a las torres del norte y del sur, y destas torres corrían puentes hacia un destino que no quisierais saber. Mas dígote que lo más aterrador del fuerte era un bastión entallado en los picos ásperos que a espaldas y sobre el cuerpo se hacía. Aparentaba la testa de un diablo cuyos ojos y ventanas soltaban lumbre, y cuya boca servía para sangrar la escoria de los hornos a través de los conductos del fondo de suerte que, en vertiéndose la escoria miles de pies yuso, venía a formar un embalse en el que antaño fuera arrojado sir Bastelan Degaudart desque lo amatara el Gran Tirano.
Tembleteó la porta. Estonces el urdrok del corno, apostado en el mesmo balcón, vislumbró las huestes que rebullían en el patio, e dilatando los pechos llevóse el corno a la boca, e tornó a soplar recio. Abrióse Mephisbel Tor con flema. El tiro, gélido, atravesó los resquicios de las puertas.
La Legión del Medallón sintió tremer la tierra. Se arredraron tanto cuanto. Se fue colocar sir Siegfried a la vanguardia y mirando a sus hombres dijo:
—Legionarios, hoy, en este día diado, dejaremos más que nuestros corazones en el frente, y si a Yalé le pluguiera nos llevar a tierras etéreas, que así fuere. Sé que a mi lado seredes muy ardidos, y que mal ninguno les nucirá, ca el hado es generoso con quienes van por derecho. Defenderemos Eriongard hasta el postrer aliento. Habemos un privilegio que otros caballeros cualesquier no son dinos de haber: ser puros de alma y salvaguardar la paz luchando por nuestros ideales. Y agora, sea cual fuere la resulta deste encuentro, deciros he que pondremos el pecho a la adversidad y sin volver la espalda tendremos las fojas en alto fasta que arriben los refuerzos. Por jamás os amilanéis, que sois legionarios, y como tales, pelearéis con denuedo. Estamos tan cerca, amigos míos —caminó de un lado a otro, la capa flameando al aire—. ¿Recordáis el juramento que ficimos? —les preguntó, y ellos asintieron con la cabeza—. Pues cumplámoslo. ¡Seguidme al final de los tiempos y vayamos por la princesa Siwlana y el rey Lazarus! ¿Estáis conmigo?
—¡Hasta el final! —gritaron los demás.
La arenga enalteció el espíritu de los compañeros. En los albores de una batalla decisiva o aun en la postrimera guerra, pocos son los discursos que renuevan la fe de los hombres, sea cual fuere su raza, y en este caso, sir Siegfried había conseguido pegar su arrebato a los suyos, aun cuando algunos, como Vaeladox, oscilasen horas antes de las hazañas en las que antaño habían sido parcioneros. Sabed que a los nuestros poco les importaba fenecer, siempre y cuando dieran todo de sí, tal como gelo prometieran a su líder.
A lo lueñe, otra hueste de urdroks cruzó el umbral de Gral’an Dhu; Baldarzek la había mandado para reforzar a la primera. No mandó al frente los caballeros, las bestias nen los terrankors, que no creyó que fuera menester.
Mantuvieron el temple los legionarios, mas no podían refrenar el batir de los sus corazones. Poco faltaba para que héroes y villanos se enzarzaran en una batalla a muerte, y, sin embargo, era complicado prever cuánto tardarían en llegar los destacamentos de Eriongard. Mientras tanto, a la Legión del Medallón no le quedaba de otra más que hacer de tripas corazón.
La hueste de urdroks formó en sucesión a la voz de su capitán, un orwkubar armado con dos hachas; la una de hoja doble y la otra de una sola. Apartando la mano, volvió la vista a ellos, alzó el un hacha y gritó:
—¡Atacar!
Lanzaron gruñidos los soldados e fuéronse a todo correr contra los legionarios. Sir Siegfried ensanchó el pecho. Echó una bocanada. Desenfundó a Valheron, encumbróla por cima de su cabeza y hendió el aire de un tajo veloz.
—¡Adelante! —profirió el caballero en voz tonante.
E los ocho héroes se fueron para la gran hueste.
Edad: más de mil años
Ocupación: mago, sabio y líder del Alto Concilio de Hechiceros de Zolhenval
Aparición: capítulo CXXXII del Libro Cuarto
El líder, cuellierguido, gradeció los buenos deseos de su concilio e golpeteando la vara en tierra diose la vuelta e fue su vía adonde ya sabéis. Era Xeilandor el anciano más usado en encantamentos que pudiese haber en Zolhenval, y muchos decían que con la su mirada y su vara podía quebrar la más espesa de las montañas. Había las barbas canas y largas que le colgaban al pecho hechas maraña, y las cejas caídas y los ojos profundos y zarcos. El cuerpo era ligero a pesar de su robustez, y el su continente gallardo y las manos y la faz arrugados. Cubría so calva de una placa argentina engastada con diminutos carbunclos y repujados ondulantes. Llevaba una coraza acolchada, blanca como la pureza, decorada con listas azules e filos de plata. De medio cuerpo abajo le pendía una jalda entreabierta y encima della un taparrabo a las canillas. En la diestra asía el báculo sacro Xalandell, labrado en fino mármol y con piedras preciosas encajadas.
Gran noticia que me da aliento para seguir adelante con la edición del Libro Cuarto, el último de esta primera entrega. Ahora encuéntrome laborando a marcha forzada y será hasta principios de noviembre que llegaré al final del camino por que tanto afán me ha costado andar.
Antes que nada, me place informarles que actualmente me encuentro a punto de terminar el proceso de edición del Libro Tercero, el cual estará listo en un par de semanas a lo más, y posteriormente principiaré la edición del Cuarto y último libro de la primera mitad de mi Dinastía Degaudart.
Como se habrán dado cuenta al leer algunos fragmentos en su blog, he decidido narrar la novela en castellano antiguo para darle el tono épico, arcaizante y poético que tanto había buscado; para ello me di a la tarea de comenzar a estudiarlo desde que empecé a trazar el hilo del argumento, y afortunadamente, después de mucho esfuerzo y dedicación, puedo decir que he alcanzado este objetivo, que seguiré puliendo a medida que mejore mi narrativa.
Mi intención es, como amante de los libros de caballerías, hacer que este género, por medio de mi novela, se levante del lecho y vuelva a ser recordado porque no siga en el olvido, si bien sé que los verdaderos amantes de él siguen leyéndolo; además, he derrochado pasión al escribir cada una de sus hojas, pues quiero demostrarle al mundo que la literatura fantástica puede llegar a ser tan profunda como para competir con las más grandes obras sin ser denostada en absoluto por prejuicios.
El camino ha sido largo, y he pasado por mucho stress, depresiones mínimas, conflictos internos, sentimentales, familiares y existenciales debido a la complejidad de mi mente, incluso he bajado cerca de 15 kilos en los años que llevo laborando en la novela; mas creo con fervor en el sacrificio, y a pesar de los pesares puedo asegurarles que ha valido la pena, y no me rendiré hasta ver cristalizadas mis metas y llegar al culmen de mi genio, y, a la vez, convertirme, si no en el mejor escritor del género, en uno de los mejores.
CXII
LA MALDICIÓN DEL ANILLO
Hubo hace mucho tiempo un cavallero de Landubar que vivía felice cabe su muger, mas cuando ella cayó en cama insultada de la fiebre, él hubo gran duelo que sofrió la cuita que en jamás de los jamases pensó sofrir. Pasó la dueña los días en su lecho mientras su esposo le velaba, empero, cumplido el plazo de un mes, ella vino a menos y exhaló el alma. Y el caballero, al esto veer, se fue tirar sobre ella en el lecho, y muchos lloros derramó de su duelo, que gele arrancó el alma como no os lo imagináis.
En cabo diole a la su mujer un rico túmulo do yació en paz. A medida que pasaban los días el caballero, que Balian había nombre, empezó a perder su fe, y, queriendo desvanecer las penas que le aquejaban, decidió abandonar su hogar y aventurarse por el mundo en busca de una nueva vida. Mas antes fue menester que de sus padres se despidiese, y ellos, que no eran padres sino tutores, le confesaron la verdad por no ocultársela más, dado que ya no le verían otra vez. Y ansí él enteróse que era adoptado, y cuando le preguntó a sus tutores cúyo era fijo, ellos, con las lágrimas de sus ojos, le respondieron:
—Balian, maguer fijo nueso no seáis, os hemos amparado como tal, y siempre seremos vuestros padres y tendréis de nos cuanto amor anheléis. En vuestra sangre no ha más que la nobleza de un rey, un rey que hallaréis en Farandelot...
Luego que esto escuchó, sir Balian fincó muy asombrado y dijo que a Farandelot iría. Así que gradeció a sus tutores por lo cuidar como un hijo y les fue a besar las manos y partióse dellos.
Al cabo de un año arraigóse en Farandelot. Allí principió su nueva vida después de se incorporar a las tropas del reino. Con el tiempo fue ganándose el respeto de propios y extraños, pues gran destreza había en jugar la espada y liderar hombres. Escaló posiciones; se convirtió en capitán y luego en general. El arrojo residía en su corazón, y tan ardiente era que todos comenzaron a apellidarle sir Balian Corazón de Fuego. Comandó un sinfín de campañas en contra de los enemigos; urdroks, trols, morgolks y tal.
Fue, asimismo, parcionero de muchos fechos que aína llegó a convertirse en uno de los mejores caballeros de Eriongard, atrayendo la atención de uno dellos, un hombre cuya reciedumbre y fervor hacia Yalé le valieron para ser legendario entre los hombres de armas. Tal caballero, quien a la vez era admirado por Balian, le acució a que siguiese aprendiendo el arte de la andante caballería, y él gelo otorgó e sabiendo cómo era devoto, pidióle que le ayudase a cobrar la su fe, esto porque la había perdido al perder su muger; a lo cual el otro le dijo que de buen grado lo faría.
Así entonces sir Balian le tomó cariño a tal punto que llegó a considerarlo como un padre, un padre que le imbuyó ante todo la importancia del código de honor entre hermanos de armas, y especialmente la devoción para con su reino y el Señor.
Con el pasar de los meses el apego que el un cavallero le tenía al otro fue haciéndose más grande. A pesar de ser maestro y discípulo, el paladín lo acogió como su tercer vástago, pues en aquel entonces ya tenía dos; el uno llamábase Mathias y el otro Siegfried, de quince y cinco años, respectivamente. Agora os habréis dado cuenta quién era su mentor.
Una cálida mañana del año 1405, el rey Lazarus IV mandó llamar a sir Angus y a sir Balian para fablar acerca de un asunto relacionado con Dwouk Tul, la fortaleza urdrok.
XCVII
LA RUTA HACIA LAS MINAS KUL'BAL
El sol estaba a punto de ponerse; los postreros rayos se encogían temerosos ante la noche venidera. Las montañas comenzaron a pardear y los picos escarchados a relucir como coronas de plata. Las sombras, flemáticas, se expandían por las llanuras engullendo la lozanía de los Bosques Perdidos allende los terrenos anfractuosos de Karalgan Tor.
Hacia el este, la vieja montaña Barghentaj se alzaba imponente, y un arroyuelo discurría sosegado por la vertiente norte de la cordillera. A unas diez o quince leguas de allí, las teas de un campamento urdrok centelleaban bajo el crepúsculo repentino; la oscuridad ya envolvía las barracas.
Sir Dante y sir Miklos llevaban cuatro horas cabalgando. Para entonces el cielo habíase convertido en un manto de azabache.
—Nos queda mucho camino de aquí a las estribaciones de la montaña Barghentaj —dijo sir Miklos.
—Miklos —dijo sir Dante—, habrá que tener cuidado cuando lleguemos allá —le miró—; ya sabéis a qué me refiero.
—Ciertamente —asintió el centauro—. La noche ha caído, y en las sombras andan los urdroks.
No dijeron más. Con celeridad se adentraron en un valle lúgubre, pasáronlo y volvieron a las llanuras. Por ellas cabalgaron durante una pieza. Desí tomaron la ruta del norte, atravesando un grand círculo de encinas. Vadearon un riacho, encumbraron una colina y torcieron al este para llegar a las estribaciones de la vieja señora. El centauro dijo:
—Estamos en la vertiente sur de la cordillera. Ascenderemos hasta aquella arbolada —señaló un abetal—, y allí holgaremos por el resto de la noche.
—Sabias son vuestras palabras, amigo mío —dijo el cíclope—. Hemos cabalgado por horas y mi barriga gruñe; una merecida cena nos espera. ¡Y vino, por supuesto!
—Bueno —replicó Miklos—, pues calmad vuestra sed y hambre, que aún nos espera una larga subida.
—Y que lo digas —dijo Dante.
Así entonces, fuéronse al trote por un sendero de la ladera, dieron una larga vuelta y en seguida doblaron a la diestra fasta que el suelo descendió abruptamente ante ellos. Al cabo el terreno se alteó en un repecho escarpado.
Tras la pesada cuesta, los abetos se recortaron contra la piel estriada de la montiña. Ya estaban cerca del sitio do se estancarían para pasar la noche. Luego que salvaron un buen trecho, cogieron un rellano. Los brezos crecían en los recodos y en la linde del precipicio. El viento racheaba, y tan cortante era, que los jinetes se arrebujaron con las sus capas.
El pico de Barghentaj descollaba sobre un velo gris marengo, a unos seiscientos pies de los jinetes. Al fin llegaron al señero abetar. Apeóse el cíclope, ató su caballo a un tronco y lo desembridó, que paciera. Luego, sir Dante cogió su morral y echólo al suelo, y el centauro, que llevara el suyo en la barda, dijo al cíclope que lo pusiese cabe el de él, e él así lo fizo. Estonce convinieron en prender una hoguera, que la noche era muy escura e fría. Fueron, pues, a recoger algunos reviejos de abeto, para prendella. Esto hecho, se quitaron las cotas y las arrimaron al pie de un árbol. E muy fatigados echáronse sobre la yerba y metieron mano a los sus fardos; sir Dante apañó una pierna de cordero e su bota de vino, e sir Miklos un puñado de salchichas, unos trozos de queso y vino otrosí. El centauro sacó la lanza de la cuja y espetó con ella las viandas, y púsolas al fuego y repartiólas cuando estuvieron en su punto.
—Esto es a lo que yo llamo una sabrosa cena —dijo el cíclope dándole una mordedura a la pierna de cordero.
—Mañana continuaremos hacia el norte —dijo Miklos mordisqueando una salchicha—. Aún falta mucho para que lleguemos a las montañas Gröhlber —se limpió la boca con el antebrazo. Bebió un profuso trago de vino y continuó—: Dante, dime, ¿crees que existe la vida después de la muerte?
Él bebió de su bota y respondió:
—Pues no lo sé, mi buen Miklos, creo que eso tendremos que averiguarlo cuando partamos de este mundo. Aunque, por otro lado, sé que existe un paraíso do las batallas y la comida y la bebida abundan: ¡el Vakhalazdâr! ¿Acaso no creéis que sería un privilegio estar en el logar que os he dicho?
—Privilegio sería no finar —contestó el de Centuria, adusto el semblante—. ¿Sabéis?, debo confesaros que a las vegadas me es difícil olvidarme de mis cuitas.
Ante la mención, Dante paró de beber, y, desconcertado, preguntó:
—Cuitado estáis, buen amigo. ¿Por qué?
—Por el solo hecho de pensar que habemos un destino ya escrito —respondió sir Miklos. Calló por una pieza. Luego agregó—: Y más cuando eso significa que debes morir...
XCIII
LA ACRÓPOLIS DEL MONTE GALGROS
Al hilo del despeñadero sobresalía una plataforma de adoquín, y, erguidas en cada flanco, cinco estatuas de caballeros arghoran dispuestas en carrera, la espada y el escudo al frente, la vista al cielo y un halcón afirmado en el un hombro. El capitán Ikaarun fue el primero en descender a la plataforma que oísteis.
Las tropas arribaron a seguida dél. Subiendo por unas escalinatas alcanzaron el pórtico de la cibdad. Las colunas acanaladas levantábanse al par hasta topar con el entablamento sustentado por los capiteles de volutas. Bellas esculturas de arghorans, talladas en altorrelieve, engalanaban el friso.
Y frontero del pórtico quedóse sir Varekain mientra los demás andaban, y echando un vistazo al arquitrabe leyó en él, sin saber en qué lengua estaba, una inscripción que decía:
Kalem banu nex deneb eninu ur lexnev nex galnem vinu: nex Liveivua Minasgholan.
El legionario paró mientes en la leyenda que os dije, imaginándose su vero significado, y sir Ikaarun, que volvióse a la sazón, se fue a él y quitándose el yelmo díjole:
—Cautivado estáis por lo que vuestros ojos ven. Esa leyenda representa el estoicismo de nueso pueblo.
—¿Y qué dice? —preguntó sir Varekain.
Le dijo lo que vosotros ya sabéis, y fue muy ledo desto saber, que sintió que estaba en un fortín do los héroes nacían adunia.
—Agora que lo sé —dijo el de Levantus—, mostradnos, mi buen Ikaarun, vuestra Heroica Minasgholan.
Cruzaron el umbral. Sir Ikaarun miró a sus hombres.
—Los heridos vayan con los cirujanos —les dijo—, y los que no hayan menester curación ninguna, vayan a sus aposentos y huelguen cuanto les plazca. Cuando su presencia sea requerida, los llamaré.
En oyéndole, la tropa se despartió de su capitán.
Sir Ikaarun y los legionarios echaron por el norte, siguieron una larga senda flanqueada de árboles y subieron los escalones de un templo monóptero. En medio de dicho templo, levantado en mármor blanco, había un zócalo, y sobre él un gran pilón en que ondulaban las aguas límpidas. Sir Ikaarun paróse delante de la pila, cargó el cuerpo hacia adelante e fundió las manos en las aguas, e gelas enjuagó, e la cara otrosí.
—Remojad aquí vuestras manos y rostros —dijo el capitán—. Y con estos paños podréis secaros —apuntó hacia la basa que se encontraba a un lado del pilón.
Ellos se lo concedieron.
—Siento que me vuelven las fuerzas —dijo sir Varekain.
Vaeladox dijo:
—El agua fluye de pureza. Me recuerda a la de Narduk.
—Aquesta agua —dijo Ikaarun—, al igual que la de Narduk, es sagrada, mas no milagrosa, ni mucho menos puede volver a la vida, sino que purifica nuestras almas y cuerpos, bendiciéndonos cuando marchamos a la guerra. Es una de nuestras costumbres lavarnos aquí en este templo; bien que nada más los caballeros, la nobleza y los oráculos de Minasgholan pueden hacerlo. Síganme —se frotó las manos con los pañuelos de seda—, los llevaré ante nuestro rey.
Al cabo se internaron en un templo períptero. Transitaron por los pasillos. Después de un buen tramo, dos soldados salieron al encuentro de su líder. El uno le dijo en etursian:
—Vatixanax Ikaarun, genxem ur exu lunalux Minasgholan bau invua.
Él sonrió, asintió con la cabeza y dijo:
—Nevua vilux ur Minasgholan.
Luego, reanudaron la marcha y llegaron a una galería espaciosa en donde los artistas exhibían sus obras. Las estatuas de rasgos finos abundaban, tan hermosas y bien labradas que a otras personas cualesquier les hubiese llevado toda una vida poder terminarlas, pero no a los escultores de Minasgholan, virtuosos del cincel y del escoplo. Ellos ensalzaban la belleza de la figura humana.
Había entre las obras, cuerpos de damas y mancebos, enhiestos sobre basamentos o acodados en columnas. Fasta el más mínimo detalle había sido representado fielmente; ojos, nariz, boca, hebras, músculos, caderas pronunciadas, pechos lozanos. La vida mesma. Son figuras de carne y hueso guarecidas bajo una piel de roca, pensaron algunos sabios que contemplaban las obras de arte, en otro pasillo.
Aquesta era la primera sección de la galería, y en la segunda, no había escultura ninguna sino murales, amplios y fermosos, que, cincelados a maravilla, parecían se salir de su mundo pétreo.
En pasando los murales se hacía una pinacoteca; y a esta se llegaron los compañeros que, arrobados, cataban, quier los frescos, quier los temples. Por ventura cada pintura tenía una historia detrás. Y si ansí fuera el caso, muy pocos lo sabrían.
A la sazón sir Varekain se membró que las creaciones de los pintores y escultores de Levantus no semejaban siquiera en estética a las que tenía a vista de ojos.
Para informarles que finalmente la primera mitad del libro está completa y editada. Por el momento me encuentro trabajando en la segunda mitad, compuesta por el Libro Tercero y Cuarto, y estimo que para fines de Noviembre estará terminada la saga, si bien, por mejor decir, la mitad de la mitad, pues si las cosas siguen así, es probable que haya una continuación, que será donde le daré fin a la saga y también, donde se llevará a cabo la última batalla por la paz.
LXXXVIII
LA RUTA HACIA LAS MONTAÑAS DESOLADAS
El elfo se partió de su compañero. Tomó el sendero del oeste y franqueó un pasaje penumbroso. Luego, fuese al fondo del pasaje que oísteis y escudriñó los rincones. Las colonias de setas de sombreretes purpúreos y gránulos amarillos abundaban allí. Aquestas parecen ser las que busco, pensó. Se acuclilló y cuidó que las setas no fueran venenosas. Et cuando vio que no lo eran, cogió dos por el pedicelo, arrancándolas de la tierra. Estonces guardólas en una bolsita de cuero y se fue al cabo opuesto del túnel. Bajando por una pendiente, quedó ante un muro verde donde crecían muchas plantas. Contempló las diversas especies, y el dulce olor de los frutos y las flores llenó sus pulmones de vida: olía a bosque y a néctar melífero. Entornó los ojos y disfrutó de las fragancias que tanto le recordaban a su hogar. Desarraigó un llantén, un matico y una caléndula.
—Con todo esto prepararé un remedio para sanar las heridas de Varekain —dijo el príncipe metiendo las plantas a la bolsa.
Descorrió el camino andado hasta llegar a sir Varekain, el cual, des que partiera el elfo, habíase adormido. Sacó las plantas y las setas y púsolas sobre un lecho de hojas y rizomas. Cogió una roca y con ella majó los ingredientes fasta obtener un emplasto de color verdegay. El suave aroma despertó a sir Varekain.
—Volvisteis, mi buen elfo —dijo Varekain—. Agora he menester extraer la saeta del mi hombro.
—Hazlo —dijo el elfo—. El ungüento está casi listo.
El caballero cogió el astil de la flecha y atenazando los dientes tiró muy fuerte della para se la desencajar. En seguida el príncipe le ungió el bálsamo.
—En unas horas estarás como nuevo.
Discurrió una pieza. El herido mejoró al caer la noche. E como se fue sintiendo más lozano dijo al elfo que la melecina le había aprovechado hartamente, tanto que ya podía mover el hombro; el príncipe díjole que como quiera que así se sintiese, no ficiera un sobreesfuerzo, si no, la llaga gele abriría et no sería sano. Él se lo otorgó. Entonces cenaron y bebieron, y luego durmieron.
Apenas rompió el día, los legionarios despertáronse. El viaje tenía que continuar. Tomaron un parvo y frugal desayuno mientras parlaban sobre la ruta a seguir. Pasó una hora. Guardaron sus víveres y echándose las mochilas a la espalda salieron de la cueva. Reanudaron la marcha yendo hacia el oeste, para coger el río Kodonhu.
Era una mañana fría. La luz de la alborada se explayaba con flema sobre los valles y las llanuras; pero a medida que andaba el tiempo, el limbo del sol refulgía y los rayos se tornaban más vivos, como hilos tenues atravesados por parches de luz. El cielo se encelajó al cabo de una hora. Los legionarios anduvieron entre los herbazales y después por un trecho que culebreaba a un altozano, y des la cumbre abarcaron los bellos parajes. Las montañas levantábanse a lo lejos, y los cinturones de bosques corrían hacia el norte y daban vuelta al noreste hasta se perder en una hondonada do nacían los matojos y las carrascas. Descendieron del altozano e hicieron camino a través de la llanura, y salvando media milla a paso largo, subieron una cuesta coronada por un roble señero ansí muy espeso e que daba buena sombra. Y allí holgaron so la techumbre de ramas y bellotas, pues ya habían corrido por cuatro horas.
—Estamos acerca de la linde del río Kodonhu —dijo sir Varekain tomando agua de su bota—. Allí podremos nos acantonar.
—Sí —dijo el elfo bebiendo de su odre—. Nos vendrá bien dormir en comarca de las márgenes del río.
—¿Por qué? —inquirió sir Varekain.
—Ca, si bien no lo creáis, el canto de las aguas aquietará nuestros espíritus y nos dará fuerzas para continuar. La natura es dadivosa con quienes deciden hacerle compañía.
—Si es vero, me placerá acetar tal merced —dijo Varekain sacando una manzana de su morral.
—Lo es.
En mordiendo la manzana, Varekain dijo.
—Vaeladox, os quiero gradecer por haberme curado mi herida.
—No es nada —dijo el príncipe—. Recuerda que debemos permanecer unidos. Eso es lo que nos indicó Siegfried.
—Así es —asintió sir Varekain, dándole otra mordida a su manzana—. Por cierto, ¿cómo estarán nuestros amigos?
Sir Vaeladox sacó un bainayal de su morral, lo troceó y respondió:
—Espero que bien —agachó la vista y miró el pan sobre su palma. Se lo llevó a la boca, lo masticó tranquilamente y continuó—: Fiaré en Galambatu porque así sea.
No dijeron más. Desí de cobrar los bríos, los caballeros guardaron sus vituallas y ge deslizaron por la bajada. Salvaron las primeras millas a paso lento y las posteriores a paso veloz. Al cabo de dos horas el cielo se arreboló. En ante de que el sol se pusiera, torcieron a la diestra y fuéronse adentrar en un desfiladero do ficieron estanco de su marcha, para coger aire. A unas dos leguas al suroeste, un riacho se partía a la meitad de su curso en otro de menor caudal que corría por el desfiladero en el que andaban los legionarios. Vadearon la crin de agua, chapoteando y remojando los herbazales de las orillas. Sobre las cinco millas alcanzaron su destino. A la sazón el cielo tornóse purpúreo y la luna coronó la bóveda de estrellas. Apareció luego frente a ellos un río de plata que, enfilado al sur, relucía en la oscuridad imperante.
LXXXIV
LA FORJA DE LAS ESPADAS MÁGICAS
Todo comenzó a fines del año 1000 en el palacio de Enare Alöen. En aquel entonces el mundo de Eriongard y sus razas primigenias seguían recuperándose de los daños que causara la postrera guerra con el Gran Tirano. Cada civilización tornaba a se levantar para continuar con su vivienda; centauros, elfos, arghorans, enanos, cíclopes y humanos habían aprendido de los yerros en que los más habían caído, fuese por conflictos entre las propias razas o por el arrasamiento que conllevó la guerra que oís. Pero todos salieron adelante y, estando en una era de bonanza, pensaron que maldad ninguna los amenazaría nuevamente.
No embargante, los Altos Felihons tenían conocencia de que algún día el fijo del Gran Tirano se levantaría del sur, proclamándose rey de cada comarca y llevando caos adonde hubiera paz.
Parando mientes en cómo apercibirse para enfrentar dicho infortunio, los felihons decidieron buscar la manera de forjar dos espadas mágicas que, cuando llegase la sazón, serían empuñadas por las manos heroicas del águila bicéfala y del león rampante de las estrellas. La una representaría la valentía del ave y la otra la virtud de la fiera, y cuando los que las asiesen lograsen estar el uno cerca del otro, Eriongard podría ser salvado del malino tirano; mas dellos dependería un triunfo o un fracaso.
El concilio de Enare Alöen, que urdía esto que oís, estaba compuesto por tres sabios; el uno un longevo, el otro un mancebo y la tercera una dueña, tal como os lo dije atrás en nuesa historia. La dueña Ahmeljaa había nombre, el longevo Merluran y el más joven Bhelefor. En ellos recaería la creación de los aceros porque en un futuro los héroes pudieran libertar a Eriongard de la escuridad.
Tal día, en el palacio de Enare Alöen y como ansí lo amañaban, los sabios entraron en consejo.
—Para fraguar las espadas, habemos menester la destreza de una persona en especial —decía Ahmeljaa—. Porque han de saber, compañeros míos, que pocos son los herreros que pueden manejar nuestros metales.
—¿Y quiénes creéis que sí pueden? —preguntó Bhelefor.
—Complicado es, hallar un artesano que pueda siquiera fundir el helvalha —contestó la doña—; mas ahora acuérdome de uno.
—¿Os referís al hombre que habita en la señera cumbre que está al noroeste de nueso reino? —inquirió Merluran.
—Ciertamente —respondió ella.
Ante la mención, Bhelefor replicó:
—Pero es imposible, el Forjador del Pico de la Aflicción es un hermitaño, y nadie por jamás le ha visto o encontrado. ¿Por qué no acudimos a los enanos o a los cíclopes?
—Grandes forjadores de armas son los que mencionas —dijo el longevo—, mas temo deciros que ninguno de ellos posee los conocimientos para manejar nuestro hierro sagrado.
Y Ahmeljaa dijo otrosí:
—Viajar al Pico de la Aflicción, incluso llegar hasta la cima y adentrarse en lo hondo de la roca viva, será un trance para la persona sobre la que recaiga esta responsabilidad.
—¿Quién será el elegido? —preguntó el mancebo—. ¿Hago llamar a sir Náruhn y a su hermano?
Merluran miróle con fijeza, y, metiendo mientes en la cuestión, le contestó:
—No.
El preguntador se desconcertó.
—¿Por qué no?
La dueña dijo:
—Esta encomienda no es para Náruhn o su hermano, sino para alguien más.
Al oír esto, el corazón le dijo al mozo que él sería el elegido.
Y luego que metióse en su mente, Merluran díjole:
—No errasteis en vuestro juicio. Esta encomienda será vuestra prueba de fuego para que demostréis qué tan digno sois de pertenecer a nuestra congregación.
—Maguer el camino sea escabroso, yo cumpliré de buena guisa —dijo Bhelefor—. Tornaré con las espadas forjadas.
Un día después, el encomendado partió hacia el Pico de la Aflicción. La tremebunda montaña habíase convertido en la ruina de muchos caballeros, o bien héroes, o bien tontos. ¿Qué podrían hacer ellos cuando, a osadas, intentaban cruzar de cabo a rabo la vieja montiña? En efeto, calamidad de tantos y fortuna de pocos. ¡Insensatos aquellos al no retornar y perderse en sus entrañas! Era sabido que la entrada hallábase en la cresta y que en el interior, muy pero muy en las profundidades, habitaba el artesano de las armas.
El recorrido de Bhelefor duró un mes y seis días. Subiendo por el sendero sinuoso cuanto más estrecho de las jaldas, diole la vuelta al macizo de roca fasta alcanzar la cumbre. Allá suso el ambiente cargado y frígido afogaría a cualque incauto que hubiese salvado el ascenso; mas el felihon, que gran corazón tenía, arrostró tal lance y siguió andando, y luego dio con la boca del pico, y, tiritando por el harto viento cortante, se embozó aún más y se arrebujó en la su capa y entró ante de quedar envarado.
Al cabo de una longa vía se fue por un bajero y arribó a un puente de roca que extendíase por cima de un abismo tenebroso. El viento soplaba a ratos, y Bhelefor sentía mucha desolación al veer que dentro no había señal de vida ninguna que no fuese la piedra. A la sazón el felihon había perdido la cuenta de los días. Aquí la monotonía se adueña del alma, pensó. Pues cruzando la puente continuó aventurándose por los lúgubres pasajes de muros estriados. Descendió durante una buena pieza y entonces oyóse el estrépito de un metal hiriendo otro metal. ¡Clang! ¡Clang!
—¡Oh, cuán dichoso soy de oír siquiera un ruido después de tanto tiempo! —dijo Bhelefor para sí.
Veyendo de do provenía aquel sonido, el felihon alargó el paso hacia allá. Metióse a dentro de un túnel hecho a modo de escalera de caracol que bajaba fasta lo hondo de la montiña. A medida que fue salvando los peldaños, un viento ardiente le dio de pleno en la faz, por tanto, como no pudo sufrir tal ardor, se desembozó, que no le faltase el aliento. E al cabo llegó a las profundidades. Ende o seía, los estancos de magma rebullían iluminando las paredes de un rojo tan vivo que a las vegadas fería la vista.
En saliendo de un túnel y yendo por otro, divisó al fondo deste la silueta de un hombretón. Hacia ella dirigióse para coger una cámara en que la piedra había sido entallada con arte a comparación de la aspereza del pasaje anterior. Y, trasponiéndose en un pilar, Bhelefor vigiló al hombre de piel colorada, perlada en sudor y cubierta de tizne. Había la calva luciente y el pescuezo grueso y las barbas longas y rubicundas y los pechos y los brazos fuertes y pelosos y las manos grandes y encallecidas. La anchurosa cinta traía enfajada de cuero en una jalda revestida de malla que le pendía a los muslos, y coraza ninguna le guardaba más que dos cinchos claveteados y dispuestos al sesgo sobre los pechos. Asía un macho con el que forjaba tal espada.
Otro fragmento del Libro Segundo: la ninfa de Haenodoru
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LA NINFA DE HAENODORU
El fondo ojo borbolló incesante; una luz esmeralda rieló en las aguas, que, envueltas en nublos, hicieron emerger a la ninfa de Haenodoru. Era fermosa sin igual. Había los luceros verde esmeralda y los bezos carnosos, los pechos y muslos lozanos y la vedeja luenga y ardiente caída a la espalda. Traía una cota de malla argéntea escotada de tal modo que los sus pechos resaltaban a primera vista. No iba en cabellos sino que llevaba una cofia de oro de rica hechura. Una halda de malla corta pronunciaba sus caderas, y ajorcas de oro repujado ceñían sus antebrazos y gargantas de los pies. Quedóse queda por una pieza. Luego, andando sobre las aguas límpidas, se allegó a las márgenes del manantial y presentó la espada Virthandar, cuya hoja reposaba tendida en sus delicadas manos.
—Tolnhae, calonha beleuha —dijo ella mirando al zagal.
Sir Arkivahl alargó la mano y cogió por el puño la mágica espada entre luces platinadas y polvo de estrellas. Hermosa como su similar Valheron; al igual que con aquesta, todo aquel que asiera a Virthandar cargaría en la responsabilidad de utilizarla en nombre del bien y no del mal. El agua perlaba la hoja de acero, helada cual glaciar. Si uno estocaba con ella, sentiría que acero ninguno llevaba en mano sino un golpe de viento; y si un mandoble diera, sería tal el golpe, que un cataclismo podría sentir la mano que la jugase. Vegetales entallados en el oro de los gavilanes y los zafiros que en ellos había engarzados, resaltaban la finura del puño de la espada.
XXXV
UN ATAQUE INESPERADO
Nuestros héroes despertáronse con los albores. Salieron de Farandelot después de tomar un desayuno frugal.
La princesa, que vestía su cota de plata, fue escoltada de la siguiente manera: sir Vaeladox, el centauro y el zagal gobernaron la vanguardia; sir Varekain, sir Dante y Morkutio la retaguardia y Siwlana hubo quedado en el medio.
Atravesaron las praderas del noreste y subiendo por una cuesta se internaron en el collado de la sierra que, circuyendo las regiones meridionales, perdíase lueñe en la estribación escarpada en cuyas faldas asentábase el monasterio de Kuron-bel. Bajaron al llano y tornaron a subir a la cima de una peña do el viento ultramontano dioles fresco, e al más ir de los caballos descendieron e vinieron se encontrar un riacho de aguas opalinas cuyo largor semejaba una sierpe de plata a la luz del sol; y pronto vadearon el riacho bordeado por hierbas puntisecas. Doblaron hacia el sureste y quedaron ante el puente Drankorlak, erigido a base de losa, madera y especialmente huesos, o mejor dicho, los restos de un dragón giganteo. Desde tiempos inmemorables yacía allí, sirviendo de paso a los viajeros. Había sido uno de los tantos reptiles caídos durante las Guerras Dragonianas.
En la cabecera oeste del puente disponíase la enorme osamenta astada de quijadas abiertas y colmillos afilados, a la cual le seguían las fauces compuestas por las ijadas y la longa esquena suso del entablado que fuera estribado sobre machones. Se adentraron los jinetes en las fauces del dragón. Ayuso de la puente las frías aguas del Vernixar rumoreaban y batían los guijarros que encontraran durante el curso. En llegando a la techumbre de vértebras corvas, un cardume de salmones, yendo río abajo, viose por las juntas del tablado que golpeteaban los cascos de las bestias. Los más nadaban con diligencia y los menos emergían y tornaban a zabullirse.
Franquearon el Drankorlak y siguieron hacia el sureste. El cielo era despejado. El viento soplaba calmo. A unas cien leguas de los caballeros, se vislumbró el Monte Caristhaldan cuyos cristales, más relucientes a la luz del día, titilaban como estrellas y esmeraldas formando un pabellón de luces verdes y pálidas que ascendía miles de pies bajo el firmamento.
Tras veinte leguas a medio galope, levantáronse del suelo las monumentales cordilleras que se extendían hasta los confines de Eriongard y Sajalabar, de las praderas al desierto propio de lueñas y apartadas tierras en que moraban los hombres del noreste. Al cabo de tres horas el terreno se abajó abruptamente y llevó a los jinetes a una planicie que, alteándose en una pendiente enriscada, daba al puente Rozorh. Este paso se alongaba por cima de un abismo separado por tajados donde crecían brezos y lentiscos, y más al fondo las aguas templadas del río Mowali viajaban hacia el este.
Cuando hubieron salvado la puente, los compañeros picaron los corceles y después de casi ocho leguas vislumbraron la extensa floresta. Pero sir Vaeladox sofrenó su montura, llevóse la diestra a la frente y aguzó su vista de águila.
En esta sazón sir Arkivahl preguntó al elfo:
—¿Por qué nos detenemos?
—Tengo un presentimiento.
—Hay algo en el ambiente que no me gusta —dijo la princesa.
—Ni a mí... —coincidió su hermano escrutando la zona.
Los legionarios miraron al derredor. En este comedio sir Vaeladox se apeó de su caballería, y, suspicaz, dobló la rodilla y pegó una oreja al suelo. Lo que oyó le pasmó.
—Tenemos problemas, y muchos.
—¿A qué os referís? —le preguntó sir Varekain.
—Pasos. Una gran hueste se aproxima a la boca de la floresta.
Y el elfo no estaba equivocado: una sección de urdroks se desplazaba hacia el Bosque de la Perdición. Los caballos, barruntando el peligro, relincharon con estrépito. Ni con tirar de las correas pudieron apaciguar las bestias, que, medrosas, comenzaron de golpear el suelo con los cascos e los relinchos fueron más fuertes. Estonces el enemigo detúvose a lo lejos, y el que comandaba la hueste, un temible orwkubar, dijo a sus hombres:
—Ser caballos. Alguien estar cerca.
Un soldado añadió:
—Huelo carne de humano, de elfo, de cíclope y de centauro.
—Marchad a paso veloz, ¡ya! —gruñó el líder.
Y se aviaron hacia nuestros héroes. Al tiempo, Miklos dijo:
—Será mejor que entremos en la floresta, porque si no...
Un bramido le interrumpió.
—¡Urdroks! —advirtió el elfo atisbando al enemigo—. Miklos, protege a mi hermana.
—Con mi vida, Vaeladox —dijo el centauro terciando la lanza.
—¡Varekain, Morkutio, vosotros con Arkivahl! —gritó el príncipe—. No le dejen solo. Tened cuidado con el orwkubar.
Ellos le atendieron. Y todos, en formación cerrada, espolearon los caballos y fueron al encuentro del enemigo. Sir Dante traspasó el tropel con tal denuedo que con la una mano gobernaba las riendas y con la otra asestaba martillazos en las cabezas de sus contrarios.
Sir Vaeladox, que buen jinete era, corrió a rienda suelta y tensó el arco. Las flechas zumbaron a uno y otro cabo, envasando los pechos de muchos orwkgra. Sofrenó el su corcel y desmontó de un salto. Desnudó los cuchillos. Dos enemigos le salieron al encuentro con hachas en alto, mas el elfo agachóse para esquivar los golpes y de sendos sablazos le partió al uno un brazo e al otro la barriga, e al uno que no muriera, le cortó la cabeza. Mirando los cuerpos tendidos a sus pies, el legionario, solemne, blandió los largos cuchillos.
Por otro lado, sir Miklos, que guardaba la doncella con brío, calaba su lanza y a fuerza de punzadas y coces hacía recular al cerco de urdroks que por todos los medios intentaba llegar a su protegida. Ella, mañosamente, tiró de la espada y soltó tajos a diestro y siniestro desde la silla de su unicornio. Y en cuanto podía asestaba el arco, lanzando dardos al enemigo. En esta sazón descabalgaron los demás compañeros. Morkutio encajó la vara en tierra y despidió un impulso de energía que reventó los vientres de una línea de orwkronk. Los más, vomitando sangre, viniéronse abajo.
XXX
LA HISTORIA DETRÁS DEL EMBRUJO
Descubriéndose, el mago se fue para los recién llegados, el centauro en pos dél. Ambos miraron con extrañeza al caballero de la cota escarchada.
—Abrid bien los ojos, Morkutio —dijo sir Arkivahl.
—Amigos míos —dijo el elfo—, he aquí a Varekain.
—Es verdad; es el mismo rostro y los mismos ojos —notó sir Miklos—. Aunque, hay algo diferente en él...
—Y no os equivocáis, mi buen Miklos —dijo sir Varekain—. Todo tiene una razón de ser. Vime forzado a finar en vida, olvidándome de las cosas bellas y del amor cortesano, pues jamás sentí congoja ninguna que fuese capaz de hundirme en un profundo foso de lobreguez del cual emergí fasta que fui despertado de mi letargo. Esto se los referiré con más calma en un momento. Por de pronto, ¿a qué esperan para darme un abrazo de bienvenida?
Ellos lo fueron abrazar sin reparo.
—Pero cuéntanos, ¿qué te pasó? —preguntó Miklos.
—Sentémonos para atender su relato —instó Vaeladox.
Antes, el joven Degaudart llamó un sirviente y le ordenó que trajera vino y fruta. Así pues, cuando la mesa estuvo puesta, los compañeros bebieron y comieron. Afirmóse Varekain en su silla e meneando su copa fizo arremolinar las aguas tintas. En viéndolas dijo:
—Bueno, amigos míos, la historia de cómo el hado me despojó de mi vida y de la doncella que jamás pensé perder acaeció así...
Cuando se hubo desunido la Legión del Medallón, sir Varekain tornó a Levantus donde el rey Theiobal púsole al mando de sus tropas después de sir Gaelrow, un buen amigo suyo. Un día llególe una misiva de Morkutio convidándole a pasar unos días en Zolhenval, el mágico reino de los hechiceros, las brujas y los prestidigitadores. Pidió en esta sazón la venia a su rey para que le dejase partir por unos días. Otorgado el asenso, se montó en su corcel y galopó hacia su destino sin imaginarse la grande felicidad que allí encontraría por vez primera.
El día en que arribó a Zolhenval a los Altos Hechiceros les plugo mucho su visita, pues tanta prez había el ex integrante de la Legion del Medallón, que era de esperarse su buen acogimiento. Y así, él y Morkutio dieron un paseo por la ciudadela. Durante el trayecto detuviéronse a media calle para admirar una multitud de magos cuyos trucos, ilusiones, fuegos artificiales y hechizos pomposos entretenían a niños y niñas cualesquiera que pasaran por allí; siendo los menos, los ancianos y las damiselas. La bulla era tremebunda. Al centro del corro formado por los chiquillos y los mirones, entre ellos sir Varekian y Morkutio, un mago de barbas canas hurgaba dentro de su sombrero de ala ancha y copa puntiaguda y en un parpadeo sacaba la mano y un conejo prendido por las largas orejas, y cada vez que esto hacía, los niños retozaban. Otro mago, menos provecto, levantaba los brazos y trazando pinceladas con los dedos creaba dragones de chispas doradas y escarlatas. Todos palmoteaban en el acto.
A esta sazón Varekain se escabulló de Morkutio, y, volviendo la mirada, sonrió al verlo embelesado por la maravilla de contiendas entre los dragones de ensueño que agora aleteaban y expelían fuego. Tomó, pues, un sendero que se alongaba hacia un jardín de flores olorosas y perfumadas. Estonces ella apareció al pie de un castaño. Era fermosa como ninguna otra doncella de Zolhenval. Vestía ropajes de fino brocado. Había los cabellos brillantes como el oro, longos y sedosos y caídos sobre los delicados hombros. Caminaba con tanto primor que parecía que un lecho de rosas ardientes caía del cielo a sus pies. Los sus ojos eran grandes y seductores, y zarcos como la esfera. Era la pura bondad andando. El caballero estaba cautivado. Ella mirábale con verecundia, sonriendo de tanto en tanto, y él sentía que el corazón se le salía del pecho. El amor.
¬—Saludos, buena doncella —dijo Varekain acercándosele.
—Mi señor —expresó ella—, os habéis acercado a mí sin el menor disimulo cuando a mi madrastra no le place ver cabe mi lado hombre ninguno. ¿Sois vos tan valiente como os veis? Debéis iros, que ella se enfadará comigo. Por favor, buen caballero de ojos bellos.
—No puedo irme sin saber más de vos. ¿Tenéis un nombre?
—Vaelkina soy —respondió ella—. Venid, pronto.
Y ella, asiéndole de la mano, le llevó fasta un arco donde se guardaron.
—¿De quién os escondéis? —preguntó él.
—De mi madrastra. Ella es mala y me cela sobremanera —asomó la cabeza y tornó a mirar al caballero.
—No me ha visto —dijo la doncella.
—Conversemos entonces —pidió Varekain.
—Es que no puedo —replicó Vaelkina.
El legionario la miró con ternura, apartóle el pelo de los ojos y díjole:
—No temáis, que yo contentaré a vuestra madrastra en caso de que nos descubra.
—Gracias. Yo te he dicho mi nombre, ahora dime el tuyo.
—Mi nombre es Varekain Colwyn de Levantus —dijo él—. Es para mí un placer conocerte.
—Igualmente.
En esto se oyó una voz lúgubre que decía:
—¡Vaelkina, Vaelkina! ¿Do estáis que no os veo?
Y la damisela se sobresaltó.
—¡Es ella! —exclamó posando las manos sobre los hombros del caballero—. Debo irme, Varekain Colwyn. Jamás olvidaré tu rostro ni tus ojos ni tu boca.
—Pero dime, ¿te volveré a ver?
Vaelkina alejóse de él, y, volviéndose, asintió con la cabeza.
—¡Ay, amor mío, me habéis flechado cuando menos lo esperaba! —suspiró él apoyándose de espaldas al arco.

Sir Miklos Shartan de Centuria*
Este bravo centauro, uno de los siete ex integrantes de la antigua Legión del Medallón, es un caballero en quien siempre se podrá confiar y que, una vez ganando su amistad, puede llegar a convertirse en un compañero leal que siempre velará por el bienestar de aquél que luche a su lado. Personaje importante en la Dinastía Degaudart, pues cuando la desventura se abate sobre un aliado suyo y también ex legionario, éste le pedirá que se convierta en el bienhechor de su hijo, quien se verá obligado a tomar su lugar y a cumplir su postrer deseo que le llevará a una grande aventura llena de lances y enemigos terribles.
*Sir Miklos Corazón Leal de Centuria. En la lengua vlanderhan de los centauros de Eriongard, shartan proviene de las raíces sharug, corazón, y tanoga, leal.
XLVII
SIEGFRIED Y SIWLANA
Los días se sucedían soleados. Todo era paz a la sazón. Partió Siegfried a buen temprano encabalgado en so caballo; en la víspera él y la princesa elfo habían acordado cabalgar juntos a la hora de tercia. Encontróse con su amada en la cabecera de la puente Prinweldu. A Siwlana mucho le plugo lo ver, e montada en su unicornio le dijo:
—Amor mío, ¿sabéis a do iremos?
Él picó espuelas y se legó a ella.
—Dígote, mi princesa, que iremos adonde el hado nos lieve.
Estonces metieron piernas a las bestias e galoparon por la llaneza. Al cabo se internaron en un pinatar. Apeóse Siegfried e luego la doncella, ataron las monturas a unos pinos e quitáronles los frenos, que paciesen de la yerba verde. Entonces el caballero alargó la mano y dijo:
—Venid, amada mía.
Ella le tomó de la mano. E comenzaron de andar entre la espesura. Cataron los altos pinos que figuraban las vergas de un navío surcando la mar verde; el viento, calmo, impulsaba las pinochas cual si fuesen las velas. El olor a trementina trascendía en el ambiente. Correa. Bella era la frondosidad de la floresta. Veeron alueñe una fuente de la que nacía un arroyuelo que, rumoroso, serpeaba hacia una hondonada herbosa y ende adelante empinábase fasta se perder en un declive.
—¿Adónde me lleváis, querido? —inquirió la doncella.
—Ya lo veréis —respondió él.
Dieron con la fontana. A la vera de las aguas se tendieron, e ella gele arrimó e católe los labros, e el su corazón batió tanto que pensó que se le saldría del pecho. E Siegfried estuvo quedo, admirando la beldad de la muger elfo. E como tanto ardor había en ellos, besáronse, y él le ciñó la cintura pronunciada, e levantándole la halda tocó sus muslos. Lo despojó Siwlana de su cota y le tentó los fuertes pechos, e comiólos a besos, e luego ambos fincaron desnudos y siguieron se amando a tal punto que deste vicio no os contaré ál; mas dígoos que Siwlana dejó de ser doncella para ser dueña.
Al poco tomaron una siesta. Despertaron luego. Se vistieron y el caballero echóse de bruces al hilo de la fuente e bebió del agua; la princesa se acicalaba los cabellos. Estonce sir Siegfried se fue a ella y le besó la frente. Alejáronse de la fontana, doblaron a la siniestra y remontaron una pendiente. Hubo un trecho en que el verdor del suelo mudó a tierra fresca. Franquearon la derrota y verdeció nuevamente. Llegaron a un claro. Los rayos del sol caían de travieso sobre los enamorados. Y allí, Siegfried tomó de las manos a Siwlana.
—Eres el amor de mi vida —dijo el legionario.
—Siegfried... Te amo —dijo ella.
Y se besaron. Luego, salieron de la floresta y se detuvieron en un campo de flores. Revoloteaban las mariposas. El viento soplaba calmo. Algunas veces, cuando racheaba, las melenas del caballero y la princesa flameaban al aire. Ellos, asidos de las manos, daban vueltas y danzaban sin dejar de mirarse ni de sonreír. Eran felices. Los herbazales se sacudían al viento. E como dieron tantas vueltas, sintieron que se les iban los pies, e sir Siegfried trujo contra sí a la dueña de tal guisa que ambos dieron en tierra, ella encima dél. Con un gesto sereno, sir Siegfried preguntó a su amada:
—Siwlana, ¿cuánto me amas?
Ella miróle con ternura.
—Te amo más que a mi propia vida. ¿Y tú? —inquirió—. ¿Cuánto me amas?
Aprendí la belleza interna de la metáfora y la poesía en mis primeros años; luego, tuve el honor de leer la prosa de grandes autores de la literatura universal, de los cuales aprendí mucho; Goethe, Cervantes, Víctor Hugo, Dumas, Robert E. Howard, Chetrién De Troyes, Sir Thomas Malory, Homero, ¡uf! larga es la lista. La más monumental influencia que tuve y que jamás me cansaré de agradecer fue la de mi tío, el literato-compositor-periodista-hombre brillante Mauricio González de la Garza (QEPD).
Me considero un escritor visual y creo que después de tres años de arduo esfuerzo finalmente he hallado mi estilo narrativo, rimbombante, estético, épico, lleno de naturaleza, de vida, de pasión. Así soy yo, apasionado, y la fantasía heroica guarda un lugar especial en mi corazón. Soy pues, tan sólo un novel con hambre de triunfo, un novel en espera de publicar su ópera prima...
LOS CUERNOS DE LA ESPERANZA
Turbáronse los enemigos al escuchar los ángeles diciendo sus cantos más arpados, como bajando del cielo a las montañas; melodía asaz hermosa para las oídos de los héroes y sin embargo horrísona para los de los bellacos. Eran, pues, coplas harmoniosas que ensalzan la fe y la esperanza. Dignas sol de los Cuernos de Eriongard. E tal maravilla fizo sentir a los compañeros que unos brazos diáfanos, cuyo candor desprendía lucecitas chispeantes, les guarecían no ya de las mesnadas de Baldarzek sino de lo malino de las tierras yermas que pisaban.
Pese a que sus cuerpos fueran llagados e sus cotas estropeadas un poco, tomaron braveza para ser en pie de guerra una vez más. Compartieron miradas, los ojos abrillantados e las faces algún tanto tiznadas. Y el enemigo, pávido, comenzó a recular.
Sir Siegfried dijo a sus hombres:
—Es tiempo. Demostremos que somos verdaderos héroes.
Anunció la aurora el arribo de los refuerzos. Fue entonces que, en la cima de las colinas del poniente, extendiéronse las líneas de jinetes impávidos. Los corceles relincharon, e los que gobernaban los reyes e los capitanes, piafaron en mientra sacudían las negras e blancas crines. Otearon los aliados el horizonte, que clareaba tanto cuanto. Por vez primera el sol verecundo despertó de su letargo; unos hilos de oro, aunque gráciles, rompieron la lobreguez del cielo.
Las huestes enemigas se abrieron despavoridas de modo que, alongándose unas cuarenta yardas de los legionarios, vinieron a dejarlos en medio del cuerpo de la batalla.
Y en lo alto de los promontorios, esplendían las lorigas de los aliados. Los pendones, enarbolados, ondeaban con el viento matinal, no tan frío como la víspera. El sol se recortó en los nublos, y el rojo dorado demudó a un rojo sangre, como el color que mancharía las Tierras Prohibidas.
Veendo el sol sangriento e las colunas de jinetes e caballos, las falanges de Baldarzek arrugaron los afeados rostros. Gruñeron. Dijeron mal. Esputaron.
En la eminencia del este aguardaban las tropas de Sajalabar, Levantus y Minasgholan. En la del sureste, las de Farandelot y Eneranul con sir Aneldaen, Brohlka y Zoldak, quienes habían dado con ellas en la una cabecera de las Puentes del Devenir. Por último, en la del noreste, las de Centuria y Umanbakol.
El viento racheaba. Los pendones seguían tabaleándose. Caballos y uroloms se apaciguaron. Estonce reyes y capitanes dispusiéronse delante de cada destacamento y miraron con fijeza a sus hombres. Pero antes que hablara ninguno, sir Ikaarun mandólos ayuntar e díjoles que habían menester fablar para concertar cómo atacarían al enemigo, e así mesmo que él, después de fablar con el su rey, había tomado una decisión; a lo cual los otros le solicitaron que les dijese cuál era, e el arghoran respondió:
—Majestades, capitanes, si a vosotros placiere, iredes a meteros primero en el cuerpo de la batalla, y, cuando sea la sazón, indicaré a mis arghorans que emprendan el vuelo para nos unir a la contienda y abatir al enemigo por aire y por tierra.
—¿Y qué haréis mientras tanto? —inquirió Theiobal.
—Seremos quedos, aquí, en la cima.
—Bien —asintió el monarca—. Así, si un mal nos viniera, habremos tropas de refresco.
—¿Sabréisme decir, amigo Ikaarun, cuándo será la sazón en que saldréis para apoyarnos? —preguntó sir Gaelrow.
Él, desliando un corno de marfil de su cinto, respondió:
—Cuando oigamos el toque deste corno.
Diógelo a sir Gaelrow, e él tomólo e miró so rica hechura.
—Lo tocaré en cuanto seamos flacos —finalizó el caballero.
UNIDOS RESISTIREMOS
En esta coyuntura en que el huego se expandía por el campo de batalla, los urdroks e los caballeros tenebrosos e las bestias fuían espantadizos de la lumbre, que no les prendiese. E desto que oís se valían los legionarios para los matar a mano salva. Mas en cabo el fuego extinguióse, e la niebla espesa, resulta de la pólvora e la metralla descargada de las municiones quebradas, había formado un cerco alderredor de ambos frentes. En cuanto se disipó el fumo, la lid tornó a reanudarse.
Sir Miklos, sir Dante y sir Vaeladox vieron venir una hueste de terrankors que, reptando, olisqueaba el suelo cubierto de ascuas. La vaharada a carne abrasada y hierro fundido aún trascendía en el ambiente. Se alzaron los hombres topo y al más ir pegaron un grande salto que pasaron sobre el elfo y el cíclope de guisa que cayeron encima del centauro, y prendiéronlo por las manos, los pies y el lomo, y la lanza otrosí que tiraron della muy recio porque se viniera abajo cabe el hombre caballo. Porfió sir Miklos en romper la presa fasta que sacó el un brazo entre dos soldados, e armado del facha diole del mango al uno en la cabeza que se le salieron los ojos de las cuencas, e al otro le tajó un anca que fue a tierra. Pero como quiera que se esforzara tanto, los enemigos le subyugaron a tal punto que vino asentar las grupas por el mucho ahogo; mas seyendo bajo la montiña de cuerpos, cobró fuerzas merced a Lamhu e haciendo un corcovo echó los enemigos lueñe de sí, y coceó en el aire a unos cuantos. Cuando se puso de pie, veinte terrankors gele tiraron, montándolo nuevamente.
—¡Malditas ratas, dejadme en paz! —profirió Miklos encabritándose.
Pronto los veinte soldados comenzaron de domeñar al centauro, e de la cruz fasta las ancas le montaron, e luego le atenazaron con los brazos el arca, el pescuezo y las manos, que no le dejaron tomar un respiro. E descargaron en él los cuchillos de suerte que falsaron la su barda e lo deslomaron ya cuanto. Aunque fuera tan cruel el castigo, el legionario lo sufría y continuaba en pino.
Y sir Vaeladox, que vio cómo era apresado sir Miklos, abrióse paso entre la turba y lanzando veloces tajos empezó a batir los contrarios que caían en tierra soltando la sangre de sus cortaduras. Estando cerca de su amigo, envainó las hojas.
—Aguanta, Miklos —susurró el príncipe, metiendo mano al arco y a una flecha de su carcaj.
Tensó el arco. Cayeron los soldados menos el postrero, que clavó la su daga en el hombro de sir Miklos, y sintiendo él la ferida, maquinalmente cogiólo del brazo, arrojólo al aire y puso enhiesta la lanza en manera que al caer el artillero, fue empalado, y mucha sangre echó por la boca que los estertores le vinieron y fue muerto. Bajando el asta, el de Centuria despegó el cadáver con el un casco.
Se llegó Vaeladox a Miklos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, dándole una palmada en la barda.
Sir Miklos llevóse la mano a la herida y contestó:
—Es solo un pequeño corte en el hombro. Gracias por quitármelos de encima.
Otorgó de cabeza el elfo y dijo:
—Vayamos por Dante.
—Adelantaos —dijo el centauro afirmándose en las grupas. Ensanchó el pecho y sacudió la lanza, para limpiarla; una tripa cayó al suelo—. Aguardaré a Siegfried y a los demás.
—Bien —asintió Vaeladox.
Y, dándose la vuelta, se alongó una buena pieza.
Por su parte, sir Dante esgrimía el martillo y aplastaba los enemigos que se interponían en su camino. Su arrebato era feroz. Lüngerthon hacía temblar la tierra. Así como oís continuó contrastando los embates de las huestes del tirano.
—El enemigo no se da por vencido —se dijo a sí mismo Dante—. Miklos, Vaeladox, necesito de vosotros. ¿En dónde estáis?
En tanto, sir Siegfried y los que le seguían apuraron la marcha para se juntar con los demás. Cada quien luchaba por su lado.
—¡Compañeros! ¡Seguidme! —voceó Siegfried después que derribó a tres caballeros de las tinieblas.
Oyeron ellos la voz imperante de su líder, mas las huestes los hostigaban que no les permitían ir adelante. Por ende, antes de nada fue menester que se ocupasen de sus contendientes.
Sir Varekain y Bharamog dieron muerte a los urdroks y terrankors que los cercaban. Luego, se toparon espalda con espalda.
—Estos terrankors me repugnan —gruñó el enano asiendo el hacha a dos manos.
—Es tiempo de que prueben nuestros aceros —dijo Varekain calando la espada—. ¿Estás conmigo, Bharamog?
—Desatemos el infierno, amigo mío.
INGLATERRA ANTE LOS OJOS DE LA MALDAD
En salvando el pasaje, Shargandor subió la grada que al pie del púlpito se hacía, e así quedó delante del espejo cuadrilongo. Escudriñólo. El azogue que recubría el cristal ondulaba como si una piedra se hundiese de repente en las turbias aguas de un pantano, un pantano del cual se desprendían vapores y rostros macabros, que lanzaban quejidos y siseos pavorosos.
Había a los flancos del brujo dos estatuas de demonios agazapados, doblados los lomos e encogidas las alas tras sí, salientes las cuernas, abiertas las bocas; e el fumo salía por las narices e las fauces, serpeando, e en las cuencas de sus ojos centellaba una luz rojiza. Os digo que eran horripilantes, mas no tanto como lo que el brujo estaba por ver.
—Despertad, Gorzaël, despertad —pronunció Shargandor.
E el cristal del espejo comenzó de vibrar; algo estaba despertando de so profundo sueño. Estonces entre los rostros de niebla se formó uno tan espeluznante que hizo retroceder al invocador. ¿Cuán horrorosa no sería aquesa faz? Era una muger de carnes lívidas, labios resecos, mejillas sumidas y profundos ojos negros en los cuales anidaba una vorágine de odio, como una tempestad que diezma cuanto a su paso encuentra. Las longas guedejas canas le flameaban al aire, saliéndose del espejo ya cuanto. Un ópalo relucía en medio de la tiara de plata que ceñía su frente. El marco de oro, ricamente repujado y con rubíes incrustados, encandecía a medida que la mujer siseaba tenebrosamente.
¿Quién era ella?
Según las leyendas de Eriongard, hubo una vez una doncella llamada Gorzaël, la cual, cierta noche, despareció sin dejar rastro. Se sucedieron los días sin que se supiese cosa ninguna della, e su padre, el rey Dürgenheist de Farandelot, mandó las tropas que la buscasen, e cuando tornaron con las manos vacías e noticiaron al rey, él desplomóse porque no vería más a su fija. E al cabo descubrieron en el reino que los sirvientes del Gran Tirano la habían raptado e llevado a su fortaleza, donde terminó cediendo ante la tentación de malinos placeres que por jamás imaginó veer ni sentir, sin saber que su lozano cuerpo e ánima serían esclavizados de por vida.
¿Qué sucedió después? Agora no os contaré nada más, que el autor dice que la cuestión se desvelará en un futuro.
—¿Quién osa despertarme de mi letargo? —inquirió Gorzaël.
—Soy Shargandor —respondió él, apoyándose en la vara—, heraldo de Baldarzek, rey de Gral’an Dhu.
—Mi fijo... —susurró la cara del espejo—. ¡Ay, mi fijo! ¿Adónde está él?
Al esto oír, el brujo se azoró. Agachó la cabeza y contestó:
—No os preocupéis, que yo le guardo a conciencia, mas dígoos que él ha menester algo de vos.
—¿Qué? —preguntó ella—. Lo que quieras saber, yo lo sé —enfatizó—. Dime, pues.
—Quiero que me digas cuanto sabes del país de Inglaterra —pidió Shargandor.
—Mirad dentro de mí —instó Gorzaël—, mirad y descubriréis lo que demandáis.
Salieron del espejo los cabellos de la mujer y haciendo culebras rodearon la cerviz del nigromante, y luego alargó los brazos escuálidos y tomólo del pescuezo y trájolo hacia el espejo de manera que hundióse en el azogue la caperuza fasta los hombros. Estonce Inglaterra apareció ante los ojos de Shargandor.
—Pero ¿qué país es aqueste? —se preguntó el brujo viendo los edificios, los árboles y la gente paseando, y los coches que iban y venían por las calles—. Es un mundo nuevo el que veo, y ¿qué son esos monstruos mecánicos que chirrían? Qué interesante...
A la sazón la espantosa faz de Gorzäel veló lo que el hechicero cataba, e ella riendo, llamóle para que entrase al espejo, e él, pasmado, sintió un ahoguío que las aguas del azogue le tragaban. Entonces aferróse al marco por no irse, e echando el cuerpo atrás muy recio, sacó la cabeza del espejo. Jadeó.
—¡Bruja! —increpó Shargandor calando la vara—. Que me querías robar el aliento.
Ella río.
—Tan solo quería daros un beso —dijo contorsionando el pescuezo.
—Calla, y dime qué veeron mis ojos, si no quebraré vuestro espejo porque ya no salgáis dél.
Ante la mención, Gorzäel se acongojó y dijo:
—No lo hagas, que ahora te diré todo. Inglaterra es un país lejano, tan lejano que sobrepasa las estrellas. Allá viven los humanos, y usan artefactos extraños con que laboran o se trasladan.
—Será, pues, una gran conquista para mi señor —dijo Shargandor.
Gorzaël replicó:
—Pero debes saber algo...
La mitología de Eriongard crece a medida que pasan los días. A veces siento que la saga se me va de entre las manos: es un gigante que está cobrando vida. Una obra monstruosa que, hasta hoy en día, abarca más de 1500 páginas sin haber finalizado la edición. Si bien se supone que estoy editando solamente, las páginas siguen incrementándose maquinalmente como hacía referencia a priori.
Espero contarles los sucesos más relevantes, y eso implicará años de trabajo, pues siendo la dinastía en cuestión un vasto semillero de héroes y leyendas, también lo son las historias y tramas que darán pie a muchas novelas en el futuro. ¡Y qué decir de las lenguas de Eriongard, su gramática y sus alfabetos que aún necesitan trabajarse sobremanera!
¿Habrá una editorial que se envalentone a publicar la saga de un novel apasionado en lo que mejor sabe hacer y sin embargo desconocido pero con un gran potencial imaginativo e intelectual?
Eso, sólo el tiempo lo dirá. Pero lo cierto es que de una cosa estoy seguro: tengo hambre de triunfo y sigo esforzándome al máximo para llegar a ser el nuevo genio de la literatura fantástica.
CXXXIII
LA PETICIÓN DE ANELDAEN
Apenas despuntó el día, sir Aneldan partió de Eneranul encabalgado en su corcel Aguablanca. Yendo su vía al norte, torció hacia el este y siguió la mesma ruta una vez que cruzó el puente Drankorlak. En las más lueñas y apartadas regiones del septentrión, que otro jinete ninguno salvo el elfo podría admirar con los sus ojos de águila, la bruma pálida costeaba las faldas del Monte Caristhaldan, y los picos cristalinos descollaban por cima del vaho que demoraba en las márgenes del río Vernixar.
La mañana no era tan fría como la víspera, mas el viento, aunque manso, traspasaba las carnes hasta los huesos. Los pedernales, ahondados en las estrías de Caristhaldan, brillaban algún tanto maguer fuesen empañados del fresco. El elfo corría a rienda suelta que no podía admirar las planicies verdes cubiertas, de trecho en trecho, por una gran esterilla caliginosa. En cabo de una pieza el viento descorrió la niebla como un suspiro que escapa súpito. El suelo tornó a verdecer. El sol remontó majestuoso; los bancos de nubes alejáronse con la tramontana. Dejando arredro el puente Rozorh y cargando sobre el sureste, el jinete arribó a su destino.
Pura y resplandeciente era la arquitectura del palacio de los hechiceros, las brujas y los prestidigitadores. Las torres blancas, con cúpulas gallonadas por coronas, alzábanse del suelo de guisa que circuían la fermosa cibdad cimentada en un mármor nunca antes visto por los demás arquitectos fuesen hombres o elfos, que aqueste material semejante al que oísteis en su fechura, era atán brillante que Zolhenval podía ser abarcado des los cubos de otros reinos cualesquier aun durante el véspero. La magia estaba en él.
Zolhenval, pues, era como un diamante brillante y monumental en el cual se reflectaban los rayos del Sol y de la Luna, haciendo visos malvas, indios y verdes. Cada nave lateral se apuntalaba en un arbotante guarnecido en el arranque con vides.
En el corazón de la ciudadela destacaba una obra asaz ostentosa: el Paso de los Hechiceros. Labrada a maravilla, esta tremenda arcada, de más de cien pies de altura, componíase de tres colunas recias cada una rematada por ricos chapiteles en que se erguían, cual pináculos solitarios, las estatuas de unos hombres vestidos con túnicas barnizadas de polvo estelar. E los arcos que ge unían a los pilares eran ornados vegetalmente e arrancaban con flores y volutas fasta la meitad de cada uno. Toda la ciudadela asentábase so una cúpula límpida que, sustentada por una crucería de hilos de oro y plata, había como labor salvaguardar de los enemigos la preciada doña enclavada bajo ella.
CXVIII
LAS ENTRAÑAS DE ABISMO OSCURO
Como la lobreguez envolvía las entrañas de Abismo Oscuro, los legionarios fueron muy pasmados porque pensaron que no era día, que era noche, si en algún comedio en el día, la penumbra encauzaba los viajeros porque no les aviniera algund mal. Mas agora penumbra ninguna había, que nuestros héroes creyeron ser ciegos. Por ende, avanzaron a tiento, y lo único que escuchaban eran sus propias respiraciones y el batir de los sus corazones.
Dende a poco sir Siegfried mandó la compaña que ficiera estanco de su marcha, y, a sovoz, dijo:
—Si continuamos andando a oscuras, podríamos nos perder o parar en mal, así que dígote Morkutio que en esta sazón vuestra magia puede salvarnos. ¿Podréis alumbrar el camino?
—A fe —respondió el mago—, que mi Agernerom puede.
—Ahora es cuando lo necesitamos —dijo sir Arkivahl.
El mago cerró los ojos, alzó la vara y ni tardo ni perezoso estas palabras pronunció:
—¡Luhr radiantikus!
Vibró el cristal de Agernerom. Y de pronto una espera de luz, palpitante y hermosa, remontó lentamente por cima de los compañeros. Creció y creció hasta los guarecer dentro de una cúpula platinada. La albura comenzó de romper la tenebrosidad.
El cielo raso, escuro a la sazón, podía admirarse; las paredes de roca hendida arqueaban hasta donde abarcara la vista, y, sobre una franja de bruma, colgaban hileras de carámbanos que semejaban lágrimas gélidas.
Morkutio dijo:
—Agernerom ha traído luz a la obscuridad.
Merced al bastón de Morkutio pudieron columbrar los pasajes de Abismo Oscuro. Apretaron, pues, el paso sin saber qué lances los esperaban más adelante. Tirando al noroeste llegaron a una cava la mar de espaciosa. El olor a orín y humedad trascendía en el ambiente. Los hilos de agua escurrían por las brechas del techo y los lienzos. Las colonias de hongos habían arraigado en los rincones do ahondábase la tierra; algunos sombreretes eran de colores y otros rutilaban a la penumbra. A uno y otro cabo del sendero por que andaban los legionarios, el suelo ge fundía abruptamente haciéndose escarpado; un río subterráneo remansaba en lo hondo, la neblina se posaba a flor de agua y unos picos robustos se levantaban como torreones hacia el cielo raso.
De vez en cuando la compañía echaba un vistazo al ahondamiento que habéis oído. Más adelante fue mester que se refrenasen, esto porque una cárcava cortaba el camino; sir Siegfried se legó a la linde y reparó en cuán honda y cuán dilatada era. Y su sobrino y el mago acudieron a él para preguntalle qué harían, a lo cual Siegfried respondió que de un salto la salvarían por no estar tan ancha. Y así lo ficieron ellos, que cogiendo vuelo saltaron para alcanzar el otro cabo. Luego, se toparon con una vena de agua que, serpeando entre estalagmitas, bajaba de súbito por una pendiente y se perdía en una brecha del sudoeste.
—La roca es fría aquí dentro —advirtió Morkutio.
CXVII
CERCA DE ABISMO OSCURO
La hoguera ardía en medio de la espesura. Era una noche un tanto fría y brumosa. Un velo turbio habíase extendido de palmo a palmo sobre el suelo antes verde. Los chirridos de algunos insectos arrullaban a los compañeros, yacientes en sus lechos de hierba. De lueñe podía se escuchar el susurro de un riacho que serpeaba cabe una vereda solitaria donde crecían espinos y zarzas. Cerca de allí, un búho regordete ululaba desde lo alto de una vieja rama, y miraba a uno y otro lado, torciendo el pescuezo, siempre atento.
Al hilo de la medianoche, Morkutio despertó hiriendo el aire de un suspiro que soterraba espanto. E los insectos y el búho que oísteis arriba vinieron a callar por el lamento, y sir Arkivahl rompió so sueño que levantóse sobrecogido. Vio al mago seer en donde había fincado dormido y oyó que decía:
—¡Ay de mí!, que las pesadillas me persiguen adoquiera que voy —lamentó. Se cubrió, y, la cabeza gacha, contempló la fogata.
En esto el mancebo llegóse a él y dijo:
—Amigo, ¿qué hacéis levantado a estas horas de la noche?
A lo cual el mago, soalzando la cabeza, respondió:
—Arkivahl, lamento haberos despertado.
Se asentó el zagal cabe Morkutio y le dijo que le contase sus cuitas.
—Son las pesadillas de que te he platicado —continuó el de Zolhenval—; no sé por qué razón, pero aún me siguen hostigando sin importar en qué lugar me encuentre. Y percibo la sombra de Shargandor tras de mí.
—Sé lo que sientes —dijo el caballero Degaudart—; tú y yo habemos algo en común, y es que ambos deseamos hacer justicia y castigar a los culpables de la muerte de nuestros padres. Es difícil; cuanto más te acercas a lo que temes, tanto más empiezas a dudar de ti o de lo que haces, o por qué lo haces, y eso es solo el comienzo de la tempestad. Sin embargo, por más tremenda que fuere la tempestad, siempre llega el día en que termina por amainar. Y entonces es cuando debemos de continuar con nuestro camino, todavía hacia adelante. La justicia vendrá tarde que temprano.
El hechicero asintió con la cabeza.
—Vuestras palabras alientan mi espíritu, amigo mío —dijo Morkutio descubriéndose—. Os agradezco, y deseo de corazón que al igual que yo cumpláis vuestro destino.
—Ambos lo cumpliremos —aseguró sir Arkivahl.
Los susurros rompieron el sueño de sir Siegfried, quien dijo:
—Pero ¿cómo?, ¿se les ha ido el sueño?
Los preguntados miraron por cima de la lumbre y vieron al caballero legendario enhiesto.
—Siegfried —dijo el mago—, disculpadnos. Os hemos despertado.
—Descuiden —dijo él—. Los acompañaré un rato.
Afirmándose a un lado de su sobrino y del mago, sir Siegfried cogió una rama y atizó el huego.
—Y bien, ¿de qué fablaban vosotros dos?
Morkutio contestó:
—Solo estábamos...
De salto un siseo espeluznante acalló al mago. Siegfried irguióse de golpe y preguntó:
—¿Quién va allá?
Fueron los legionarios por sus aceros y mantuviéronse en torno a la hoguera.
—Hay algo en esos árboles —señaló el hechicero con el bastón. Volvió la mirada hacia Siegfried, y él, con una seña, le indicó que fuera a echar un vistazo.
—Cubridme —dijo Morkutio.
Se fue para una encina; apoyó la mano en la corteza y alargó la vara y metióla dentro de la obscuridad. A la sazón una liebre saltó a los pies del mago. En viéndola, los tres rompieron a reír.
—¡Una liebre! —dijo el mago—. ¡Es solo una liebre!
No obstante, las ramas de la encina se sacudieron. E unos gruñidos ahogaron la risa de los compañeros. Sir Arkivahl alzó la vista. Y estonces vio algo que lo estremeció.
—Siegfried... —le puso la mano sobre el hombro—. Hay algo allá arriba.
Una sombra encorvada, de ojos rojizos y brillantes, los acechaba desde la copa del árbol. Gruñendo, se precipitó sobre el hechicero.
—¡Urdrok! —gritó sir Siegfried.
Y él y su sobrino fueron acorrer al mago, que batallaba porque el urdrok, un orwkgra, no le fincase los colmillos en el pescuezo.
—¡Luz, Agernerom, dadme luz! —pronunció Morkutio.
A seguida el fulgor del cristal de Agernerom ofuscó al urdrok, quien desmontó del legionario y, amedrentado, vino a recular fasta se topar con los pechos del caballero legendario. Valheron silbó, y la cabeza del acechador rodó por el suelo brumoso.
CIX
LA RUTA HACIA LA MONTAÑA ABISMO OSCURO
Era un día tranquilo. El limbo del sol brillaba cual aro de luz dorada y palpitante. La arrumazón velaba el horizonte.
Y la compaña, liderada por sir Siegfried Degaudart, seguía galopando por las llanuras. Sentían el ambiente cargado, que a las vegadas el ahogo ponía flacos los caballos, y a ellos eso mesmo, aunque fueran montando. Por ende, fue menester que cabalgasen a media rienda o en ocasiones al trote, para no reventar las bestias, y cuando encumbraban una loma se detenían a coger aire. Al rato seguían de su camino.
Más tarde, cuando el sol ocultóse tras las nubes, sopló la tramontana, y los legionarios tuvieron que arrebujarse con sus capas. Y como el ambiente se limpió merced a los vientos, pudieron le dar rienda suelta a las caballerías, que cedo alcanzaron el puente Drankorlak. Se detuvieron en la cabecera y el mago dijo:
—Después del Drankorlak, solo nos faltará cruzar el Rozorh para llegar a nuestro destino.
—Y tenemos un longo viaje en puertas —añadió Siegfried—. Por lo tanto tendremos que campar cada cuatro o cinco leguas. La última parada será en el bosque Pallgur. De ahí saldremos al sureste hasta llegar a Abismo Oscuro, pero eso hasta entonces.
—Siegfried —dijo Arkivahl—, ¿y qué haremos si nos topamos con los urdroks? ¿Los enfrentaremos?
—Dependerá de las circunstancias —respondió él—. En todo caso lo haremos si es menester, pero más si se interponen en nuestra vía o nos ponen sitio. Si no es así, los evitaremos, pues no debemos derrochar nuestros bríos en esos monstruos repugnantes a menos que, como dije anteriormente, nos veamos forzados a hacerlo.
Sir Arkivahl asintió.
En seguida espolearon los corceles y atravesaron el Drankorlak. Siguieron hacia el noreste. Durante el trayecto, sir Arkivahl clavó la mirada en el horizonte; las cordilleras se recortaron en un velo zarco, y unos picos ocres asomaron en lo alto como torres de un palacio nuboso. Eran viejos centinelas que oteaban leguas y leguas de pastizales.
—Padre, si tan solo estuvierais aquí —pensó el zagal—. Tu compañía le ha hecho falta a la Legión del Medallón, pero sobre todo a mí. Ojalá os encontréis bien. Sé que me cuidáis desde el Vakhalazdâr. Júroos que pronto vindicaré vuestra muerte.
Salvaron, pues, el postrero de los puentes y a toda brida fuéronse por la llanura. Las cordilleras extendíanse de norte a sur cabo los prados y trigales de Nu’alábore. En esto el sol fue bajando entre el arrebol resplandeciente a espaldas de las montañas: en dos horas caería la noche. Mas en ante que esto ocurriese, los últimos rayos dieron de travieso en los miles de acres de Nu’alábore, en manera que centellaron a maravilla, e quienesquiera que los viesen de lueñe, como los nuestros, les semejaría un filón que no nace al abrirse la tierra sino al bañarla de la luz clara. Y refulgían todavía en la primavera, pero era en el estío, durante la siega, en que su esplendor era tal, que podíase vislumbrar des la cumbre de Eneranul.
En bajando de una cuesta, los jinetes atravesaron un terreno de maquis costeado por un arroyo que corría para el suroeste y luego se precipitaba a un despeñadero. Vadearon el arroyo, y yendo al sur se adentraron en una arbolada. Anduvieron la vía al trote cobijados por los sándalos rojos y amarillos que habían brotado en la primavera de antaño. La hojarasca cubría el suelo. El viento soplaba a ratos, las hojas danzaban a un ritmo acompasado.
Dos horas más tarde, un manto sombrío avanzó sigiloso sobre los jinetes y los árboles; la luz rehuyó de su hermana. Entonces vino la noche. Sir Siegfried miró arriba, a través de los resquicios de la techumbre de hojas y ramas.
—Ha concluido el día —dijo—. Holgaremos aquí.
LXXX
LA NINFA DE HAENODORU
En cuanto llegaron a la cámara real, sir Vaeladox, que llevaba la delantera a los compañeros, apartóse dellos cuanto más y de continente fue ante los sabios y fabló por todos diciendo:
—Majestades —les dijo—, vengo con buenas nuevas. El agua milagrosa de Narduk ha desapoderado a la parca del ánima de Arkivahl. Agora encuéntrase reposando en un rico lecho. Sir Siegfried le acompaña.
Y esto oyendo, ellos hubieron harto placer y el anciano dijo:
—Buena es, por cierto, esta nueva que nos habéis comunicado. Habíamos mucha aflicción por lo acaecido con sir Arkivahl, que por una pieza nos cayó en mientes lo nefasta que hubiese sido su muerte; porque habéis de saber, valeroso príncipe, que el zagal sustento es para su tío, y habemos menester que él no pase por cuita ninguna si tanto anhelamos que os comande de su vía por la cual podrá los llevar a conquerir al enemigo.
—Y ansí será —afirmó Vaeladox—. Estos hombres que veis —señaló a sus amigos—, más que nunca están adobados a lidiar con el arresto necesario porque el bien levántese sobre el mal. Y cada uno de nosotros daremos la vida caso que sea menester.
—Pláceme escuchar eso —dijo el longevo.
El mancebo habló.
—Entonces supongo que partirán hasta que el mozo mejore.
—Dadas las circunstancias, sí —dijo el príncipe—. Quiero pedirles, si a ustedes pluguiere, que nos den refugio y pábulo mientras él y los demás compañeros se recobran de salud.
—¡No faltaba más! —expresó el mancebo—. Denlo por hecho.
—Podéis quedaros el tiempo que deseéis —añadió la dueña.
El anciano dijo:
—Siempre seréis bienvenido, fijo de Owbeluan, y también todo aquel que os acompañe. Nueso palacio es el vuestro.
Vaeladox agachó la cabeza y dijo:
—Agradecido estoy.
—Ahora bien —dijo el más joven de los sabios—, ¿por qué no colocan sus armas en aquella mesa? Nuestros guardias las trasladarán en seguida a un lugar especial.
—¿A cuál? —inquirió el mago.
—Ya lo verán —contestó el anciano.
Caminaron a la tabla que oísteis y posaron en ella las espadas, el arco, el carcaj con flechas y el martillo.
—Ahora acompáñennos —dijo la dama.
En sazón los gobernantes llamaron un guarda y el longevo díjole que atropara a cinco elementos para que llevasen las armas de nuestros héroes a do ellos estaban por ir; y el soldado aprestóse a sus menesteres y luego con sus hombres fuéronse a la mesa y cogieron las armas; mas tan pesado era el martillo de Dante, que fue mester que no uno sino tres lo acarreasen en volandas.
Entonces los sabios levantáronse de sus sitiales, descendieron por las escalinatas y se cargaron a la salida del palacio, los compañeros y los centinelas en pos de ellos. Dieron una vuelta por la rotonda del parterre y echaron por el sendero que corría hacia el este, bordeado por dos filas de colunas de chapiteles corintios; las enredaderas abrazaban los fustes hasta los plintos.
Al cabo de un buen tramo un puente de losa se alongó delante de los andantes. Los lirios arraigaban a la vera del estanco que había debajo de la puente, y, entremedio, los somormujos nadaban dejando una estela ondeante tras sí. Cruzando la pasada, continuaron hacia el sur por un camino costeado de añosas encinas y robles.
En los prados de junto, do los árboles eran la mar de viciosos, las bellotas caían de las copas y rulaban contra la vía por la que pasaban los compañeros. A ratos los pies dellos se encontraban de los frutos de tal modo que así los apartaban de su paso. Doblaron al oeste, pasando por en medio de dos zócalos coronados con bellas estatuas de unicornios. Dende en adelante el suelo se abajó ante ellos en unos escalones que daban a una verja de plata. Cuando a ella se dirigieron, los centinelas que hacían guardia apartaron sus lanzas, y en abriendo la reja dijeron:
—Bienvenidos sean.
Quienquiera que fuese venturoso de pisar la reserva que los felihons salvaguardaban, quedaría arrobado de ver cuánta verdura nacía por do quiera, e muy espesa e lozana era que no había mundo más fermoso labrado por la natura. Los silbos de uno que otro animalito oíanse tras las matas. Un sine fine de especies de flora y fauna podían se hallar aquí. Levantábanse del suelo muchos salces y robles, cenceños los unos, corpulentos los otros, la corteza tallada por el paso de los años, que en este caso pudieran ser miles. Los jilgueros trinaban en lo alto de las copas de los árboles. Así mesmo la olorosa cáscara de los sándalos rojos y amarillos trascendía en la reserva. Danzaban los herbazales con el frescor del viento. Todo era muy bello. Tales pelargonios y espliegos asomaban entre la hojarasca. Cerca de un arroyo una camada de unicornios abrevaba mientras las largas y sedosas crines les caían por un lado del cuello.
Los felihons y sus acompañantes se enfilaron por una senda empedrada que, corriendo hasta la falda de una loma, íbase empinando a medida que el terreno se alteaba en un camino escalonado cubierto de yerba y brizna. Remontaron la loma y atravesando un jardín de geranios llegaron a un hontanar. E fuéronse para una fuente cristalina cuyo fondo despedía una serie de colunas de luces trémulas, e dichas luces semejaban el brillo de las esmeraldas, los diamantes y los topacios cuya viveza era propia de tierras etéreas en que la escuridad no tiene cabida. Los sabios, dispuestos en la linde de la fuente, se inclinaron y fundieron las manos en las aguas. Estonces el lecho del ojo resplandeció cual si un arca de oro obrizo hubiese en lo hondo. Et la compaña hubo gran pasmo cuando vio que un brazo emergía de las aguas.
LXXVI
UNA ESPADA DIGNA DE UN HÉROE
En oyendo esto, el caballero quedó tan extrañado, que presto le preguntó al elfo por qué le llamaban los sabios, y él respondióle que una dádiva le darían, pero no quiso decirle más, esto porque nada había en su incumbencia dado que los felihons le desvelarían todo lo que necesitara saber. Estonces sir Siegfried partióse a los sabios.
—¿A qué dádiva se referirá Vaeladox? —pensó al andar.
Estando ante ellos, la dueña le dijo que los acompañara, e Siegfried ansí lo hizo e fueron todos fuera de la cámara. Echaron por el ala sur y siguieron a través de un prolongado arco de medio punto. Bajaron unos escalones y alcanzaron un túnel subterráneo.
Al final del pasaje, los de Enare Alöen pausaron su andar delante de dos antiguos portones en que resaltaban inscripciones en la lengua maiësian, las cuales pronunciaron a voces. En esta sazón las puertas se abrieron dándoles paso a una bóveda recóndita. En los lienzos había pilares adosados que alzábanse del suelo al cielo abovedado, y, entremedias de ambos lienzos, una línea de arcadas la cual formaba una vía hacia el altar enclavado bajo una cúpula do un rayo de luz, centelleante y siempre vivo, caía atravesando una claraboya. La energía del sol transmitía una fuerza incomparable a la pieza de acero tendida sobre el pedestal: la espada mágica Valheron. Según las leyendas, en ella residía el poder para traer luz a la oscuridad.
—Verás, Siegfried —dijo el felihon entrado en días—, aquí en la Bóveda de la Luz yace la legendaria espada Valheron, que por años ha estado esperando al elegido que la asga. Nuestras profecías presagiaban la venida del águila bicéfala, y a la vista está, que tú llevas la señal que tanto hemos buscado.
Siegfried miró el emblema de su armadura.
—Pero ¿están seguros que soy yo...? No sé si pueda...
—Los felihons nunca nos equivocamos —aseveró el mozo—. Siegfried Degaudart, no dudes más, ve y toma a Valheron.
—No temáis —dijo la dueña.
Se derivó, pues, hacia el basamento do descansaba la pieza. Subió por las escalinatas, y estando frente a ella titubeó; alargó y encogió el brazo en más de una sazón. Sin embargo, se partió en cabo después que escuchara el susurro de una voz dulce, tan dulce como la de las fadas de las florestas, que llaman a aquellos con los que se encuentran para les otorgar mercedes inimaginables. E dígoos que esta voz que oía llamábale con fervor. Conmigo haréis justicia y nada más que justicia, decía. Siegfried se dejó llevar. Era como si estuviese en un sueño fermoso en el cual oía el canto de las arpas y los serafines.
Pero al fin apercibióse de que esa voz no era sino el acero vibrante de Valheron. Y él entendía sus palabras: el acero de Valheron y el corazón de Siegfried estaban hechos el uno para el otro. Cuando la hubo cogido por el puño, un destello aurífero recorrió la largura de la hoja hasta coronar el filo.
LXXIV
ACAMPANDO EN EL BOSQUE FELLIGARO
Al rayar el alba, el cielo tronó angustioso; los destellos de algunos relámpagos advirtieron a Farandelot de la malograda misión. Desí sobrevino la lluvia. Por ventura Yalé, los ángeles o los hermanos de armas, sollozaban a causa de tal desdicha.
Y en lo alto de una atalaya, sir Galhentor oteaba el nubloso horizonte. Cuando agachó la mirada, atisbó un corcel que corría desbocado contra las puertas de Farandelot. Por su gran alzada cuidó que era Valiente. E pasmóse al ver el jinete que iba tumbado en el fuste.
—No... —pensó Galhentor sin despegar la vista de aquel jinete—. Por piedad, no quiero creerlo...
Y volviéndose, el capitán dio voces a los guardas que noticiaran a los legionarios de la llegada de sir Joers. Ellos se lo otorgaron. Así que él bajó de la atalaya y corrió cuanto más pudo para llegar a las puertas del reino. Allí dio con la montura que, enarmonándose, batallaba porque los pajes no le domeñasen. Ellos tiraban de las riendas, pero no lograban amansar a la bestia que por momentos parecía indomable.
En este comedio sir Joers abrió los ojos y pegando los pechos al cuello grueso de su bestia, le susurró y le acarició de modo que Valiente cesó de caracolear. Los criados apearon al jinete con recaudo. Lo sentaron en tierra. Sir Galhentor se le fue hincar de hinojos por un cabo y díjole con la faz desencajada:
—Joers, amigo mío, calma, que nada os pasará.
—Galhentor... He errado...
—Ya, no hables más.
—Mi señor —dijo un criado—, ¿qué hacemos?
El capitán volvió la mirada y parándose de golpe respondió:
—Apriesa, llevadlo a un buen lecho y decidle a los cirujanos que le caten. ¡Ya!
Y dicho esto, los pajes tomaron en brazos al caballero y partieron con diligencia. Galhentor llegóse a Valiente, diole una palmada en las grupas y vio las dos saetas de pardo empenachado que en ellas tenía clavadas.
—¡Ay no, qué desdicha! —lamentó el capitán—. El buen Joers finará si un milagro no le ampara. ¿Y ahora qué puedo hacer si acaso aguardar? —cogió las correas y el caballo se apaciguó—. Llévenlo a las caballerizas y cúrenlo —ordenó a los otros pajes.
En esto los legionarios hicieron acto de presencia. Y cuando Siegfried le preguntó a sir Galhentor qué era lo que había pasado, el capitán le refirió todo lo que había menester saber. El caballero legendario dijo:
—Es terrible lo que me decís. Oraré a la hora de nona porque sir Joers salve la vida.
Sir Galhentor abajó la vista. Siegfried se allegó a él y púsole la mano sobre el hombro.
—Que Yalé le guarde —dijo Galhentor—. Siegfried, ahora dependemos de vosotros. Salvad al rey Lazarus.
—No te preocupes —dijo Siegfried—. Llegaremos a Doomgor Mol y retornaremos junto con Su Majestad. Tienes mi palabra.
Sobre la hora sir Galhentor mandó llamar a un soldado y díjole que en el acto atropara a tales hombres y fuesen al río Mehnalu para recuperar los cuerpos de los caídos, y entonces el soldado le preguntó que cómo le placería que les dieran el postrer adiós; a lo cual Galhentor respondió que no les soterrasen ni disparasen flechas en llamas, sino que les trajesen a Farandelot, pues aquí les despedirían al paso que era debido; y en lo tocante a los despojos enemigos, le dijo que sí los incendiaran. Y convenido esto, las tropas marcharon a su destino escoltando una fila de carretas en que trasladarían los cuerpos.
En esta coyuntura los carpinteros montaron, en el patio de la ciudadela, un tablado sobre el cual dispusieron una pira tremebunda con que quemarían los cadáveres. A la sazón la tormenta había parado de descargar. El sol tornaba a brillar tras las montañas.
A la tornada de las tropas la guardia de Farandelot, los legionarios y el vulgo, recudieron a la solemnidad y admiraron en silencio la pira cuyo grand fuego alzábase como un resplandor señero en una tarde clareada, que ahora se convertía en un crepúsculo frío y triste.
En feneciendo la ceremonia mortuoria, los legionarios decidieron guardar duelo y posponer hasta cras en la alta mañana su viaje a la pradera Amisdantar. Mas en ante que todos durmieran, los cirujanos diéronle a sir Galhentor la buena nueva de que sir Joers había sido catado de sus heridas; y el capitán quedó muy ledo de oír esto, que en continente díjole a Siegfried que Yalé hubo mucha complacencia por sus rezos en hora de nona y en merced dello envió el milagro que Joers había menester, y cuantos allí estaban se alegraron a maravilla y la tristura y la congoja fueron menguadas si bien por una corta pieza. Con esto los caballeros se recogieron a sus cámaras para holgar muy sosegados. Así que en cuanto río el alba, nuestros héroes fuéronse muy ataviados de armas y pertrechados al longo viaje que en puertas tenían.
LV
LA BATALLA EN LA TIERRA DE LOS MUERTOS
Ya vienen, ya vienen, gritaba Morkutio yendo al más correr contra los caballeros, sir Vaeladox delante dél.
En oyendo la voz del mago, sir Galahden, atenazado entre los brazos del mancebo, le dijo que lo soltara, y el otro le preguntó por qué habría de hacerlo, e respondióle que si no le dejaba sacar la espada de la vaina, que mucho le pesaría, ca Ellos ya se acercaban, y en esta sazón necesitarían de cuantas espadas pudieran empuñar. Estonces sir Arkivahl desasió la presa, e mucho plugo al cavallero de que lo ficiera, e volvióse e díjole:
—Heis hecho bien. Ellos no descansarán fasta probar nuesa sangre —desnudó la espada y calóse el yelmo—. Preparaos, mozo. La Morada de los Muertos temblará como nunca antes.
Al fin se juntaron los cuatro. Formaron un corro y con aceros en alto miraron en derredor. Aguardaron el encuentro. Miles de pisadas retumbaron la tierra. En este comedio el cielo se enturbió, y la luna ocultóse tras los bancos de nubes espesas. Se acercaban...
—¿Cómo podremos los derrotar? —preguntó el mago.
—Usando sus dominios en su contra —contestó Galahden.
—¿A qué os referís? —inquirió sir Arkivahl.
—Al fuego mágico de los pebeteros —respondió el de Landubar—. Con él podremos los matar fácilmente; mas habemos menester arco y flechas.
—Deso yo me encargo —aseguró el elfo—. Por de pronto me separaré de vosotros. Subiré a la cima de aquella colina que veis, la de los pebeteros, y ende prenderé mis saetas en el huego. Luego los cubriré desde suso, do tendré al enemigo a tiro.
—Contamos contigo —dijo Morkutio.
—No les fallaré —empuñó el arco—. Mis flechas habrán de soterrar a los muertos que caminan.
Y a escape se apartó de sus amigos, perdiéndose allá lejos por el sendero del noroeste.
El enemigo avanzaba a trancos: el tintineo de los huesos bajo las corazas trascendía en el camposanto. Ya estaban más cerca...
—¡A prisa, larguémonos de aquí! —instó sir Galahden—. El tiempo apremia.
El caballero de Landubar encabezó la marcha. Con presteza se derivaron hacia el camino del noreste, subieron por una pendiente escarpada y descendieron y tornaron a subir otra cuesta desque dejaron en zaga un campuroso páramo. Torcieron al norte y, remontando un pecho, alcanzaron la cumbre de la colina donde sir Vaeladox hacía guardia. Al verle apostado al pie de una línea de pebeteros, sir Galahden le preguntó:
—¿Alguna señal de Ellos?
—Ninguna —respondió Vaeladox—. Pero si andan a largas marchas como así lo creo, intuyo que estarán a una milla o milla y media de nuestra posición —alejándose de un pebetero, se llevó la diestra a la frente—. ¡Mirad! ¡Allá!
Y en la cresta del monte que señalaba el elfo, aparecieron las interminables falanges de caballeros no-muertos. En la diestra asían un sable pesado a tal punto que el mucho peso les hacía rastrar el filo por tierra, y embrazaban tarjas en menos pesadas que los sables, pero que aun así, humano ninguno podría cargar si no fuese maldecido. Vestían corazas de launas y haldas y botas de cuero. Los unos habían las calaveras descubiertas, las órbitas de los sus ojos vacías y oscuras y las quijadas colgantes; y los otros, que en estado de corrupción estaban, las haces desfiguradas y los ojos roídos por las crías de los gusanos, y so los capacetes astados asomaban los cabellos secos y caídos a los hombros o a las espaldas según fuese su longura. Los guardianes del camposanto esperaban una nueva lid después de cientos o miles de años.
Estonces hubo un silencio profundo. Las huestes de caballeros no-muertos, a pie quedo, disponíanse en líneas de a mil elementos. Ululó el viento, trayendo una ola gélida. Los ramajes de los árboles chirriaron. Las tropas alzaron los sables y al más ir descendieron por la colina.
—Corran —dijo sir Vaeladox flechando el arco—. Ya están a media milla de nosotros.
—¡Se aproximan a paso veloz! —vociferó Morkutio.
E todos salvo el elfo pronto bajaron al llano.
—Tendremos que separarnos —sugirió Galahden.
Morkutio echó un vistazo alderredor y dijo con gran pasmo:
—Me temo que eso será imposible. Nos han alcanzado...
Y a la sazón vieron que el enemigo los sitiaba.
"Mi imaginación no hace al mundo que describo, en realidad los personajes me cuentan sus historias, y yo les creo, porque sé que Eriongard existe".
V.R. Merox
XXXIX
LOS ESPEJOS DEL MÁS ALLÁ
El legionario, laso, dejóse llevar de la mano por la bella musa de la floresta. Estaba arrobado. Había caído rendido a los pies de tal hermosura. Durante el trecho, sentía que los árboles le miraban y que todo daba vueltas en torno a él.
Pero ¿quién era la musa y qué hacía sola en las entrañas del Bosque de la Perdición? Ya lo oiréis más adelante. Siguieron andando. De tiempo en tiempo ella le sonreía, y sus bezos carnosos enseñaban las perlas relucientes que ocultaban debajo. Parecía un sueño, un sueño del que sir Arkivahl no quería despertar. Luego, estancaron su caminata y él la contempló y le preguntó:
—¿A do me lleváis, buena doncella? ¿Quién sois?
—Soy Ylnengrel Eggënsil y me placería mucho que vinieses comigo —respondió ella—. Habéis de saber, caballero de cabellera dorada, que he estado esperándoos todo este tiempo.
—¿A mí? —inquirió sir Arkivahl—. ¿Y por qué?
—Chist —susurró la doncella pegando un dedo a sus labios—. No preguntes más, solo ven. Dime, ¿cuál es tu nombre?
—Arkivahl Degaudart —repondió él. Y la damisela sonrió.
Reanudaron, pues, la marcha.
Llegando al mausoleo, subieron por las escalinatas y la doncella abrió la verja enmarañada de hiedra. Entraron. Cató sir Arkivahl los alrededores. En los muros destacaban, dispuestos de alto a bajo y por entremedias de las columnas adosadas, lóbregos nichos que bien podrían albergar los restos de rancios soldados o reyes, o quizás de creaturas indómitas o seres de ultratumba.
En todo caso los huesos estaban cariados, y tras ellos, en la oscuridad, titilaban muchos puntos rojos; de par en par, moviéndose entre las sombras como luces trémulas. Eran los ojos de las ratas que, percibiendo los pasos de los visitantes, abandonaban sus escondrijos despavoridas, caían al suelo y por él se escurrían buscando algún recoveco en que ocultarse.
Había tumbas empolvadas, y asentadas sobre ellas las estatuas de unas bestias alígeras con las garras echadas hacia delante. En las rinconadas los esqueletos habían hecho mansión, envueltos en telarañas y aprisionados por grillos; en el cuello, en las muñecas y en las gargantas de los pies. Las antorchas crepitaban hincadas en las paredes de los pasillos. De cuando en cuando la silueta de la doncella, proyectada en los lienzos bañados de la luz tenue, demudaba horriblemente en una creatura encorvada y a la vez cuellierguida de largas manos uñadas, mas dende a poco tornaba a la grácil y lozana figura de antes. Tal vez solo era una fantasmagoría propia de tan siniestro lugar, o tal vez no...
—Daos priesa, caballero buen mozo —dijo Ylnengrel.
A sir Arkivahl se le quebraban los ojos.
—¿En dónde estamos? —preguntó él desconcertado.
—Guarda silencio —susurró Ylnengrel palpándole los labios.
Descendieron por unos escalones, franquearon una bóveda de cañón y tomaron el ala oeste para dar con un pasaje ancho. El suelo estaba cubierto de polvo. En cada muro una carrera de arcosolios se extendía hacia la puerta del fondo, flanqueada por dos columnas levantadas a base de un mampuesto de cráneos y huesos.
Cruzándola, entraron en la Bóveda de los Espejos. En redor de la planta había seis pilares sustentando la bóveda de crucería simple, y, empotrados entremedio de cada pilar, dos espejos cornucopia con dos brazos en que se afirmaban el mismo número de bujías. La luz reverberaba en el azogue de los cristales. En los marcos engastados con carbunclos, zafiros y diamantes, sobresalía la faz de la doncella que sir Arkivahl viera grabada en la losa al salvar la sima.
Ylnengrel, ya en cabellos, danzaba y hacía piruetas alrededor del legionario, quien, gozoso, giraba sobre sí mismo para no perderse sus movimientos. Cuando hubo cesado de danzar, la damisela se llegó a un espejo, rió dulcemente y pasóse la mano por la melena. Se volvió, echóle una caída de ojos al mancebo y cerneando el cuerpo se fue arrimar a él. Le tomó de las manos y lo llevó a un lecho de piedra. En esta sazón ella pidióle que se recostase.
—Contempla mi belleza, ¿acaso no soy hermosa?
—Sí que lo eres.
Ella yació de canto cabe él, y jugando su cabellera lo besó con vehemencia. En este comedio el fulgor de Vihu rompió el encantamiento que sometía a su portador, el cual, incorporándose, hizo a un lado a la doncella y miróse en un espejo de lueñe. Tornó en sí; sin embargo, Ylnengrel le acarició la mejilla y asiéndole la mano le dijo:
—Descansa, amado mío. No temas, ven, bésame.
Y sir Arkivahl cedió a la pasión. Tornaron a besarse e él la atenazó entre sus brazos mientras ella le sobaba el cuerpo. Tendido el uno e montada en él la otra, siguieron se besando. Estonces Ylnengrel despojóse de la su blusa y tomó las manos del caballero llevándolas a sus pechos, y él los manoseó con harto placer. Echándose la vedeja a la espalda y gimiendo, la doncella clavó la mirada en un espejo, el cual, de repente cubrióse de vaho.
El medallón continuó chispeando. Sir Arkivahl volvió en sí y asestó la mirada hacia donde Ylnengrel; mas como el vaho velaba el cristal, no alcanzó a veer nada, e aguardó que se disipara, e cuando así fue, vio en el espejo cosas propias de un sueño quimérico, y, por tanto, puso los ojos en la damisela, que ya no era damisela sino una figura espectral salida de ultratumba. Los luceros en ante aceitunados y asaz bellos, agora se tornaban albos y luego negros como las tinieblas. Se ajó ella tanto que sus bezos ya no hubieron la suculencia y dulzura de antes. Las llagas hirieron su piel blanca, la cual helóse como la de un cadáver. Tres colmillos afilados le nacieron en las encías del agujero que ahora tenía por boca. Su cuerpo tembleteó sin cesar. Los quejidos repercutieron en la bóveda. Las guedejas de la doncella, canas por lo mucho desvaídas, flamearon al aire. Y ella tornó a cubrirse el pecho y se agazapó en el del caballero para que no la viese.
—Ayúdame... —susurró ella, y desmontando de él abandonó el lecho y retrocedió con flema.
Gracias a sus clases aprendí a adentrarme en lo sublime del mundo metafórico y en la belleza literaria que, hasta hoy en día, sigo puliendo para alcanzar una narrativa que haga soñar y vivir a los lectores dentro de la tinta del papel; además, fue en ese tiempo que me enamoré del Romanticismo de Byron y Bécquer, de la fuerza poética de Nervo y de los sublimes versos de Neruda, que me sirvieron para convertirme en uno más de los olvidados poetas de este mundo material, belicoso e injusto.
Le estaré eternamente agradecido a Carlos, así como también a la profesora Gaby Clemente, una mujer maravillosa que con su saber dejó en mí una base sólida de expresión oral, redacción y metodología de la investigación. Asimismo, a la maestra Gloria Xoca y a Patricia Rodríguez, entre muchos otros.
Debo decirles que, aun cuando siempre fui un alumno ejemplar y un tanto brillante, fue muy difícil encontrar mi camino en esta vida, y también que hubo momentos de dudas y de cuitas; empero, al tiempo que mi pasión por la Literatura volvió, logré salir adelante y a partir de ese día todo cambió. Ahora, a mis 29 años me siento realmente pleno y con la capacidad y madurez de llevar mi genio hasta el límite, y sé que lo haré, porque estoy más fuerte que nunca.
Hace un par de años, y después que me decidí a seguir los pasos de mi tío Mauricio González de la Garza (QEPD), tomé la rotunda decisión de luchar por mis sueños, de soñar viviendo mientras escribo y de conquistar en un futuro la máxima presea que un escritor puede anhelar, creo que todos saben a cuál me refiero.
Me falta mucho por aprender y un largo camino por andar; sin embargo, jamás dejo de pensar en mis objetivos, y sé que mientras siga esforzándome y trabajando duro como hasta ahora lo he hecho, algún día me diré a mí mismo: no lo hubiera logrado sin las enseñanzas de mis maestros.
Espero seguir puliendo mi narrativa para alcanzar la Alta Fantasía que pretendo alcanzar.
Nuevas ideas + crecimiento mitológico de Eriongard + recuerdos del pasado + diálogos pulidos = mayor calidad literaria de la saga
Posted by V.R. Merox
Fragmento del capítulo XX del Libro Primero (edición final)
Posted by V.R. Merox in fragmentos de capítulos
XX
RÉQUIEM
Sir Arkivahl y sir Vaeladox recorrían las calles que a la sazón habían sido desembarazadas. Las carretas, colmadas de cadáveres enemigos, circulaban por la mesma vía que el elfo y el mancebo. A espaldas de ellos, fuera de puertas, veíanse las colunas de humo desvaneciéndose por cima de las murallas, dado que en la llanura, no muy lueñe de la fortaleza, era en donde las carretas descargaban los despojos para que los saeteros, desde las almenas, dispararan flechas encendidas a las montañas de cuerpos compuestas en su mayoría por urdroks; pues tanto humanos como centauros eran apartados y soterrados en fosos o túmulos dependiendo de qué tanta prez tuviese el difunto. Al saber de do provenía aquel humazo, el príncipe dijo a sir Arkivahl:
—Es el mejor castigo que pueden tener esos monstruos, mas ni muriendo quemados lograran purificar sus almas. Un corazón negro jamás tórnase puro.
El zagal atendía al elfo, pero no hablaba palabra ninguna, y, así, manteniendo la cabeza gacha, anduvo por el resto del trecho.
—¿Qué os aqueja, sir Arkivahl? —preguntó Vaeladox—. Es la desventura que atraviesa vuestra familia, ¿verdad?
Arkivahl se desencajó aún más, y, volviendo ligeramente la cabeza, asintió. Sentía que el mundo se derrumbaba sobre él. La injuria cometida por Balthor y la venganza que llevaría a cabo contra él no dejaban de pasársele por las mientes. La ira le comenzaba a enceguecer, y a causa dello no podía se dar cuenta del peligro que implicaba batirse en duelo con el general, mas al parecer eso le importaba poco. Luego, levantó la mirada y respondió:
—Es por eso, sin duda. Y no sé si pueda vencer el furor que se ha gestado en mi corazón.
—No dejéis que os dominen vuestras pasiones, ni que se desborden a tal punto que no puedas las controlar. A fe de caballero, mi joven amigo, que comparto vuestra pena, puesto que vuestro padre y vuestro tío, allende de ser amigos míos, eran legionarios, y cuando integrábamos la Legión, habíamos como principal mandato defendernos los unos a los otros. Y si cualque cayese en batalla o batido por enemigo alguno, era nueso deber vindicarle. Y ahora, el culpable de esta afrenta que nos hiere pagará con su cabeza.
—Vuestras palabras sosiegan mi arrebato —dijo Arkivahl.
No hablaron más. Se acogieron por mientras en una vivienda derruida tanto cuanto, e subiendo unos escalones llegaron a los altos, más desnudos que la planta baja, pues no había muro ni techado. Estuvieron quedos, contemplando con asombro los vestigios del asalto. Sir Arkivahl fabló.
—Todavía no sé en dónde enterrar a mi padre. Recuerdo que alguna vez me contó de un lugar en que mi abuelo Angus solía lo entrenar a él y a mi tío cuando pequeños. Era una zona sagrada...
A lo cual, el príncipe infirió:
—Debe ser el antiguo santuario de Bhaneruk.
—Sí, ese —afirmó el zagal.
—Antaño, y aun hoy en día, Bhaneruk fue y seguirá siendo un baluarte para los humanos —dijo el elfo—. Cuenta la historia de Eriongard que el Gran Tirano, en su intento por erradicar las creencias religiosas de humanos y no humanos, dioles guerra a todos aquellos que se opusieran a su mandato, y dicha guerra conllevó, a la larga, la destrucción de los templos más representativos de cada raza. Y Bhaneruk no fue la excepción, pues ahora yace en ruinas.
—Qué triste... —dijo sir Arkivahl.
—Sí... Nuestro mundo ha pasado por grandes congojas. La sangre de muchos héroes se derramó para que Eriongard volviera a ser libre.
—Pero ahora ese sacrificio solo trajo pesares —replicó Arkivahl clavando la vista en el cielo—. El mal nos arrebató a mi padre y a mi tío, dos leyendas de la Legión del Medallón.
Sir Vaeladox entrecerró los ojos. Llegóse al joven Degaudart y diole una palmada en la espalda.
—El enemigo se arrepentirá —aseguró el elfo.
Al cabo el jinete y sus tropas de jurrkos y warrbek arribaron a la Ciudadela de los Olivos. El ruido de los cascos pronto fue advertido por el caballero elfo.
—Miklos ha llegado —señaló a lo lejos.
Y ambos bajaron por las escaleras. Atisbó sir Miklos a sus amigos, se apartó de sus tropas y dirigióse a ellos.
—Aquí estamos —dijo el centauro—. Mis hombres trasladarán los sobrevivientes a Centuria en cuanto se tranquilicen. En este comedio nos ocuparemos del enterramiento de tu padre. ¿Ya has elegido el lugar donde se llevará a cabo?
—Sí, Miklos —respondió sir Arkivahl—. En las ruinas de Bhaneruk. Es lo que él hubiese placido: un lugar especial para irse.
—Has de saber que Bhaneruk fue un templo importante para el linaje Degaudart —dijo el caballero centauro.
—¿Por qué? —preguntó el zagal.
—Ya lo veréis cuando estemos allí.
Una vez decidido esto, el zagal pidió a un criado que le ensillara dos caballos, el uno para él e el otro para el elfo, que el centauro no necesitaba en qué se montar. Así lo hizo el criado e al rato trajo los caballos, y los caballeros montaron en las sillas y partieron a su destino con el elfo a la vanguardia y los jurrkos detrás.
El cielo se arreboló sobre la hora. Las nubes viajaron al este con el soplo del viento. Estonces el sol se entintó de sangre, rindiendo honor a los caballeros de Farandelot caídos en la batalla horas antes.
Mientras tanto, estoy feliz con los cambios y finalmente cuando termine puedo decirles con total seguridad que la novela estará, ahora sí, lista para publicarse.
Saludos de vuestro caballero campeador.



Sir Valadox, uno de los mejores caballeros del reino de Eneranul; hijo del rey Owbeloé y hermano de la princesa Siwlana. Diestro con el arco y mortal con las espadas. Hace muchos años, un valiente caballero de la raza humana logró ganarse su amistad y gracias a él, la concepción de este elfo hacia los Humanos, a quienes consideraba inferiores, cambió.

SIEGFRIED & SIWLANA
"Ven, mi amor, en mis brazos os espero,
Sé que regresaréis y por eso no desespero,
Porque vos sois mi amor verdadero,
Despertar a vuestro lado es lo que quiero,
Porque vos sois mi luz y mi noche,
El sol y la luna de mis amores,
Ven, mi amor, os lo dice mi corazón,
Siwlana, vuestra vida es parte de mi pasión".
Sir Siegfried Degaudart.
POEMA A SIEGFRIED
¿En dónde? ¿En dónde estará?
Lady Siwlana.
Sir Dante, oriundo del reino de Umanbakol y fiel compañero de batalla de sir Miklos. Este cíclope de seis pies y cinco pulgadas de altura posee la fuerza de un coloso, misma que por si fuera poco es respaldada por su hercúleo martillo de guerra Lüngerthon, una de tantas armas maravillosas forjada por los Cíclopes. Dante es un guerrero de pocos amigos y como es sabido en Eriongard, su raza no trata mucho con los Humanos; sin embargo, sólo cuatro de ellos han logrado ganarse la confianza de sir Dante y también, su eterna amistad.
Novedades en la edición final:
1-. Ya he creado el título original -en lengua midenglsh- de mi saga.
2-. Dos nuevos personajes con apariciones efímeras pero importantes para crear nuevas historias y tramas independientes.
3-. La mitología construida hasta el momento data de un 20% (que espero y se complete con los 12 volúmenes -o menos, dependiendo cómo divida la obra- que pienso escribir para terminar la saga, incluida precuela y secuela).
4-. La gramática de mis lenguas y sus vocabularios llevan un 25%.
5-. Una nueva composición para cerrar el repertorio de cinco poemas y cinco canciones que leerán a lo largo de los cuatro libros.
6-. Línea del tiempo.
7-. Cambio necesario del nombre del reino donde se desarrolla la historia.
8-. Cambio del nombre de algunos reinos (Felihons y Enanos).
Fragmento del capítulo XLVII del Libro Segundo (edición final)
Posted by V.R. Merox in fragmentos de capítulos
XLVII
EN BUSCA DEL PRÍNCIPE TANIOS
Al otro día, los nuestros desayunaron frugalmente. Abandonado el hostal, montaron en sus caballos y se derivaron hacia Sajalabar. Yendo su camino al galope vieron el cielo arrasarse. El viento apenas susurraba.
Después de un longo trayecto, los jinetes pisaron el desierto más famoso de Eriongard: el Qaelanhara. Monumental como ninguno otro. La brisa, cargada de calidez, fizo que las vedejas del elfo y del mancebo y las trencitas del mago, que iba descubierto, ondularan sin cesar. Estonces el sol remontó majestuoso como un disco de oro trémulo, allá en lontananza, justo a espaldas de las enormes montiñas de arena brillantes como lajas de argento.
A dos leguas de haber galopado, se toparon con una caravana de mercaderes que, marchando en filas de a cincuenta, viajaban desde la víspera en una procesión cuyo fin era buscar cobijo en otro villaje, pues en el suyo, llamado Ananbul, tanto terror había causado Ralgrak que otra cosa ninguna les quedó por hacer sino huir cuanto antes. Los más vestían ropajes de algodón y llevaban su kufiyya arrollado a la cabeza; los menos iban descubiertos pero embozados. Cuantos integraban la marcha transportaban fardos, mercancía variada y sus pertenencias. Montaban los unos, camellos, caminaban los otros, tirándolos de las correas. Al emparejárseles, los legionarios sofrenaron las bestias, e sir Vaeladox mirólos e dijo:
—Saludos, viajeros. ¿A do se dirigen?
—Al sureste —respondió uno—. Lo más lueñe que se pueda de nuestra aldea.
—¿Y por qué? —inquirió el elfo.
Vaciló el mercader.
—No responderé yo tal —dijo al fin—. Idos, es el único consejo que os doy. Idos, si aprecian vuestras vidas.
Y el hombre, despavorido, apretó el paso y se alejó del elfo un buen espacio. Luego, él miró a sus amigos con un rostro de desconcierto. Detuvo Morkutio a otro mercader y le preguntó:
—¿Qué sucede, buen hombre?
El comerciante contestó:
—Nada bueno, forasteros. ¿Hacia dónde vais?
—Nuestro viaje nos lleva a Sajalabar, y allende el desierto, al Valle del Olvido —contestó el mago.
—¿Cómo? ¿El Valle del Olvido has dicho? —preguntó el mercader, enarcando las cejas. El habla se le fue. Miró su caravana avanzar y al fin dijo—: Pero... ¿qué no sabéis que allí mora Ralgrak? De ella es de quien huimos. ¿Acaso no sabéis que vais a una muerte segura?
El príncipe intervino solemne:
—Estamos preparados para eso y más. ¿Veis lo que llevo a mis espaldas? —señaló, y los pomos de sus cuchillos fulgieron a la luz del sol.
Se empinó el mercader por ver qué traía el elfo, e cuando vio los cuchillos, diose cuenta de que no vacilaba.
—Con ellos enfrentaré la muerte —aseguró sir Vaeladox.
El andante respondió:
—Ya veo... No sé quiénes sois, ni por qué desafiaréis a Ralgrak, pero sea cual fuere el caso, no me resta más que desearos buenaventura.
Juntó las palmas y abajó la cabeza, despidiéndose. Tornó a su caravana y fue su camino al igual que los legionarios. Al cabo de unas horas el sol de justicia doró aún más el extenso mar de arena que hollaban los cascos de los corceles. Agora las sabandijas del desierto salían de sus madrigueras y reptaban en busca del sol.
—El calor está en su apogeo —advirtió sir Arkivahl, tomando un sorbo de agua de su bota.
—Bienvenidos al Qaelanhara —exclamó Morkutio—. Amigos míos, habemos menester apresurarnos, antes que el sol nos escueza. El primer cristal nos aguarda en las entrañas del valle.
Así que se fueron para su destino. Habiendo franqueado un buen tramo, la compaña contuvo los caballos y el elfo llevóse la diestra a la frente.
—Vaeladox, ¿has descubierto algo? —preguntó Arkivahl.
—Estamos cerca de Sajalabar. A una legua o legua y media.
—Sigamos, pues —dijo el mago.
Reanudaron la cabalgata por un terreno que fue alteándose en una pendiente de arena muy pina que iba creciendo en altura a medida que ascendían. Luego, descendieron y tornaron a subir por una cordillera de dunas la cual, quebrándose hacia el noreste, llevólos a las llanuras. Y cuando menos lo esperaron el palacio apareció ante ellos. Las inmensas torres de Sajabalar campeaban en alto como pendones enhestados bajo el azul y oro del cielo.
—¡Mirad! —dijo el mago—. Hemos llegado.
E muy ledos contemplaron la vistosa arquitectura sarracena. Una muralla almenada, recia como ninguna otra, levantábase sobre la arena estancada que, por el paso de muchas ventiscas, se extendía cubriendo la primera verdugada de ladrillo de tal suerte que alcanzaba una cuarta parte de muralla del suelo arriba. Los adarves corrían en curva comunicándose mediante los cuatro minaretes desde do los centinelas aguzaban la vista cual águilas en nidos de piedra. En lo alto, los estandartes de insignias auríferas flameaban al viento. Los aparejos de los muros estaban hechos a soga y tizón, conformados por bloques de arenisca. Entrando por la puerta principal, un sendero enfilaba al norte pasando en medio de dos canales donde los hilos de agua brotaban saltarines. Por el mismo sendero se llegaba a un recinto maravilloso: el Jálebelal. Ende moraban el sultán Abdul-Oram Karimi y su fijo el príncipe Tanios.
La entrada era engalanada por un gran portal de arco ojival y bellas caligrafías en la lengua mozahabal. La delantera había sido construida con un mármol tan albo y lustroso como el ánima del humano más misericorde. Los paneles de los arcos lucían motivos vegetales y los alfices fermosas ornamentaciones de flores y vides. A unos mil pies de altura la planta del Jálebelal era coronada por una cúpula acebollada que, labrada en oro puro, fulguraba como luz temblorosa cuando los rayos del sol se reflectaban en ella.
Al este del interior del palacio se hacía la armería, y al oeste la sala do los cenotafios rendían honor a los añejos sultanes sarracenos. De ahí al norte una explanada daba al Melnabensun. Las avenidas de árboles, en especial palmeras, se alongaban a uno y otro cabo de las calzadas fasta topar con un cerco de pilares. En el medio había una fuente, y sobre el pilón un basamento en que se asentaban dos estatuas de elefantes talladas en estuco, con incrustaciones de piedras preciosas en ojos y colmillos. Afirmados sobre los pies, alzaban las manos mientras los chorros de agua surtían de las trompas al pilón. Los rosales de los arriates perfumaban el ambiente con dulces esencias. Los tragacantos, las higueras y las acacias meneaban sus copas al par de la brisa. La ronda, la frente adusta, andaba por la calzadas y veía pasar delante de los sus pies los dátiles e higos que, a ratos, caían de las frondas. Cerca de un estanque de lotos alzábanse los escalones que daban a un kiosco rematado por un finial broncíneo sobre la cúpula.
En las murallas del frente la guarda sarracena seguía patrullando los adarves, y ayuso, dos soldados membrudos se mantenían apostados a los flancos del rastrillo de hierro por el cual se entraba al reino. La compaña del elfo fuese hacia ellos. Llevaban los sarracinos ropajes holgados cubiertos con corazas de escamas platinadas, hombreras, jalda larga y un casco con protección nasal. Por la cerviz les caía el kufiyya y sobre él una cota de malla.
—¿Quién osa invadir el territorio sarraceno? —inquirió Ishtafa en tanto Jaleem desenvainaba su sable.
—Mi nombre es Vaeladox Ameliel de Eneranul —respondió él—. Venimos en paz. Somos caballeros de la Legión del Medallón y buscamos al príncipe Tanios.
—Es raro ver un elfo en las Tierras del Noreste —dijo Jaleem—, sobre todo uno que busque al hijo del sultán. ¿Qué asuntos tienen con él? —blandió su hoja, instándolos a contestar con premura—. Decidme ya.
El mago dio un paso adelante, pero Ishtafa le colocó el filo de su cimitarra en el cuello, advirtiéndole:
—¡Ni un paso más!
—Calma, que no me moveré —dijo Morkutio apartando el bastón—. Echad un vistazo a la silla de mi caballo y veréis que traemos un paquete de hierbas para el príncipe.
Sir Angus, paladín y devoto caballero del reino de Faraldenlot. Este descendiente de la estirpe Degaudart lideró a miles de hombres durante la batalla final de la Guerra de los Cien Años. Gracias a su fe y arrojo pudo hacerle frente al representante de la maldad pura; no obstante, todo éxito conlleva desgracias, y en esta empresa perdió a muchos de sus soldados, pero sobre todo a alguien muy importante en su vida. Al final, sir Angus logró convertirse en héroe y en leyenda, una leyenda que pasó de generación en generación y que hasta la fecha sigue recordándose en Eriongard.
INTERLUDIO
EL FINAL DE LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS
Los caballeros de las tinieblas eran guerreros temibles. Una vez que se lanzaban al frente, su sed de sangre les hacía aguantar mandoble tras mandoble. Tenían los tercios largos y nervudos y las arcas anchas y la notomía en más de bestia que de humano. Llevaban capacetes astados con que ocultaban los sus rostros sin vida, rugosos, lívidos y llagados, y dichas llagas semejaban raíces abrasadas sobre un fuego albo. Los ojos, penetrantes, destellaban de un rojo sangriento bajo las viseras de sus capacetes. En cada hombro cargaban una cúpula de púas, y encima del cuerpo una cota de malla y sobrevestes oscuras.
Pero la numerosa infantería de Gral’an Dhu no representaba el único peligro para Farandelot, que, si bien había grande poderío en so caballería, los enemigos también, que contaban en sus filas con los jinetes de la tempestad. Vestían una coraza de láminas imbricadas y piel de anillas sobre los brazos escuálidos. Eran de faz aguileña y de cabeza calva y rotunda, encajada en los hombros caídos. Con ser desnarigados, respiraban por la boca a través de las rendijas de los sus bozales de hierro, y cada vegada que esto hacían, un vaho pútrido se esfumaba delante de ellos. El color de sus ojos era el mesmo que el de la negregura de la noche.
Dichos jinetes no montaban caballos sino zarkarbu, una raza de escarabajos de guerra que podía alcanzar los doce pies de altura a lo menos. El cuerpo de los zarkarbu había dos segmentos; el posterior constaba de una coraza recia y negruzca, y el anterior de tres cuernas enhiestas en la frente, un par de ojos pequeños, uno de mandíbulas y dos longos apéndices en que remataban dos tenazas rezumantes de ponzoña, y cada segmento erguíase sobre cuatro patas.
Sir Angus Degaudart, impertérrito, maza en mano, señaló al frente y encabezó la solemne marcha de los humanos en las Tierras Prohibidas.
Doomgor Mol trepidó cuando las tropas entraron en liza. Farandelot pasó por encima de las primeras líneas enemigas. Sir Angus y compañía se empeñaron para que así fuese, y rezumaron arrojo por cada estocada y mandoble con que batían a sus contrarios.
Los arqueros formaron en carreras sucesivas y tensaron los arcos a la orden de su capitán. Llovió acero del cielo: las huestes de Gral’an Dhu fueron el principal blanco. Los jinetes de la tempestad azuzaron a sus escarabajos. Las membrudas tenazas, ora aplastaban, ora arrojaban todo lo que se moviera en rededor, fuese aliado o enemigo.
La caballería arremetió contra los zarkarbu, mas sus gruesas patas y conchas repelieron las lanzas de tal guisa que las unas fueron embotadas y las otras partidas por el astil. Pocas, con fortuna, traspasaron las patas, aunque no lo suficiente para detener la marcha. Las bestias, en respuesta, cunearon las tenazas y golpearon a caballos y jinetes a mansalva, desbaratándolos.
El caballero Degaudart galopó por entre la turba, pateó a un soldado y le despojó de la su lanza. Luego, detúvose casi a treinta yardas de un zarkarbu, levantó la vista y púsose en la pose temeraria de un cazador que acecha su presa. Ni el asta ni la mano que la empuñaba temblaron. La lanza hendió el aire, dio en los ojos del escarabajo y lo echó por tierra. En este comedio Angus comprendió que las bestias, a pesar de su grande envergadura, podían ser derrotadas. Mas para su desventura, sus hombres atacaban en vano las patas y las corazas.
A seguida apeóse de su caballo y ordenó a los ballesteros que rebatieran el avance de los jinetes de la tempestad. Mientras tanto, los flecheros de Farandelot continuaron templando los arcos, y el acero llovedizo arreciaba sobre las tropas enemigas cuyo mandato era llegar a los artefactos de asedio, para tirarlos.
Al fin los ballesteros cargaron los luengos dardos en las máquinas, las enfilaron y midieron la distancia hasta tener las bestias a tiro. El chirrido de los mecanismos se ahogó en el acto.
—Apunten a los ojos —indicó sir Angus—. ¡Fuego!
Los proyectiles, zumbando, batieron una columna de escarabajos.
—¡Hacia adelante! —gritó Angus—. ¡Por Eriongard!
Las tropas marcharon al tranco. Los batallones de caballeros de las tinieblas y de jinetes de la tempestad embistieron sin mesura a los contrarios. Muchos soldados de Farandelot caían; se levantaban; esgrimían las espadas; luchaban; tornaban a caer. Jamás nos rendiremos, gritábales el paladín para alentarlos. Y seguían adelante.
De súbito el cuerno de Gral’an Dhu sopló de cabo, y la puerta de Mephisbel Tor anunció el arribo de una cuantiosa hueste de jinetes de la tempestad.
Llegándose a las catapultas, sir Angus indicó:
—Frenad a los zarkarbu.
Dispuestas las catapultas, los soldados colocaron la munición y a orden del maestre soltaron las palancas. El alud de roca y huego arqueó bajo el cielo fuliginoso abatiéndose sobre jinetes y monturas, cuyas corazas tronaron como grandes cáscaras de nueces que en lugar de fruto desparramaban vísceras y chorros de limo ambarino.
Sir Angus atropó a seis caballeros, llamó al mago Mohläer y díjoles:
—Venid conmigo. Entraremos en Gral’an Dhu.
Apriesa corrieron hacia el portón.
Miles de cadáveres, aliados y enemigos, yacían en lechos de tierra ensangrentada. Los regueros rojizos y turbios brotaban de los mismos cuerpos, que ahora se convertían en senderos o parapetos por los que había que pasar para seguir adelante. Rasgados o prendidos en llamas, los pendones de Farandelot coronaban montañas de enemigos caídos, ondeando con el soplo del viento.
Aun cuando los astiles de los pendones se escoraran y estuviesen a punto del quebranto, se mantenían firmes, así como la esperanza de los hombres de sir Angus. Él, el mago y su escolta rompieron el tropel, tirando al suelo a sus contrarios e viendo, de tanto en tanto, cómo los jinetes de la tempestad se derrumbaban a uno y otro lado y a espaldas de ellos. Zigzaguearon por entre rimeros de cuerpos, eludieron las tenazas de los escarabajos y mataron a los caballeros que les salían al paso.
Salvaron Mephisbel Tor y se enfilaron a Gral’an Dhu. Entraron en la fortaleza. Los infantes esgrimieron sus hojas; sir Angus su maza y Mohläer su bastón y su espada para batir a los enemigos que celaban los pasillos del primero al octavo piso, adonde tenían que llegar para dar con el tirano.
Pues continuaron el ascenso fasta que entraron en el pasaje por que se accedía al recinto de Baldarzek.
—Atrás —dijo sir Angus a su tropa—. Mohläer y yo nos encargaremos de Baldarzek. Venid, amigo mío.
Había el mago una personalidad misteriosa. Si alguien conocía tan bien a sir Angus, ese era Mohläer, y viceversa. Inseparables de antaño. Una capucha holgada ocultaba bajo la penumbra la su faz de piel blanca y barba rubial y poblada, lo único que podían distinguir los caballeros al verle pasar. Llevaba una túnica café, raída, de manga y falda largas, la falda entreabierta por el medio y bien ceñida. Ayuso de sus ropajes cargaba una coraza de láminas. Asía un bastón de mármol rematado en una mano de cuatro dedos corvos que alojaban en la palma una gema violácea.
Y avanzaron hacia la cámara del enemigo.
Sir Angus Degaudart andaba con gallardía. Tenía la melena leonada, de crencha acentuada y partida en dos mechones colgantes delante de la frente amplia; y la su barba, fina y sin bigote ninguno, corría por su quijada de hechura casi perfecta. Vestía una coraza rutilante que cualquier paladín soñaría con vestir. Eran sus hombros anchos cubiertos por dos hombreras labradas a semejanza de cabezas de águila con ojos de rubí, e bajo ellas asomaban cortas mangas de anillas doradas. Un cincho de hebilla argéntea apretaba su cinta, y de la cinta a los muslos le pendía una halda de malla guarnida con un taparrabo recamado de cruces brillantes. En la diestra empuñaba la legendaria maza Divinustrom, fraguada a partir de un acero inquebrantable compuesto por un mango longo y recio en que remataba una cabeza de armas de ocho cuchillas piramidales, la mar de filosas, dispuestas en redor de una esmeralda pulida que señoreaba sobre las cuchillas. Y de reparo embrazaba a Croissentor, un escudo ojival de plata y oro repujado con la testa de un león fiero de guedeja ondulante, hocico abierto y colmillos defuera.
—La espera ha terminado —dijo Angus.
Mohläer afirmó con la cabeza, se descubrió y dijo:
—Hágase la voluntad de Yalé.
Y metiéronse adentro de la cámara.
PRÓLOGO
LA FE DEL CAMPEÓN
Un día, un viejo cuentista le narró a su hijo una historia...
Muchas guerras acaecieron en una muy lueña tierra llamada Eriongard, pero ninguna tan terrible como la de los Cien Años. Conflictos, asimismo, entre cada una de sus razas: humanos, elfos, centauros, cíclopes, faunos, arghorans, felihons, enanos y vulkandors; y otros, como los nübarinva, femoblua, sababem y las ninfas, mantuviéronse a raya mientras no se metiesen con ellos. Y en cada conflicto hubo un héroe que destacó entre miles, siempre descendiente de la cuna Degaudart.
No había ocasión en que los reinos do moraban los mencionados no estuviesen enfrascados en querella alguna. Los humanos se arraigaron en Farandelot, Levantus, Landubar, Braveriav, Sajalabar y Zolhenval; los centauros en Centuria, los cíclopes en Umanbakol, los enanos en Ramkork-velâr, los arghorans en Minasgholan y, finalmente, Eneranul fue morada de los elfos y Enare Alöen de los felihons.
Los felihons, merced a su don de vaticinar el futuro, fueron quienes advirtieron a todo Eriongard de la venida de un nuevo tirano. La Centuria VII de sus profecías hacía referencia al fijo de Gasparzek, el Gran Tirano que, durante el Luxhalg, causara la mar de abatimiento en los reinos opositores.
En el palacio de Enare Alöen fue menester que los líderes entraran en consejo para tratar, si se pudiese, de hallar una solución; si bien en el fondo, ellos habían conocencia que refrenar el hado era imposible. Pero aun así, seguían debatiendo al tiempo que repasaban la hoja dos mil seiscientos veinte y cinco de un groso vademécum que decía:
Centuria VII
En los ciernes de la maldad,
El hijo del Gran Tirano se levantará del sur,
Trayendo caos y terror al norte,
Pero no derrumben la esperanza,
De la Ciudadela de los Olivos marcharán miles de hombres,
Guiados por el creyente de linaje heroico,
Y ellos traerán a nuestro mundo bonanza,
Atravesando las tinieblas para liberar a los Once Grandes,
La magia y la fe se unirán y el fénix de luz radiante nacerá,
Haciendo temblar al imperio del falso rey.
La profecía cumplióse en los albores del año 1400. En esta sazón Baldarzek mandó reunir sus haces y salieron a campaña con la encomienda de dezmar cada palmo de Eriongard, y tanta destrucción causaron que el reinado del tirano fue conocido como la Era Maligna. Mas los humanos, osados por naturaleza, pusieron el pecho a la calamidad y, en respuesta, cada reino aliado dispuso del grueso de sus ejércitos. Y las batallas principiaron.
Farandelot fue, a lo largo del conflicto, el principal baluarte de los reinos opositores al tirano. Solo ellos pudieron resistir el avasallamiento, pues los demás, aunque luchaban con arresto, viéronse en ocasiones imposibilitados de contrastar el empuje del enemigo. Sin vacilar, el rey Lazarus IV de Farandelot se echó al hombro la responsabilidad de socorrer a sus aliados, los cuales apenas comenzaban a recuperarse de los asaltos a sus ciudadelas.
Dicho rey confirió a un solo caballero, que Angus Degaudart había nombre, el destino de salvar al mundo. Un día, en la cámara real de Farandelot, la encomienda se dio por hecho.
—Sir Angus, vos sois mi campeón —dijo Lazarus IV—. El ejército de Farandelot os seguirá hasta el final. Id, valeroso paladín, id y marchad hacia las Tierras Prohibidas. Que Yalé os proteja.
—Lo haré —dijo Angus prosternado ante el rey—. Os juro por Yalé que cumpliré mi cometido. La fe me hará triunfar. El imperio del tirano caerá.
Y así, el vástago de sir Gamelin Degaudart encomendóse al Señor y reunió al grueso del ejército de Farandelot.
Al enterarse de los planes de Lazarus IV, el enemigo se aprestó a movilizar su gran hueste, compuesta en su mayoría por humanos corrompidos cuya ambición los llevó a entregar sus almas para convertirse en seres crueles de corazón marchito, negro y sediento de sangre. Los siervos del añejo Gran Tirano, entre ellos grughals, faunos oscuros, morgolks, urdroks, terrankors, trols y ogros, quedaron al mando de su hijo para seguir dando guerra a los pueblos y reinos de Eriongard.
La guerra de los Cien Años trajo desolación, muertes y lamentos en cada palmo de Eriongard; sin embargo, desde su comienzo y hasta el primer día del año 1500, sir Angus y sus hombres habían lidiado tan bravamente que, tras quedar como señores del campo en innumerables ocasiones, cada victoria, cada retirada, cada muerte, cada lloro, hubieron su recompensa al menguar el grueso de las tropas de Baldarzek.
Tal día, el ejército de Farandelot alcanzó la cabecera de los Puentes del Devenir, el único punto de unión entre el norte y el sur que daba a Doomgor Mol, las Tierras Prohibidas en donde el tirano había erigido su fortaleza: Gral’an Dhu.
Pues allí estando las tropas, sir Angus encabalgado en su corcel adelante, miró adonde su destino los llevaba y se le pasó por las mientes un gran pensamiento: acabar con el imperio del tirano. E mandó los suyos atravesar las puentes. Las lanzas rutilaban como agujas platinadas rematadas por halos trémulos; y en la delantera, los pendones del reino arbolaban con la gracia del viento. Un águila brava sobre un olivo de oro era el blasón de los valientes.
La infantería cutía las espadas contra los escudos, ya marchando, ya cabalgando hacia su incierto destino. Veíanse los rostros de los caballeros de ojos negros, verdes o zarcos, impávidos, yendo su camino conducidos por el paladín, todos ellos aderezados a salvaguardar la paz de su mundo.
Al cabo franquearon los puentes. En esto el paladín apartó la mano y ordenó a sus tropas estancar la marcha.
—¡Escuchadme cuantos me seguís! —exclamó empinando su maza de guerra—. De aquí adelante no hay marcha atrás. Hoy, nuesos aceros nos acompañarán para completar una fazaña: acabar de una vegada con la estirpe del mal. Heis andado cabe mí durante mucho tiempo, y agora libraremos una batalla de la cual por ventura no tornemos, pero ¿qué mundo dejaremos a nuestra prole si no luchamos fasta el fin? —miró a sus hombres con fijeza mientras recorría cada columna de cabo a cabo—. ¡Sacrificad cada aliento, cada lágrima, cada músculo, cada hueso, hacedlo por aquellos a quienes más amáis! ¡Cabalgad y marchad, oh, hermanos míos! Hacedlo sin temor, que el Señor estará con nos. ¡Por Farandelot!
E los caballeros, brillantes los ojos, marcados los ceños, prorrumpieron en gritos estruendosos.
Al romper la marcha, las colunas de catapultas, ballestas, saeteros, soldados de a pie y de a caballo hicieron cimbrar el territorio enemigo; el tintineo de las cotas y las espuelas asonaron con el rechino de las ruedas de las máquinas de guerra y el golpeo de los cascos de las bestias.
Cincuenta leguas de distancia y planicies estériles compuestas por montiñas y estancos de pez y lava, separaban a las tropas de sir Angus de Gral’an Dhu. Ni un rayo de sol daba en tierra, y menos allá lejos do se vislumbraba la fortaleza; hacía tiempo que los mantos de las sombras domeñaban las tierras del sur. El cielo ya no era lo de antes. Agora era sucio y perverso como los corazones que habitaban en Gral’an Dhu. En lo alto de una torre el soplo de un corno advirtió sobre la presencia de los caballeros de sir Angus.
Los caballeros de las tinieblas se alistaron para la contienda. La puerta Mephisbel Tor, impenetrable ante los ojos de cualquiera, guarecía la fortaleza de Baldarzek y vibraba con viveza en espera de desatar el oleaje de un mar encrespado.
El bellaco salió al balcón de su recinto y dirigió la mirada al centro del patio, donde su monumental hueste le aguardaba.
—Hoy, los humanos de Farandelot pagarán el precio —voceó—. Ningún hombre nacerá sin haberse arrepentido antes de lo que hicieron sus ancestros. Mi padre suplica venganza. Y yo, su hijo, me encargaré de castigar a los infieles. Marchad, mis caballeros de la oscuridad, marchad y esgrimid vuestros aceros sin piedad. Vuestra encomienda se habrá cumplido cuando humano ninguno quede vivo, en especial los vástagos de la Dinastía Degaudart. Idos, ya.
Y encumbrando espadas e lanzas, los soldados lanzaron gritos.
Estonces el portón de Mephisbel Tor rechinó, abrióse con parsimonia y soltó la marea fosca. Brutal.
—¡Son miles! —exclamó un caballero de Farandelot atisbando el avance del enemigo—. Nosotros solo somos humanos y ellos... ¡han salido de las tinieblas!
—¡Arrojo, soldados!, no se amedrenten —replicó el paladín—. Yo sé que somos humanos, pero también somos héroes, y como los héroes de antaño, podemos cambiar el curso de la historia.
El sobresalto de aquel caballero desapareció enseguida. Las palabras de su líder le habían regresado la fe y el valor. Desnudó la espada sin vacilar más. Estaba dispuesto a luchar hasta el final. Sir Angus asintió con la cabeza. Miró a sus tropas.
—Las catapultas, las ballestas y los arqueros a la retaguardia de la infantería y de la caballería, ¡ya! Vayan cargando los proyectiles.
—A la orden, sir Angus.
—Los demás síganme. Habrá sangre.
Y así como oís, sir Angus Degaudart y sus tropas marcharon hacia adelante. Los soldados de a caballo enristraron lanzas y hendieron la vanguardia enemiga. Sin embargo, los piqueros de Gral’an Dhu contuvieron la arremetida de algunos corceles de Farandelot, los cuales se enarmonaron e fueron caer sobre los jinetes, dejándoles al descubierto porque los matasen. El chasquido de los aceros repercutió en el frente. La sangre comenzó a derramarse
Fragmento del Capítulo XLIII del Libro Primero (edición final)
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XLIII
EL FAUNO EPHERTO
La búsqueda continuaba. Habiendo salvado en cerca de milla y media, sir Arkivahl llevó la mano a la vaina de su daga y advirtió, pasmado, que estaba vacía. Paró mientes en la lid acaecida horas antes, y se membró a la sazón, cómo se le cayera la daga de la mano cuando batallaba con el tercero de los faunos, y cómo la olvidara entre la yerba, que la no tornó a ver por lo espesa que crecía. Ya no puedo volver al claro, lo mejor será que siga adelante, pues como quiera que sea, aún tengo mi espada, y con ella me basta para protegerme, pensó.
Así entonces, a gran ir, siguió atravesando la floresta. Más tarde, el terreno se abajó abruptamente ante él en una cuesta poblada de matorrales. Deslizóse por entre ellos hasta que tornó a subir al llano, de ahí tomó la vía del noreste, que a fin de cuentas lo llevó a un vado que se alargaba del este al oeste. La hojarasca sobrenadaba a la vera del arroyuelo. Con premura pasó el vado. De pronto el mancebo sintió un torpor de piernas que hízole dar de bruces, y, jadeando, arrastróse por el suelo tapizado de hojas caedizas.
Aquejado por sus llagas, se arrimó a un rebollo, deslió la bolsita de hierbas y con ellas curó sus heridas. Y allí holgó durante una gran pieza. Entornó los ojos. A unas treinta yardas de él, un riacho serpenteaba descendiendo a un estanque de lirios y juncos y luego se perdía allá lejos, donde las ramas de los sauces se derramaban danzarinas por cima de los bancos de niebla.
Acaecida la hora, púsose en pie y se avió hacia el río que oísteis arriba. Estando en frente de la orilla, se abuzó, y hendió el agua fresca con las manos en cuenco y bebió abundantes sorbos y se remojó la faz y la guedeja.
Reanudó la marcha y se fue al sur por una senda costeada de hayas y carrascas. Dobló a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda hasta que el camino dejó de curvar. Estonces se adentró en un cinturón de robles y enderezóse por un sendero que lo llevó a la vera de una zanja profunda. Debajo, las aguas de un arroyo corrían hacia un campo de flores acuáticas; la hojarasca navegaba al amor del agua. Levantó la mirada sir Arkivahl. El cielo se ensombreció en mayor grado. Se descorrieron las nubes con el hálito de la brisa nocturna en tanto que la luna, más bella mientras más rotunda, refulgió sitiada por el maremagno de estrellas rozagantes.
Franqueó la zanja por medio de un puente de raíces que arqueaba por encima della. Echó por el norte, remontó una loma y pisó una maquis. Cabe un viejo pozo que allí habían levantado, se vislumbró la silueta de un extraño encapuchado. Parecía como si estuviese esperando a alguien, por ventura a sir Arkivahl...
El zagal paróse en el acto. Ojeó el perímetro sin apercibirse de que alguien le miraba de lueñe. Los brezos, las retamas y las jaras se sacudieron con el frescor del véspero. Y entonces el vigilante dijo:
—Saludos, caballero.
Sir Arkivahl se sobresaltó, y amusgando los ojos inquirió:
—¿Quién anda ahí?
—No temáis. Tengo en mis manos algo que, si no me equivoco, es de vuestra propiedad.
—¿Y qué es?
—Acercaos y lo veréis.
Caminó sigilosamente hacia el hombre de la caperuza. Y estando ante él, vio que sobre las palmas llevaba una pieza envuelta en un paño. El del capucho le acució a la tomar, y hecho esto, el mancebo desarrolló el paño y hubo gran asombro al veer que se trataba de su daga. Por lo cual dijo:
—Mi daga... Pensé que la había perdido... Buen hombre, no sé quién sois, mas lo que sí sé es que por siempre os estaré agradecido. Cualque otro se hubiese adueñado de este acero tan valioso, para trocarlo por dineros.
—Dineros es lo que menos anhelo —replicó el extraño—. Has de saber, joven caballero, que no hay ál que más me plazca que ayudar a las buenas personas. Y tú, por lo que veo, eres una de ellas.
—Percibo la bondad en tu corazón —dijo el mancebo—, por tanto, te ruego que me digas tu nombre. ¿Acaso...?
El hombre se descubrió. Al verle la cara, el legionario enarcó las cejas y dijo con gran pasmo:
—¡Eres el fauno, el guardián que tanto he buscado!
—¿Lo crees? —le preguntó—. Pudiendo haber muchos faunos, ¿qué te hace pensar que yo soy el indicado?
Adelanto del capítulo XL del Libro Primero (edición final)
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XL
EL SANTUARIO DE LOS FEMOBLUA
El mar de niebla abríase lentamente hacia los flancos: las entrañas nemorosas reclamaban su aliento frígido. El suelo tornó a verdear. En este comedio hubo un silencio eterno, o al menos eso le pareció a sir Arkivahl. Extrañado, caminó mirando a uno y otro lado para ver qué era lo que descubría. Al fin, el estridor de los grillos y el croar de las ranas rompieron el silencio.
Discurrió un tiempo. El legionario siguió yendo su camino. En llegando a un claro, cató los alrededores. No halló nada que pusiese en peligro su empresa, pero más lueñe de do estaba vio dos hileras de abedules, y, por entremedias, un sendero que daba al sur, el cual parecióle harto escabroso como para aventurarse por él. En aquellos páramos abundaban los zarzales, los árboles lúgubres y las ciénagas; las ramas espinosas y los brazos secos, incluso las aguas inmundas, danzaban con el hálito del viento, tan frío como para engarrotar al caballero más osado.
Sir Arkivahl vahó; el helor del véspero, cargado de relente, hízole trepidar al darle de pleno en la faz. Aún así, paró mientes en lo que pudiese habitar la vía que oísteis arriba. No, por ahí no debo ir, pensó, al tiempo que miraba el brillo de su medallón. Giró en redondo y tornó a escudriñar el perímetro. Estonces vio una senda desembarazada y, al no ver fulgor ninguno en la gema de su insignia, se fue hacia allá.
La marcha se alongó en demasía, mas una hora después y al costear un camino cabe un junqueral, quedó ante las ruinas de lo que otrora fuera la cámara en que solía holgar el rey Baëlunel. El frontispicio estaba hecho pedazos y las losas yacían en el suelo como cadáveres en el ocaso de una batalla. Frente a una puerta arqueada levantábanse los restos de seis columnas tapizadas de musgo; las lianas colgaban de los chapiteles. Se detuvo. En esta sazón oyó el revoloteo de los insectos desde dentro de la cámara.
Luego, clavó los ojos en el cielo raso y purpúreo, el cual en una o dos horas daría paso a la alborada. No creyó oportuno quedarse más tiempo allí; por ende, se echó a andar, y, tras dos millas, dio con un puente dispuesto sobre el lecho de un río. Veíanse algunos cantos a flor de agua; los unos muy cerca de los juncales y los otros lejos de los nenúfares que enraizaban a la vera del río.
Franqueó la puente y siguió por el sur hasta arribar a un cerco la mar de boscoso. Los que moraban allí no eran árboles comunes, sino tremendos helechos de tronco delgado y fibroso con cabezas coronadas por cúpulas de hojas. De ahí en adelante principiaban los dominios de los femoblua. Se adentró en lo más hondo de la espesura fasta que la mucha fatiga, y sobre todo sus llagas, hiciéronle languidecer.
—Mis feridas no se ven bien —dijo para sí. Ojeó la cota de malla que le guardaba el brazo y su sobreveste rasgada, y al tocárselas hizo un gesto de dolor—. ¡Ay! Necesito curarme, pero ¿cómo? Quizás podría untarme algunas hierbas... No, mejor no.
Sus llagas empeoraban cuanto más dejaba andar el tiempo. Hubo un momento en que sus labios se amorataron y que el torpor de piernas le impidió avanzar otro palmo. Tambaleaba. Y, laso, cayó de hinojos recostándose contra el maslo de un helecho y para mitigar el helor y los espasmos, se cobijó con un manto de follajes y musgo que halló en el suelo. Entonces se desciñó la espada y empuñándola con entrambas manos llevósela al pecho. Cerró los ojos.
Al cabo de dos horas el sol se levó. Los rayos atravesaron las copas de los árboles y helechos. Gorjearon los ruiseñores y los jilgueros. La planta en que reposaba sir Arkivahl sacudióse de golpe: las hojas le cayeron encima de la cabeza y de los hombros. Los insectos revolotearon asustadizos cuando dos luengos brazos nacieron de la corteza.
A mis padres,
A mi tía Ma. del Carmen,
A mis hermanos,
A toda mi familia y amigos,
Y en especial, a mi tío, el literato Mauricio González de la Garza (QEPD), una de mis principales inspiraciones para adentrarme en el mundo de la Literatura.
A todos ellos les dedico esta novela.
V.R. MEROX
"Goranheg anzaz erukhaz unkum uras krep Varlentor".
Traducción:
"Arrodíllense todos aquellos que oran por Varlentor".
[1] ¡Saludos, mis hermanos!
"Kalem banu nex denev eninu ur lexnev nex galnem vinu: nex Liveivua Minasgholan".
Traducción:
"Dignos son los que llegan a donde los halcones moran: la Heroica Minasgholan".
Inglaterra, 1951.
A pocos años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, la paz ha retornado a la nación inglesa.
Tras la pérdida de su esposa, Mathias, un profesor de historia medieval y coleccionista de antigüedades, y su hijo Arkivahl, han logrado salir adelante de la tragedia ocurrida durante los crímenes cometidos por la Einsatzgruppen. Sin embargo, el catedrático de la universidad Gardenshire guarda un secreto que ni él mismo recuerda. Una tarde pluviosa, cuando termina de contar una leyenda a su hijo, este le pide que le enseñe un medallón antiguo que, olvidándose de su origen, ha mantenido bajo llave en el ático de la casa. Sin saberlo, este suceso cambiará la vida de ambos para siempre, lanzándolos a una aventura épica de proporciones inimaginables y transportándolos, por una razón que tendrán que descubrir, a Eriongard, un mundo al que nadie más ha llegado, un mundo donde los héroes se convierten en leyendas.
Ahí en esa tierra lejana, los poderes ocultos del medallón harán que la verdad salga a la luz, y mientras la guerra se cierne sobre cada palmo de Eriongard, Mathias y Arkivahl se verán forzados a tomar una decisión que, sin imaginarlo, pondrá en peligro sus vidas... Y entonces la venganza de un antiguo enemigo caerá sobre ellos y de una promesa dependerá la salvación del reino.
Un secreto. Una legión. Seis caballeros y un mago. Dos espadas mágicas. Un mismo destino.
©2007
La novela de la Dinastía Degaudart, sus personajes, alfabetos y lenguas son propiedad del autor V.R. Merox. Todos los derechos reservados.
Centuria X
Dos hermanas nacerán de la roca que cautiva,
Trayendo luz y esperanza a millones,
Cuando el padre de los tiempos elija las manos heroicas:
Los lazos de sangre los unirán,
Y en compañía de los dignos lucharán,
Levantándose nuevamente los siete corazones honestos,
Y ellos se abrirán paso, encomendándose al oro y a la gema,
Hasta que el águila y el león lleguen al gigante del oeste.
Eriongard, año 500.
Y bueno, en la Leyenda Degaudart encontrarán muchas razas de la mitología universal y otras, de mi creación; también, podrán aprenderse los conjuros mágicos y las múltiples lenguas, con sus respectivos alfabetos, de todas las razas de mi saga. Así entonces, verán a los Centauros comunicarse en su lengua vlanderhan y a los Elfos y Felihons en su maiessian; y a los Humanos en su natal midenglsh y a los Femoblua en su nemenba o bien, a los Arghorans en su exquisito etursian. O si se atreven, pronunciar la lengua de las fuerzas del mal: el azngal'âr.
A decir verdad, la estructuración gramatical de mis lenguas fue muy ardua y cansina; sin embargo, el esfuerzo valió la pena y el resultado le ha dado un toque estético a mi novela, dibujándome una sonrisa en el rostro. Todos aquellos amantes -me incluyo en la lista- de la filología y la lingüistica se pasarán un rato divertido hablando las lenguas de Eriongard. ¡Garantizado!
En el ínterin, les contaré un poco sobre mí:
Desde niño comencé a imaginar y crear mis propios mundos e historias; el cine fantástico de los 80's y las novelas de la literatura universal fueron mis principales inspiraciones para soñar viviendo. De igual manera, los lenguajes diferentes me cautivaron y teniendo esa inquietud decidí inventar palabras nuevas con ayuda de mi imaginación y creatividad. Aún recuerdo que después de ir a la sala de cine, llegaba a mi casa y me recostaba en el cómodo tapete del cuarto de la sala para empezar a dibujar aquellos grandes héroes que había conocido: el Rey Arturo, Conan el bárbaro, Lancelot, Merlín, Colwyn de Krull, el Señor de las Bestias, el buen Madmartigan de Willow, etc.
Luego, me fui interesando en la mitología de algunas grandes civilizaciones como la griega, celta, escandinava y romana. A los quince años ya tenía un buen repertorio de mis primeros poemas y asimismo, ya había narrado mis primeras historias y las hazañas de los héroes de mi creación. Debo confesar que tuve un tórrido romance con obras maestras como: Don Quijote de la Mancha, Epopeya de Gilgamesh, La Iliada, La Odisea, Fausto, por nombrar algunas. A posteriori crecí y hasta hace algunos años, escuché a mi voz interna, justo cuando releía El Quijote Edición del IV Centenario. Así pues, decidí llevar al papel tantas historias que traía en mi cabeza, utilizando mi talento para escribir una épica historia del género que desde siempre me había apasionado: la fantasía heroica.
Casi dos años después, el sueño se llevó a cabo y siguiéndole una larga odisea, escribí lo que al final se convirtió en la primera parte de dicha historia (libros I,II,III y IV).
Vengan, los invito a mi mundo, en él, sentirán emociones indescriptibles y atestiguarán las batallas más memorables de la fantasía heroica.
Las puertas de Eriongard los esperan,
Um Yalé Weus Lenalbor.
¿Crees que, faltando 26 capítulos por editar, alcanzaré las 2000 páginas para el 7 de noviembre cuando me faltan solo 167?
El Autor
- V.R. Merox
- Mis pasiones: Filología, pintura, filosofía, ciencia, biología, arquitectura, política, pulp, spaghetti western, literatura, cine, arte, música, mitología griega, celta, escandinava, persa, romana, lectura y poesía.
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